—No lo puedo creer... —susurré, dejando caer el documento. La realidad me golpeaba con la fuerza de un naufragio. No era una confusión, no era un error. Era él. —Puedo hacerme una prueba de ADN con los bebés en cuanto tú lo permitas —continuó él, cerrando la laptop con suavidad—. Pero creo que, por los hechos y las evidencias físicas, no será necesario llegar a tanto para que sepas que te digo la verdad. Paula, esos niños son míos. Me quedé en silencio, mirando el reflejo de la vela en mi vaso de agua. El vacío de aquella noche se llenaba de repente con su rostro, y la culpabilidad que Bruno me había hecho sentir durante meses cobraba un peso real, tangible, sentado frente a mí. —Ahora que lo sabes —dijo Tom, inclinándose hacia delante—, el camino está claro. Deberás divorciarte de ese

