La tarde en la oficina se sintió como una eternidad bajo el agua.
Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, mi cuerpo se tensaba, esperando que fuera él, y al mismo tiempo, rogando porque no lo fuera.
Finalmente, había llegado el momento de irme, así que tomé mi bolso.
No quería estar allí ni un segundo más, caminé hacia el ascensor con la cabeza en alto, manteniendo esa máscara de frialdad que me había costado toda la tarde construir.
Las puertas se abrieron y entré, pero justo antes de que se cerraran, una mano fuerte las detuvo.
Bruno Santoro entró al cubículo metálico, no lo miré. Me mantuve fija en los números que descendían en el panel.
—Acompáñame a una cena de negocios —dijo él, rompiendo el silencio con esa voz que me hace temblar, pero que ahora solo me irritaba.
—No puedo ir —respondí de inmediato, con una distancia que no quería. —Mi jornada laboral terminó y, como bien sabe, ya no tenemos ningún asunto personal que tratar.
Bruno soltó un suspiro largo, pero no se alejó. Se colocó justo a mi lado, obligándome a sentir su calor.
—No es una cena para hablar de ningún romance, Paula —dijo con una seguridad que me revolvió el estómago. —Te lo dije hoy y te lo repito: yo no le ruego a las mujeres. Por lo general, son las mujeres las que me ruegan a mí.
Me giré hacia él y no pude evitar reírme irónicamente.
—Entonces, señor Santoro, le informo que está frente a la primera mujer en su vida que jamás le rogaría por nada. Ni por un beso, ni por una cena, y mucho menos por su atención.
Sus ojos se entrecerraron, por un segundo vi una chispa de algo parecido a la admiración, pero la ocultó rápidamente tras su máscara de hierro.
—Como sea. Debes ir a esta cena porque cerraré un trato importante con un socio internacional. Tú eres la encargada de marketing y necesito que tengas el concepto claro desde el inicio para la campaña. Es trabajo, Miller. ¿O es que tus sentimientos son tan frágiles que no puedes trabajar conmigo en la misma mesa?
Ese fue el golpe bajo que necesitaba para aceptar. No iba a permitir que pensara que me tenía derrotada.
—Siendo así —dije, acomodándome el bolso en el hombro. —está bien. Vamos por el negocio.
El ascensor se abrió en el parqueo subterráneo. Seguí a Bruno hasta su auto sin decir una palabra.
Me subí al asiento del copiloto, pero esta vez no había música, solo un silencio incómodo.
Solo el ruido del auto evitaban el silencio.
Después de quince minutos, llegamos a un restaurante de comida peruana extremadamente exclusivo.
El lugar era una joya arquitectónica de madera oscura y luces perfectas.
Al entrar, un empleado vestido de etiqueta se acercó de inmediato.
—Buenas noches, señor Santoro. Sus invitados ya lo esperan en la mesa privada —anunció el hombre con una reverencia.
Caminamos hacia el fondo del restaurante, mi corazón se aceleró cuando vi quiénes estaban sentados allí.
Un hombre de unos cincuenta años, de aspecto severo pero elegante, y a su lado... Sasha.
Bruno se acercó con esa naturalidad de líder y extendió la mano hacia el hombre.
—Es un gusto, señor Enrique, saludarlo finalmente en persona. Gracias por aceptar esta invitación.
—El gusto es mío, Bruno. Has hecho crecer este imperio de una forma envidiable —respondió Enrique con una sonrisa profesional.
Luego, Sasha, con una mirada de triunfo que me dieron ganas de borrarle de un bofetón, habló.
—Es un gusto verlo otra vez, Bruno —dijo ella, ignorándome por completo.
Me senté en la silla que el camarero retiró para mí y hablé con voz clara. —Buenas noches a todos.
Sasha tomó un sorbo de su copa de vino, sonriendo con malicia, y se dirigió a Enrique.
—Papá, ella es Paula... la novia de Bruno. ¿No es así, Bruno?
El señor Enrique se asombró visiblemente, dejó su copa en la mesa y me miró como si fuera una especie de milagro o una alucinación.
—¿Tu novia? Vaya... Bruno, nunca pensé conocer a una mujer tuya. Más bien pensé que jamás sabría nada de tu vida privada. Siempre has sido un búnker.
—Nunca quiso pasar al siguiente nivel papá, y no creo que lo haga— Le respondió Sasha a su padre riéndose.
Sentí la mirada de Bruno sobre mí, pero él no se inmutó.
—Es mejor que no hablemos de mi vida privada, Enrique. Estamos aquí por algo más importante. Por favor, hablemos de negocios.
—Tienes razón— Respondió Enrique.
Ellos empezaron a hablar de negocios, claramente, los números jamás podían faltar.
Sasha no dejaba de lanzarme miraditas de superioridad mientras ellos se sumergían en negociaciones.
El proyecto era ambicioso: un Hotel VIP de Ultra Lujo, diseñado exclusivamente para ejecutivos de alto perfil internacional. Un lugar que no solo ofreciera hospedaje, sino seguridad de nivel gubernamental, oficinas privadas y servicios que no existían en ningún otro lugar del país.
—Queremos que sea el lugar donde se firmen los tratados que cambien el mundo —decía Enrique con entusiasmo. —Pero necesitamos que el mundo sepa que este es el único lugar donde deben estar.
—Y así será, ese hotel, será una exclusividad absoluta— Le respondió Bruno con seguridad.
Al finalizar la explicación técnica, Bruno se giró hacia mí.
Sus ojos buscaban mi reacción profesional, ignorando por completo el desastre personal que éramos.
—Paula, ¿tienes la idea clara de lo que hemos hablado? —preguntó.
—Perfectamente —respondí, retomando mi papel de experta en marketing. —No se trata de vender habitaciones, se trata de vender exclusividad y poder. Diseñaré algunas propuestas que enfoquen la campaña en el misticismo del éxito. Todo el que entre allí quedará encantado, y eso es lo que hará que todos quieran estar ahí.
Bruno asintió, visiblemente satisfecho. Se levantó de la silla y extendió su mano hacia Enrique.
—Es un gusto hacer negocios con usted, Enrique. Paula tendrá las propuestas listas para la próxima semana.
Al salir del restaurante, deseaba teletransportarme a mi casa pero eso era imposible porque el drama no había terminado.
Detrás de nosotros, la voz de Sasha nos hizo detenernos.
—Bruno, querido, ¿podrían llevarme a mi departamento? Mi auto se quedó en el taller y papá tiene que ir en otra dirección.
Bruno se detuvo y me miró, yo me crucé de brazos, mirando hacia otro lado, fingiendo que me importaba un bledo si la subía al auto o si la dejaba en la luna.
Mi orgullo estaba herido, pero mi inteligencia estaba alerta.
—Será un gusto llevarte, Sasha —dijo Bruno.
Sasha caminó hacia el auto con una mirada triunfal.
Sin esperar a nadie, abrió la puerta del copiloto, el que debía ser mi lugar y se sentó, cerrando la puerta.
Vi a Bruno caminar hacia el lado del conductor con las llaves en la mano. En ese momento, algo dentro de mí cambió.
No iba a ser la espectadora de este jueguito. Antes de que él pudiera reaccionar, me acerqué, le arrebaté las llaves de la mano con un movimiento rápido y seguro.
—Yo manejo —le dije con una mirada que no admitía réplicas.
Bruno se quedó helado por un segundo, procesando el atrevimiento.
Luego, para mi sorpresa, vi cómo sus labios se elevaban.
Sin decir nada, caminó hacia la parte de atrás y se subió al asiento trasero.
Me senté en el asiento del piloto, ajusté el espejo retrovisor y vi a Bruno allí atrás, mirándome con una sonrisa de pura diversión.
Él estaba disfrutando de mi arranque de carácter.
Sasha, por otro lado, parecía que iba a explotar. Se giró hacia atrás, indignada.
—¿Qué haces ahí atrás, Bruno? ¿Por qué ella está manejando tu auto? ¡Este es tu lugar!
Me puse el cinturón de seguridad y encendí el auto, y luego miré a Sasha de reojo.
—También soy su chofer cuando me da la gana, Sasha —dije con una voz dulce y peligrosa. —Así que, mejor pon la dirección en el mapa de una vez y te dejaré frente a tu casa. No quiero perder más tiempo.
Sasha, boquiabierta y roja del enojo, no tuvo más remedio que teclear la dirección en el GPS.
Puse en marcha el auto y arranqué con una fuerza que hizo que ambas se pegaran al respaldo del asiento.
A través del retrovisor, mis ojos se encontraron con los de Bruno. Él seguía riéndose en silencio, como si hubiera descubierto un lado de mí que le fascinaba más que cualquier negocio millonario.
Yo, por mi parte, apreté el volante. No era su novia, no era su juguete, y a partir de ahora, nadie me iba a decir dónde debía sentarme.