Serás la nueva sirvienta

1445 Palabras
CELESTE Despierto con un quejido. Me duele todo el cuerpo por la forma rara en que me quedé dormida. Siento el cuello tieso, como si me lo hubiera torcido. Me sobo con los dedos, intentando aflojar los nudos que me dejó la noche. Necesito una ducha que me reviva. Tardo unos segundos en ubicarme. Miro alrededor, medio perdida, hasta que me cae encima todo lo de ayer. Respiro hondo y me niego a dejar que el bajón me gane. Mejor me enfoco. Este cuarto... no es feo, pero está lejos de parecerse a mi espacio. Todo muy sencillo. Nada que ver con mi cuarto de siempre. Ahí está mi bolso, tirado al pie de la cama. Doblo las sábanas y rebusco en la mochila algo cómodo para ponerme. Hoy no tengo ánimo para nada más. Camino hasta una puerta en una esquina. La abro y me topo con un baño minúsculo. Frunzo la nariz. —¿Esto es para la sirvienta o qué? —murmuro con fastidio. Me quito la ropa, entro a la ducha y el agua cae como si viniera directo de un glaciar. Un golpe helado que me hace temblar. Giro las perillas buscando algo de calor, pero nada. Ni una mísera chispa de agua tibia. Salgo tiritando, envuelvo mi pelo con una toalla y trato de entrar en calor frotándome los brazos. Me cambio rápido: un buzo gris con rayas negras y unas zapatillas blancas. Dejo que mi pelo rizado se suelte, rebelde como siempre. Un toque de rímel, algo de brillo y listo. Pienso en sacar lo que queda en la maleta, pero paso. Tengo otra cosa más urgente que hacer. Reviso el celular. Muchas llamadas perdidas y varios mensajes de voz de mamá, Vivienne e Isayana. Ni ganas de escucharlos. Ellas pueden esperar. Ahora necesito toda la cabeza fría que tenga para lo que se viene. Salgo de la habitación y camino hasta la de Cassian. Golpeo varias veces, nada. Abro la puerta y está vacía. Echo un vistazo rápido. Todo en su lugar. Él siempre ha sido meticuloso. Debe de venir en lo de ser empresario, como mi padre. Pensar en mi papá me aprieta el pecho. Trago saliva y vuelvo a enfocarme. Estoy aquí por una razón. No hay tiempo para pensar en otras cosas. —Nada de bajones, Celeste —me digo. Reviso el baño de Cassian. También vacío. Intento en su oficina. Nada. Como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi panza gruñe, fuerte. Hace días que la comida me cae como una piedra. Y últimamente, ver algo rosado me revuelve el estómago. Seguro son las náuseas de la mañana. Camino hacia la cocina con paso lento, sintiendo las piernas pesadas. El aroma dulce de los waffles flota en el aire, tentador. Entro. La cocina es amplia, conectada al comedor, pero el espacio donde se cocina se impone. Allí está él. Cassian. Sentado como si nada, con una remera negra y joggers grises. Y aún así, parece demasiado guapo. Está desayunando waffles con jugo de mango, relajado, como si no acabara de pasar nada. Trago en seco. Solo verlo me pone las tripas a bailar. Tiene ese tipo de rostro que te hace pensar tonteras. Y ni hablar de sus abdominales… Él me mira con esos ojos de cazador. —Tu desayuno está listo, cuando termines de mirarme —dice con una sonrisa. Me acerco y me siento frente a él. Me pasa un plato con waffles y un vaso de leche. Le devuelvo una sonrisa sincera. Ya no me puedo resistir. Le doy un bocado al waffle y cierro los ojos. Santo cielo. Es una delicia. Si algo hay que admitirle a este hombre, es que sabe cocinar como los dioses, aunque a veces sea un engreído insoportable. Cruzo la mirada con la suya. Intensa. Él no aparta los ojos. Yo carraspeo, incómoda, y lo saco de su trance. Se aclara la garganta. Vamos a ver qué pasa ahora. —¿Ya decidiste qué vas a hacer? —me dice. Solté el tenedor y lo dejé caer sobre el plato. Lo miré fijo, respirando hondo. —Voy a tener al bebé —dije en voz baja, con ese nudo en la garganta. Esperé... algo. Una ceja levantada, un suspiro, un maldito parpadeo. Pero no. Su cara era de piedra, como si no le hubiera dicho nada importante. Volví la vista al plato. —No quiero nada tuyo. Ni tu cariño, ni tus promesas, ni nada. Solo necesito un techo por ahora. Ayer, en medio del llanto y el caos mental, tomé la decisión. Sé que metí la pata, sí. Pero no pienso embarrarla más. Prefiero cargar con un error que hacerme otra herida más grande. Voy a cuidar de mi hijo. Mi padre probablemente se va a sentir decepcionado. Y sí, me duele. Pero más me dolería fallarme a mí misma. —No puedo vivir sabiendo que fui yo quien le quitó la vida a alguien que ni siquiera tuvo oportunidad de empezar —tragué saliva—. A nuestro hijo —repetí con intención. Que le quede claro: esto es de los dos. Pero él… nada. Ni un tic en la mandíbula, ni un temblor en los labios. Inmóvil. —Espero que al menos entiendas por qué lo hago —susurré. No sé si estoy haciendo lo correcto. Pero voy a jugármela sola. Así de simple. Sé que lo estoy perdiendo. Mi primer amor. El único. Pero por una vez, creo que vale la pena perder algo para ganar algo más grande. Le agarré las manos. Las suyas estaban frías. —Te amo, Cassian. Pero también amo a este bebé. No sé cómo explicarlo… es como si ya sintiera que tengo que protegerlo—. Las lágrimas me ardían, pero no me importó. Me quebré. Ya no pude más. Lloré de verdad, sin limites. —Me destrozaste cuando me pediste que lo perdiera. Porque es tuyo. No es de otro. Es tuyo —las gotas caían una tras otra sobre nuestras manos entrelazadas. De pronto, él retiró las suyas como si le quemaran. —Ya que tomaste tu decisión, yo tomaré la mía —escupió con frialdad. Me sentí tan pequeña. —Ese bebé es solo tuyo. No voy a cargar con nada —me clavó la mirada con una sonrisa torcida—. Te puedes quedar, sí. Pero con una condición. Lo vi venir, pero igual me dolió. —Vas a hacer todo lo que te diga. Cocinar, limpiar, lavar… lo que sea. Serás como mi sirvienta personal. —¿Qué? —casi grité, entre incredulidad y rabia. Su sonrisa se ensanchó como si disfrutara viéndome romperme. —Lo escuchaste bien. Así que empieza a acostumbrarte a sufrir —dijo, antes de beber de su vaso como si nada. Me paré de golpe, en shock. El apetito desapareció por completo. Me fui corriendo a mi cuarto, con el estómago hecho nudo. Tomé el teléfono de la mesa de noche y marqué a Vivienne. Contestó al primer tono. —¡Celeste! ¡Estábamos muertas de miedo! Tu mamá, Isayana, todas. ¿Dónde rayos estás? ¿Estás bien? Más te vale no estar pensando en hacer una estupidez, porque te prometo que te meto una paliza que ni te vas a poder sentar en una semana —soltó sin respirar. —Vivienne —la interrumpí—. Estoy bien. Caminé hasta la ventana y la abrí. El sol entró. Lo necesitaba. —Menos mal —suspiró. —¿Dónde estás? —En casa de Cassian. —¿Y? ¿Todo tranquilo? —preguntó, ya más suave. —Sí… —mi voz se quebró un poco. Mentirle me partía el alma, pero no quería preocuparla. —¿Te puedo llamar después? —Claro, pero llama a tu mamá y a Isayana, por favor. Están que se arrancan los pelos. Le prometí que lo haría y corté. Fui directo al baño y me miré en el espejo. Un desastre: maquillaje corrido, ojos rojos, nariz hinchada. ¿En qué me había convertido? Yo no soy así. Nunca fui la que se deja caer. Siempre eché para adelante. Pero ahora mismo... me costaba reconocerme. Me limpié la cara con rabia. Estoy harta de verme débil. Enfadada por aguantar tanto. Por no aprender. Por no ser lo suficientemente fuerte. No por mí, sino por él. Por el bebé que viene en camino. Apoyé una mano en mi vientre. Sonreí. Por primera vez en días, fue una sonrisa de verdad. Salí del baño, agarré mi valija y la llevé al armario. Hora de deshacerla. Hoy va a ser un día largo. Pero es el primero de una nueva etapa.
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