Disfrutando el control

1931 Palabras
Sasha estuvo rígida en todo el camino, emanando un perfume caro y un odio que se podía cortar con un cuchillo. A través del espejo retrovisor, vi a Bruno recostado en el asiento trasero, con una pierna cruzada sobre la otra y esa sonrisa que me decía que estaba disfrutando cada segundo de mi rebeldía. —¿Te vas a quedar ahí callado, Bruno? —preguntó Sasha, rompiendo el silencio. —¡Esta mujer está loca! Mira cómo conduce, vas a dejar que destruya tu coche. —El coche está en buenas manos, Sasha —respondió Bruno desde atrás, con una calma que la irritó aún más. —Además, me gusta la vista desde aquí. Nunca había notado lo bien que se ve todo desde aquí atrás. Apreté el volante, tratando de que mi sonrisa triunfal no fuera evidente. Entré en la avenida principal y aceleré, esquivando el tráfico con una precisión que ni yo misma sabía que tenía. La adrenalina me recorría las venas. —Eres una trepadora —dijo Sasha, lo suficientemente bajo para que Bruno no escuchara, pero lo suficientemente claro para que yo lo hiciera. —Crees que por manejar su auto ya eres alguien en su vida. No eres más que la empleada que le divierte esta semana. —Si fuera así —le respondí, sin apartar la vista de la carretera y con una voz risueña. —no estarías tú en el asiento del copiloto recibiendo órdenes mías de poner el GPS. Así que guarda silencio, que me distraes del mapa. Sasha soltó un bufido de indignación y se cruzó de brazos, hundiéndose en su asiento. Bruno soltó una risa baja desde el asiento trasero. Ese hombre era imposible; parecía que el caos le alimentaba el alma. Quince minutos después, llegamos frente a un edificio de apartamentos de cristal y acero en la zona más exclusiva de la ciudad. Frené con calma, deteniendo el auto justo frente a la entrada principal. —Llegamos —dije, sin mirar a Sasha. —Esto no se va a quedar así —me amenazó ella, abriendo la puerta con enojo y luego se giró hacia atrás una última vez. —Mañana te llamo, Bruno. Tenemos cosas pendientes. —Buenas noches, Sasha —fue todo lo que dijo él, con un tono que dejaba claro que no tenía intención de devolverle la llamada. Ella bajó del auto, con enojo, miró hacia atrás y después entró al edificio sin mirar atrás. En cuanto la puerta del edificio se cerró, el silencio dentro del auto cambió. Me quedé con las manos puestas en el volante, mirando al frente, sintiendo la mirada de Bruno clavada en mi nuca. —Puedes pasarte adelante ahora —dije, tratando de recuperar mi tono profesional. —Ya cumplí con lo que quería hace. —Me gusta más aquí —respondió él. Escuché cómo se movía y, de repente, sentí su mano apoyarse en mi hombro. —Tienes un carácter que no me habías mostrado, Paula Miller. Me pregunto qué más escondes tras esa fachada de empleada perfecta. —Escondo a una mujer que no acepta humillaciones, señor Santoro —le dije, quitando su mano de mi hombro y girándome para verlo a los ojos. —Me usaste para darle celos a tu ex o para demostrarle a tu socio que tienes una vida estable. Me trajiste a una cena de negocios para ver si podía soportar ver cómo Sasha te miraba. Bruno se inclinó hacia adelante, quedando muy cerca de mi rostro a través del espacio entre los asientos. —Te traje porque eres la mejor en lo que haces y porque quería que supieras en qué mundo te estás metiendo —confesó. —Lo de Sasha lo admito, pero no fue por celos, al menos no para darle celos a ella, si no a ti. Me quedé asombrada con su confesión, todo lo que había pasado por mi mente no era verdad. —No tienes que darme celos, esta relación empezó y terminó rápido. Tú no quieres compromisos y yo no quiero juegos. Ahora, me iré a mi casa. Él se quedó mirándome fijamente, y por un momento, la máscara de hierro se resbaló de su rostro, solo lo vi sonreír. —Llévame a mi departamento —dijo en voz alta. —Está a diez minutos de aquí. Y después... después puedes llevarte el auto a tu casa. Mañana pasas por mí a las ocho para ir a la oficina. Me quedé boquiabierta. ¿Me estaba prestando su auto? ¿Me estaba pidiendo que fuera su chofer oficial? —¿Me estás pidiendo que sea tu chofer? —pregunté con ironía. —No, pero podrás serlo, eres muy buena conduciendo. —respondió él, volviendo a recostarse. —Pon la marcha, Paula. Quiero ver cómo manejas mi vida un poco más. Pude en marcha el auto, sabía perfectamente dónde estaba. Él me había dado una dirección, la de su lujoso departamento, esperando que yo cumpliera el rol de chofer dócil después del espectáculo de Sasha. Pero Bruno Santoro todavía no terminaba de entender con quién estaba tratando. Ignoré las indicaciones del GPS que marcaban el giro hacia el centro financiero. En su lugar, puse rumbo directo hacia mi casa, sentía su mirada clavada en la nuca, una presión constante que me hacía apretar el volante con más fuerza. —Te has pasado el desvío, Paula —dijo su voz, desde el asiento de atrás. —No me he pasado nada —respondí sin mirarlo, manteniendo la vista fija en el asfalto. —No soy tu chofer, Bruno. Soy la encargada de marketing de tu empresa, la mujer que va a trabajar la imagen de tus hoteles, no la que te lleva a la cama y te da las buenas noches después de aguantar a tu exnovia. Él no replicó y diez minutos después, frené en seco frente a mi casa. Apagué el auto, salí con movimientos rápidos, cerrando la puerta tras de mí. Antes de que pudiera dar tres pasos hacia mi entrada, escuché la puerta trasera abrirse. Bruno salió, estirando su imponente figura bajo la luz amarillenta del farol de la calle. Se veía fuera de lugar en mi modesta acera, como un cuadro de galería de arte colgado en una pared de ladrillo visto. —Fue una velada fantástica, ¿no crees? —dijo él, caminando hacia mí con esa seguridad que me desarmaba. Me giré bruscamente, encarándolo, me crucé de brazos, sintiendo el frío de la noche colarse por mi chaqueta. —¿Fantástica? —repetí con ironía. —Bruno, ¿en qué mundo vives? Pasé la noche aguantando las humillaciones de Sasha, viendo cómo me usabas de escudo profesional y manejando tu auto porque tú no fuiste capaz de ponerle límites a esa mujer. No vi lo fantástico por ningún lado. Fue un desastre absoluto. Él no se detuvo, siguió caminando hasta que quedó a centímetros de mí, invadiendo mi espacio personal, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Antes de que pudiera articular otra queja, sentí sus manos, grandes y cálidas, deslizándose por mi nuca, enterrándose en mi cabello. Intenté empujarlo, puse mis manos sobre su pecho para alejarlo, pero él fue más rápido, tan solo inclinó su rostro y me besó. No fue un beso de disculpa, ni un beso suave. Fue un beso apasionado, hambriento, un beso que reclamaba cada parte de mi voluntad. Luché contra él durante unos segundos, manteniendo mis labios apretados, pero la familiaridad de su sabor y la forma en que sus dedos acariciaban mi piel terminaron por derribar mis defensas. Me aferré a su chaqueta y le devolví el beso con la misma pasión, dejando que el enojo se transformara en puro deseo. Cuando finalmente se separó, me dejó sin aliento, con los labios encendidos y el corazón palpitándome más rápido que nunca. Me miró con una sonrisa de suficiencia, esa maldita sonrisa que decía que sabía exactamente el efecto que causaba en mí. —Lo que ocurrió esta mañana en la oficina está olvidado, Paula —dijo. —Sigues siendo mi novia. No acepto un no como repuesta tuya. Me eché una risa nerviosa, recuperando un poco de mi orgullo. —Definitivamente eso no va a suceder, Bruno. No voy a ser la "novia de turno" de un hombre que huye del compromiso como si fuera una enfermedad. Yo tengo metas, tengo sueños. No volveré con alguien que no tiene en mente la responsabilidad de ser esposo y tener hijos. Quiero una vida completa, no un "mientras tanto". Bruno suspiró, redujo de nuevo la distancia que yo intentaba establecer. —No pienses en eso ahora, Paula. ¿Por qué tenemos que etiquetar el futuro antes de que llegue? Deja que las cosas tomen su rumbo poco a poco. Disfrutemos de esto que tenemos, de esta electricidad que casi quema cuando nos tocamos. Lo miré fijamente, era un manipulador experto, pero había algo en su mirada que me decía que él también estaba perdido en este laberinto. Me acerqué a él, reduciendo la distancia por iniciativa propia, y le di un beso corto, que era casi juguetón. —Tienes razón en algo —le dije, separándome apenas unos centímetros. —No puedo irme a la ligera ni agobiarme con el futuro. Después de todo, quizás ni siquiera seas el hombre de mi vida para siempre. Quizás solo seas un capítulo interesante antes de encontrar a alguien que sí quiera lo mismo que yo. Vi cómo su expresión cambiaba ante mi comentario. Su mirada se volvió pícara, aceptando el desafío. —Eso está por verse —respondió él, volviendo a capturar mis labios en un beso rápido pero posesivo. —Buenas noches, mi vida. —Buenas noches, señor Santoro —respondí con una sonrisa triunfal. Me giré y caminé hacia mi puerta, sintiendo su mirada pegada a mi espalda hasta que metí la llave en la cerradura. En cuanto entré a la casa y cerré la puerta, me encontré con una escena que me hizo saltar del susto. Daelis y Leila estaban pegadas a la ventana, con las cortinas apenas entreabiertas, espiando descaradamente hacia la calle. Se separaron del cristal en cuanto me vieron, fingiendo una naturalidad que no tenían. —¡Vaya! —exclamó Daelis, con los ojos brillando de emoción. —Eso fue una discusión intensamente llena de besos. Si así pelean, no quiero imaginarme cómo hacen las paces. Me eché a reír, dejando mi bolso sobre la mesa del recibidor. —¡Dejen de espiarme! Son unas terribles amigas —les dije, tratando de ocultar mi sonrojo. —¡Leila me obligó! —se defendió Daelis rápidamente, señalando a nuestra amiga. Leila arrugó la a cara y se cruzó de brazos, aunque no pudo ocultar una sonrisa. —¡Mentira! Fue ella la que me arrastró a la ventana en cuanto escuchó el sonido del auto. Pero tengo que admitir que ese hombre tiene una forma muy convincente de pedir perdón, Paula. —No lo dudo ni un segundo —respondí, caminando hacia el pasillo. —Pero no se emocionen. Las cosas siguen siendo complicadas. Me despedí de ellas con un gesto y me encerré en mi habitación. Me tiré sobre la cama sin siquiera quitarme los zapatos, con pensamientos que solo Santoro ocupaba en mi mente. Me estaba enamorando de un hombre que me había dicho claramente que no quería "atarse", pero en ese momento, con el pulso todavía acelerado, no podía evitar desear que el mañana llegara pronto para volver a verlo, aunque solo fuera para volver a discutir.
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