El sonido de la puerta al cerrarse tras Daelis retumbó en mis oídos como una sentencia.
Me quedé inmóvil en la silla de la cocina, con las manos entrelazadas sobre la mesa para ocultar que no dejaban de temblar.
El olor del café, que Leila ya había retirado al fregadero, seguía flotando en el aire de manera fantasmal, revolviéndome el estómago y el alma.
Leila se sentó frente a mí. No me regañó más; su mirada ahora era de una compasión profunda, de esas que duelen porque confirman que el peligro es real.
—Trata de respirar, Paula —me dijo suavemente—. No ganamos nada con adelantarnos al peor escenario.
—¿Cómo no voy a adelantarme, Leila? —mi voz salió como un hilo quebrado—. Si esa prueba sale positiva, todo lo que he construido con Bruno se desmorona. Él finalmente confió en mí, me dejó entrar en su vida a pesar de sus miedos al compromiso. ¿Cómo voy a decirle: "Oye, Bruno, ¿recuerdas que nos amamos? Pues resulta que espero un hijo de un hombre al que ni siquiera le vi la cara"? Me va a despreciar. Y tiene todo el derecho.
—Él te ama, Paula —intentó consolarme Leila, aunque sus palabras sonaban dudosas incluso para ella.
—Ama a la Paula que conoce ahora. No a la mujer irresponsable que se perdió en una noche de despecho.
Pasaron veinte minutos que se sintieron como veinte años. Finalmente, escuchamos los pasos apresurados de Daelis y el tintineo de sus llaves.
Entró a la cocina jadeando, con una bolsa de plástico de la farmacia apretada contra su pecho.
—Aquí están —dijo, sacando tres cajas diferentes—. Compré de las marcas más confiables. Las de detección temprana.
Me puse de pie, sintiendo que las piernas me pesaban una tonelada. Tomé las cajas con manos torpes. "99% de precisión", leí en una de ellas.
Ese uno por ciento de duda era lo único a lo que mi mente quería aferrarse.
—Ve al baño, Paula —me animó Daelis—. Nosotras te esperamos aquí.
Caminé por el pasillo como si fuera al patíbulo. Una vez dentro del baño, cerré la puerta con seguro y me apoyé contra ella.
Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver mi reflejo en el espejo: estaba pálida, con los ojos cargados de una angustia que no podía ocultar.
"Por favor, que sea solo estrés", supliqué en silencio. "Por favor, Dios, no me quites esta felicidad ahora".
Hice lo que las instrucciones indicaban con los tres dispositivos. Los puse sobre el lavamanos, boca abajo, tal como decía el folleto. Tres minutos.
Tenía que esperar tres minutos para que la reacción química decidiera mi futuro.
Me senté en el borde de la bañera, mirando el reloj de mi celular.
Un minuto. Mi mente voló a la noche de la feria, al primer beso con Bruno, a la risa que compartimos anoche comiendo hamburguesas en el auto.
Me levanté d la bañera y me acerqué al lavamanos. Con el corazón martilleando contra mis costillas hasta casi dejarme sin aliento, le di la vuelta a la primera prueba.
Dos rayas rojas, intensas y crueles. Sentí un vacío en el estómago, como si el suelo hubiera desaparecido. Con manos temblorosas, giré la segunda, un signo de "más" (+) claramente definido en la pantalla digital.
Giré la tercera, casi sin querer verla.
"Embarazada 3+ semanas".
Ahogué un grito con mi mano. Las lágrimas empezaron a caer sin control, nublándome la vista.
Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas, mientras el peso de la realidad me aplastaba.
No era un error. No era el estrés. Había una vida creciendo dentro de mí, una vida que no pertenecía al hombre que amaba, sino al error de una noche que ahora me pasaría la factura más cara de mi existencia.
—¿Paula? —la voz de Leila sonó desde el otro lado de la puerta, cargada de preocupación—. Paula, ¿estás bien? Dinos algo.
No pude responder. Me levanté como un autómata, abrí la puerta y las miré.
No hizo falta que dijera nada; mi rostro lo decía todo. Daelis se tapó la boca con las manos y Leila cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de dolor.
—Positivo —susurré, y la palabra sonó como el fin del mundo—. Las tres.
Entré en un estado de pánico frío. Me lavé la cara con agua helada, tratando de detener el temblor de mis manos.
—Tengo que ir a trabajar —dije de repente, buscando mi bolso—. Tengo una reunión de equipo hoy. No puedo faltar.
—Paula, no puedes ir así —me detuvo Daelis—. Estás en shock. Quédate aquí, llama y di que estás enferma.
—¡No! —grité, más fuerte de lo que pretendía—. Si me quedo aquí, me voy a volver loca. Necesito fingir que mi vida sigue siendo normal, aunque solo sea por unas horas. Necesito ver a Bruno... necesito verlo una vez más antes de que todo se acabe.
Salí de la casa casi corriendo, ignorando los llamados de mis amigas. Manejé hacia la oficina como en un trance.
Al llegar, el edificio Santoro se alzaba imponente, igual que siempre, pero para mí ya no era un lugar de sueños, sino un recordatorio de todo lo que estaba a punto de perder.
Subí por el ascensor. Al llegar a mi oficina, me senté y traté de concentrarme en los diseños del hotel VIP.
Pero cada vez que miraba la pantalla, veía las dos rayas rojas.
De repente, la puerta se abrió. Era Bruno. Venía con una energía radiante, con esa sonrisa que siempre me hacía sentir que el mundo era un lugar seguro.
—¡Buenos días, mi vida! —dijo, acercándose para darme un beso—. Te extrañé anoche después de dejarte. ¿Cómo amaneciste? Te noto un poco pálida, ¿estás bien?
Sentí que el corazón se me partía en mil pedazos.
Sus manos cálidas acunaron mi rostro y me miró con una preocupación tan genuina que quise gritarle la verdad allí mismo.
Pero las palabras se quedaron atascadas en mi garganta, ahogadas por el miedo.
—Estoy bien, Bruno —mentí, forzando una sonrisa que debió parecer una mueca—. Solo... no dormí muy bien. Mucho trabajo con el proyecto del hotel.
Él me miró por unos segundos, como si buscara algo en mis ojos. Luego, me besó la frente.
—No te presiones tanto, Paula. El proyecto es importante, pero tú lo eres más. Hoy tenemos la reunión con los inversores a las dos, pero si te sientes mal, podemos posponerla.
—No, estoy bien. De verdad —insistí, apartando la mirada para que no viera las lágrimas que empezaban a acumularse—. Estaré lista para la reunión.
Bruno asintió, aunque no parecía del todo convencido. Me dio un último apretón en la mano y salió de la oficina.
En cuanto cerró la puerta, me derrumbé sobre el escritorio. ¿Cómo iba a ocultar esto? ¿Cómo iba a mirarlo a los ojos sabiendo que llevaba conmigo el secreto que nos separaría para siempre?.
El reloj de la pared de mi oficina parecía haberse convertido en una bomba de tiempo.
Cada tic-tac resonaba en mi cabeza como un recordatorio de la vida que ahora crecía en mi interior, una vida que no encajaba en el mundo de cristal y acero de Bruno Santoro.
Intenté concentrarme en las gráficas, en los renders del hotel, en las proyecciones de mercado, pero el papel de la prueba de embarazo quemaba en el fondo de mi bolso, oculto entre mis agendas.
A las tres de la tarde, la puerta de mi oficina se abrió. Bruno estaba allí, impecable como siempre, con un traje gris oscuro que resaltaba su autoridad.
Me miró con esa mezcla de orgullo y deseo que solía hacerme sentir la mujer más afortunada del mundo, pero que ahora me hacía sentir como la mayor de las traidoras.
—Es hora, mi vida —dijo con voz suave—. Los inversionistas han llegado. ¿Estás lista para deslumbrarlos?
Me puse de pie, sintiendo un leve mareo que logré disimular ajustándome la chaqueta.
—Más que lista —mentí con una seguridad que no sentía.
Caminamos juntos hacia la sala de juntas. Al entrar, el ambiente era pesado, cargado de ese aroma a cuero, perfume caro y decisiones millonarias.
Enrique ya estaba allí, sentado a la cabecera de la mesa, pero esta vez no estaba solo con Sasha.
A su lado se encontraba un joven que no aparentaba más de veintiocho años, de facciones afiladas y una mirada que analizaba todo con una curiosidad casi depredadora.
Bruno se acercó con paso firme y le estrechó la mano a Enrique.
—Un gusto volver a verlo, señor Enrique —dijo Bruno con su habitual tono de mando.
—El gusto es mío, Bruno —respondió el hombre mayor con una sonrisa—. Hoy he querido que me acompañara mi hijo, además de Sasha. Quiero que empiece a involucrarse en los grandes proyectos de la familia.
Enrique señaló al joven, quien se puso de pie de inmediato.
—Él es Rafael —presentó su padre.
Rafael le extendió la mano a Bruno con una confianza que rozaba la arrogancia.
—Es un gusto conocerlo finalmente en persona, señor Santoro —dijo Rafael—. He oído mucho sobre su visión para los negocios.
—El gusto también es mío —respondió Bruno, manteniendo una distancia profesional pero firme.
Sasha, que estaba sentada al otro lado de su padre, lucía un vestido rojo ajustado que gritaba por atención.
Se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en su mano mientras miraba a Bruno con una sonrisa pícara que me revolvió el estómago.
—¿Y a mí no vas a saludarme, Bruno? —preguntó ella con una voz cargada de segundas intenciones.
Bruno ni siquiera cambió su expresión. Simplemente levantó la mano en un gesto frío y distante.
—Hola, Sasha —dijo secamente antes de tomar asiento—. Empecemos, tenemos mucho que cubrir.
Enrique se giró hacia mí, suavizando su expresión.
—Es un gusto volver a verla, Paula. Espero que tenga buenas noticias para nosotros.
—Muchas gracias, señor Enrique —respondí, tratando de que mi voz no temblara.
Rafael, que no me había quitado los ojos de encima desde que entré, se puso de pie y me extendió la mano.
—Mucho gusto, Rafael —dijo, ignorando por completo la tensión en la sala—. Es un placer conocer a la mente detrás de la estrategia de marketing.
Tomé su mano por cortesía, pero me quedé helada cuando, en lugar de un apretón firme, Rafael inclinó la cabeza y depositó un beso lento sobre el dorso de mi mano, manteniendo el contacto visual.
Fue un gesto demasiado íntimo para una reunión de negocios, una provocación directa.
Sentí una presión inmediata en el ambiente. Miré de reojo a Bruno y vi cómo sus nudillos se volvían blancos.
Tenía un bolígrafo de metal en la mano y lo apretaba con tal fuerza que parecía que iba a doblarse en cualquier momento.
Su mandíbula estaba tan tensa que se le marcaba cada músculo del rostro.
Me solté de Rafael lo más rápido que pude sin parecer grosera y me dirigí al frente de la sala.
Necesitaba que el trabajo hablara por mí, necesitaba que mi cerebro tomara el control sobre mi cuerpo asustado.
Me paré frente a la enorme pantalla digital y encendí el proyector.
—Señores, el concepto que hemos desarrollado para el Hotel VIP no es simplemente hospedaje —comencé, y a medida que hablaba, sentí que la Paula profesional despertaba—. Estamos vendiendo el "Santuario del Poder".