Cuando entré de nuevo a la habitación, Bruno estaba abriendo los ojos, llevándose una mano a la sien con un gesto de agonía. —Buenos días, amor —dije con suavidad, dejando la charola sobre la mesilla. Él se recostó contra el respaldo de la cama, parpadeando con dificultad ante la claridad. —Buenos días... —su voz sonaba como si hubiera tragado arena. —Te traje el desayuno y una pastilla para la resaca. Imagino que te sientes fatal. —Gracias —murmuró, tomando la pastilla y bebiendo el agua con desesperación—. Me duele mucho la cabeza... siento que tengo una banda de música dentro del cráneo. —No debiste tomar tanto, Bruno —le regañé dulcemente mientras le acercaba el café—. Sabes que el alcohol no resuelve nada. Él suspiró, dejando la taza a medio camino. Sus ojos buscaron los míos,

