La mañana finalmente había llegado. Hoy no me río tiempo desayunar, a penas pude vestirme y salir corriendo de casa. Hoy dormí más de lo normal.
Me detuve en una pequeña cafetería cerca del edificio de la empresa, una de esas joyas escondidas que sirven un café tostado artesanalmente que despierta hasta el alma más dormida.
Compré dos vasos grandes y entré a la oficina con rapidez.
Al llegar al piso ejecutivo, me dirigí directamente a la oficina de Bruno.
Toqué la puerta con calma, como si nunca hubiese ido de prisa.
—Adelante —escuché su voz, esa que ya se me estaba instalando en el cerebro como una melodía favorita.
Entré y lo vi concentrado en unos planos, me acerqué con una sonrisa que no pude ocultar.
—Buenos días —le dije, colocando uno de los vasos sobre su escritorio. —Te traje un café de una cafetería que descubrí hace poco. Créeme, son los mejores de la ciudad.
Bruno levantó la vista, y rápidamente me sonrió. Se levantó de su silla, rodeó el escritorio y tomó el vaso, probando un sorbo largo.
—Tienes razón, está muy bueno —admitió, dejando el café a un lado para cortar la distancia entre nosotros. Me tomó de la cintura y me atrajo hacia él. —Pero tus labios saben mucho mejor que cualquier café, por muy premiado que sea.
Me besó con una ternura que me hizo cerrar los ojos. Era un beso que calmaba todas mis ansiedades.
—Hoy te presentaré una prueba del concepto visual para el hotel de lujo que vas a construir —le dije cuando nos separamos un poco, tratando de recuperar mi faceta profesional. —Tengo algunas ideas que creo que te van a volar la cabeza.
—Eso me parece perfecto —respondió él, acariciando mi mejilla con el pulgar. —Me gusta esa pasión que le pones a tu trabajo, Paula.
En ese momento, la puerta se abrió de repente.
—¡Bruno! Tengo los informes del... —Yeison se detuvo de repente al vernos tan cerca. —Vaya, no sabía que estabas ocupado.
Me alejé de Bruno rápidamente, sintiendo el calor subir a mis mejillas.
—Puedes pasar, Yeison —dijo Bruno con total calma, sin soltar mi mano del todo. —Ya terminamos aquí por ahora.
—Yo me iré a mi oficina a trabajar —añadí, buscando la salida. —Tengo mucho que diseñar.
—Paula —me llamó Bruno antes de que saliera. —Estaré fuera de la oficina el día entero atendiendo unos asuntos legales del nuevo terreno, pero a la salida vendré por ti. Vamos a ver la obra de teatro que debimos ver anoche. No acepto un no por respuesta.
Le sonreí, sintiendo una calidez agradable en el pecho.
—Está bien. A la salida te espero.
Caminé hacia mi oficina y, al cerrar la puerta tras de mí, me quedé un momento apoyada en la madera.
Miré mi escritorio, mi computadora y caminé y tomé asiento siéndome en las nubes.
—Estoy viviendo en un sueño —me dije para mí misma, incrédula de cómo mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados en tan poco tiempo.
Todo el día estuve diseñando una estrategia de marketing, que luego compartiría con todo mi equipo y el hombre más importante que aprueba todo, Bruno Santoro.
La jornada laboral pasó volando. Cuando dieron las siete de la noche, tomé mi bolso y bajé al parqueo.
Allí estaba él, recostado contra su auto con esa elegancia descuidada que lo hacía parecer un modelo de revista.
En cuanto me vio, una sonrisa iluminó su rostro. Me acerqué y él me recibió con un beso que me dejó sin aliento.
—Estuve pensándote todo el día, Paula —dijo en mi oído.
Me reí, dándole un golpecito juguetón en el hombro.
—¡Eres un mentiroso! Seguro estuviste pensando en contratos, leyes y números de muchos ceros.
—Te sorprendería saber que tus labios distraen mucho más que un contrato de diez páginas —respondió él, abriéndome la puerta del auto.
Después de veinte minutos, llegamos al teatro, un lugar antiguo con cortinas de terciopelo rojo, era un lugar de mucha mágica.
La obra era una pieza fascinante que mezclaba la comedia ácida, el romanticismo puro y el drama más profundo.
Trataba sobre una pareja que se encontraba en diferentes vidas a través de los siglos, siempre destinados a perderse y encontrarse.
Hubo una escena que me cautivó por completo. Fue cuando los protagonistas, después de años de malentendidos, se encontraban bajo la lluvia y él le decía que no importaba cuántas veces el mundo intentara separarlos, él siempre volvería a buscarla porque ella era su hogar.
Sentí algo en el corazón y, sin darme cuenta, busqué la mano de Bruno.
Él entrelazó sus dedos con los míos y eso me hizo sentir segura.
Al salir, caminamos hacia el auto que estaba en el parqueo.
—Fue muy buena la obra —dijo Bruno, apretando mi mano. —Pero fue perfecta más que nada porque tú estabas ahí a mi lado.
—A mí me encantó —le dije con entusiasmo. —La escena bajo la lluvia, donde él le confiesa que ella es su hogar... fue perfecta. Me hizo pensar en lo hermoso que es cuando alguien finalmente encuentra su lugar en otra persona.
Bruno se detuvo y me miró con una hermosa sonrisa.
—Estoy de acuerdo contigo— Dijo.
Se quedó mirándome fijamente unos segundos y luego me besó.
—Te llevaré a cenar —dijo. — ¿A dónde quieres ir?— Continuó hablando.
—¿Te importa si vamos a un lugar donde podamos comer al aire libre? —le pedí. —No quiero encerrarme en otro restaurante elegante. Quiero algo más relajado.
—Puedes llevarme a donde quieras, mi vida. Soy todo tuyo esta noche.
Subimos al auto y le di las indicaciones, después de unos diez minutos, llegamos a un puesto de comida rápida muy popular en un parque cercano.
Pedimos dos hamburguesas dobles con queso y papas fritas. Nos sentamos dentro del auto, con las ventanillas bajas para dejar entrar la brisa fresca.
—Nunca había comido en el auto —confesó Bruno, mirando la hamburguesa envuelta en papel con una mirada divertida.
—También imagino que nunca habías comido comida rápida en un puesto de calle —me burlé de él.
—En eso también tienes razón —admitió, dándole un mordisco a la hamburguesa. —Pero no me importa. Sabes... esto me gusta. Mientras tú estés aquí, podría estar comiendo en el lugar más sencillo del mundo y sería el mejor banquete de mi vida.
Me reí y seguimos cenando entre bromas y anécdotas. Fue una noche tan humana, tan real, que por un momento olvidé que él era el dueño de un imperio.
Al llegar a mi casa, nos quedamos un momento en silencio dentro del vehículo.
—Fue una linda noche, Bruno. Gracias —le dije, acercándome para besarlo.
El beso comenzó siendo dulce, pero pronto el deseo tomó el mando. Sentí sus manos recorriendo mi cuerpo con deseo que me hizo vibrar. Él me deseaba, y yo a él, pero una parte de mí me gritó que me detuviera.
—Espera... Bruno, detente —le pedí, apartándome con amabilidad.
Él me miró con los ojos llenos de pasión, respirando con dificultad.
—¿Qué pasa? —preguntó con voz ronca.
—Aún no estoy lista para entregarme a alguien en un auto —confesé, sintiéndome un poco tímida. —No quiero que sea así.
Bruno se quedó en silencio un segundo y luego soltó una risita que estaba llena de comprensión.
—Está bien, Paula. Tienes razón —dijo, dándome un beso casto en la frente. —Ese momento llegará y te prometo que será diferente. No será en un auto, será como tú te lo mereces.
Me despedí con una sonrisa, salí del auto y entré a mi casa con el corazón ligero.
Por algún razón, sentía que estaba al lado de hombre que amaba.
Un mes y medio después.
El tiempo voló. Pasó un mes y medio desde aquella noche, y mi relación con Bruno se había consolidado de una manera que me asustaba y me fascinaba a la vez.
En el trabajo era la profesional impecable, y con él, era simplemente Paula. Todo marchaba de maravilla o eso creía yo.
Una mañana, estábamos desayunando en casa. Leila había preparado café, y en cuanto el aroma llegó a mis narices, sentí que el estómago se me revolvía.
—Leila, por favor... aleja esa cafetera de mí —dije, tapándome la nariz con una mano. —Ese olor me molesta horriblemente.
Daelis, que estaba devorando una tostada, me miró como si estuviera loca.
—¿Qué te pasa? Estás loca, Paula. El olor a café recién hecho es el aroma más hermoso que puede existir sobre la faz de la tierra. Es el perfume que todos aman.
—Pues hoy me parece el perfume de un pantano —respondí, sintiendo una náusea real subiendo por mi garganta. —No lo estoy soportando, de verdad. Siento que me voy a enfermar.
Leila, que estaba sirviendo el café, se detuvo y me miró con una seriedad que me heló la sangre.
Dejó la jarra sobre la mesa y se cruzó de brazos, escaneándome el rostro con esos ojos suyos que siempre veían más allá.
—Paula... —comenzó ella con voz pausada. — ¿Acaso estás embarazada?
Daelis soltó una risa media burlona, casi atragantándose con su tostada.
—¡Ay, Leila, por Dios! Qué exagerada eres. Solo le cae mal el café. Además, Paula es la mujer más casta que conozco. ¡Si todavía no ha tenido intimidad con Bruno! Ella misma nos lo dijo.
Yo también me reí, aunque con un poco de nerviosismo.
—Es verdad, Leila. No he tenido intimidad con Bruno todavía. Estamos yendo con calma. Así que es imposible.
Pero Leila no se rió. Siguió mirándome, y su pregunta siguiente me cayó como un balde de agua fría.
—Está bien, no ha sido con Bruno. Pero... ¿te cuidaste cuando te acostaste con aquel desconocido en la noche de tu cumpleaños? —preguntó con una voz helada.
La risa se me murió en mis labios. La diversión de Daelis también se evaporó, y el silencio en la cocina se volvió preocupante.
Me puse seria, sintiendo un sudor frío recorriéndome la nuca.
El recuerdo de esa noche, que había intentado enterrar bajo mil capas de recuerdos con Bruno, emergió con una claridad aterradora.
—No —dije después de unos segundos, bajando la mirada. —No me protegí. El... bueno, yo... estaba tan confundida, tan herida por lo que había pasado con mi familia que ni siquiera lo pensé. Fue solo una vez. Pensé que no sería necesario, que no tendría tan mala suerte.
—¡Paula! —exclamó Leila, golpeando suavemente la mesa. —Eso fue una inconsciencia total de tu parte. ¿Cómo pudiste ser tan descuidada?
—¡Oigan, ya! —intervino Daelis, tratando de calmar las aguas al ver mi cara de pánico. —Solo están alarmando a Paula sin necesidad. Que le moleste el café no significa que haya un bebé en camino. A veces el cuerpo se vuelve loco por el estrés. No creo que esté embarazada.
Miré a mis amigas con los ojos llenos de miedo.
—Si lo estoy... —comencé a decir con mucho miedo. —Si lo estoy, este sería mi fin con Bruno. Él me dijo que no quería ataduras, que no quería hijos, que su libertad era lo primero. Si aparezco con un hijo de un desconocido... él nunca me lo perdonará. Me va a odiar.
Daelis se levantó y me tomó de las manos.
—Solo hay una forma de salir de dudas, amiga —dijo con resolución. —Ahora mismo iré a la farmacia por una prueba. No podemos estar aquí haciendo suposiciones.
—Trae varias —le pedí con voz quebrada. —Por favor, Daelis, trae varias. Necesito estar segura.
Daelis tomó sus llaves y salió corriendo de la casa.
Me quedé en la cocina con Leila, mirando el vaso de agua que tenía frente a mí.
El nerviosismo se había transformado en un nudo de ansiedad que me impedía respirar.
Si mi vida era un sueño, sentía que estaba a punto de despertar de la manera más violenta posible.