CASSIAN
No sé qué carajos está pasando conmigo. Me estoy volviendo loco, literal. Me paso las manos por el pelo una y otra vez.
Después del choque con Celeste, marqué a Lucien y Erling antes de perder por completo la cordura. Necesitaba hablar con alguien. O al menos gritarle a alguien.
—Estoy hecho un desastre, hermano —le dije, dejando salir el aire de los pulmones.
La verdad, no tengo ni idea de qué hacer. Todo esto me tomó fuera de base. No me imagino siendo papá, y menos con ella. O sea, ¿en qué momento me metí en este problema?
*
—¿En serio? Esto parece una mala broma —dice Lucien entre risas, mientras Erling se suma al circo de burlas.
—¡Felicidades, papá! —me dice dándome una palmadita en el hombro, como si esto fuera gracioso.
Le quito la mano con fastidio. ¿Es en serio? Estos pendejos no entienden. No necesito burlas, necesito claridad. Ayuda. Algo.
—Esto no tiene ni una pizca de gracia. Los papás de Celeste la echaron, y ahora quiere mudarse conmigo. A esta casa —les digo, en un tono que ni siquiera yo reconozco. Frío. Pesado.
—¿Y vas a hacerte cargo del bebé o qué? —pregunta Erling, alzando una ceja como si me estuviera probando.
—Ni de broma. Le dije que elija: o el bebé o yo.
Sí, suena cruel. Pero no estoy listo. Le dije que si abortaba, podíamos seguir con lo nuestro. Dije eso y luego me dejé caer en el sofá. Ya no sé ni qué siento.
—¿Y qué te dijo? —quieren saber, con esa curiosidad que no se disimula.
—Eligió al bebé —respondo. Aún me cuesta creerlo—. La Celeste que conocía habría hecho cualquier cosa por mí, hasta enfrentarse a sus padres.
Y ahora va y escoge... eso. Un embrión. Antes que a mí. Que a su vida. ¿Qué tan absurdo es eso? Hace unas horas, habría apostado todo a que jamás haría algo así. Pero bueno...
—Cassian, tú también la embarazaste. No puedes lavarte las manos —suelta Erling.
—¿Y qué quieren que haga? ¿Cambiar pañales y arruinar mi carrera? ¿Mi padre? ¿Mi imagen? No puedo con eso. No ahora —dije, alzando la voz, casi gritando—. Tengo una reputación. ¡Mi apellido no se puede ver manchado!
Lucien me clava la mirada.
—Entonces, ¿qué vas a hacer?
Suspiro, pesado.
—Ella se va a ir. Tal y como su mamá quiere. Pero me voy a encargar de que se arrepienta de haberme dejado por un hijo que ni siquiera ha nacido.
Ambos se quedan callados. Me miran como si no me reconocieran.
No quiero seguir hablando. Me levanto y camino hasta mi oficina. Tengo llamadas que hacer. Esto no puede llegar a la prensa. No si quiero proteger lo único que todavía puedo: mi nombre.
Sí, me siento como una basura. Pero ¿es culpa mía que ella se haya dejado llevar por una emoción absurda? Es más fácil culparla a ella y salvarme de este error monumental.
La amo. De verdad. Y en otro momento, habría querido tener una familia con ella. Pero no así. No ahora. No cuando todo se puede ir al carajo por una sola decisión.
Va a doler verla pasar por esto, pero eligió su camino. Y yo también tengo que elegir el mío.
Mi teléfono vibra. En la pantalla: el número de mi padre. Me quedo congelado.
Ignorar la llamada solo lo haría peor. Respiro hondo, me trago el orgullo y contesto.
—Cassian, vuelve a casa. Ahora —dijo. Y colgó.
Esto se va a poner feo.
—¡Nos largamos ya! —grité, sin siquiera voltear a verlos.
*
CELESTE
Mi panza ruge como si llevara días sin probar bocado, pero el orgullo me pesa más que el hambre. Y con lo cabezadura que soy, prefiero retorcerme del antojo antes que cruzarme con ese desgraciado.
El tema es que ahora no soy solo yo. Hay una personita creciendo dentro de mi, así que no puedo darme el lujo de hacerme la mártir. Me acerco a la puerta, aguzando el oído. Nada. Ni un paso, ni un suspiro. La casa está más muerta que nunca.
Empujo la puerta despacito y me escabullo hasta la cocina. Abro la refri buscando algo rápido. Termino eligiendo pan y mermelada. No es gourmet, pero para mí ahora mismo es manjar de dioses.
Pensé que me iba a topar con Lucien o Erling, pero parece que ya se fueron. Mejor.
Unto el pan con generosidad, sin culpa. El sabor es otro nivel, y no exagero. Como si mis papilas gustativas se hubieran puesto tan mal. Ser mamá también significa descubrir placeres nuevos, y este, aunque simple, me vuela la cabeza de placer.
No será un banquete, pero me llena. Y yo no ando jugando con la comida. Comer es sagrado.
Justo cuando le doy otro mordisco, suena el teléfono. En la pantalla veo el nombre de Isayana. Suspiro, mastico rápido y atiendo.
—¿Hola? —digo entre pan y saliva.
—Celeste, ¿estás bien? Te he estado llamando y no contestas —suena preocupada, como siempre. Lo cual tambien le agradezco.
—Estoy bien. No escuché el cel, seguro lo tenía en silencio —le digo, sin ganas de hablar mucho.
—¿Y Cassian? ¿Cómo lo tomó?
Y ahí me quedo, trabada. ¿Le digo la verdad o le ahorro el drama?
Me paso una mano por la panza, como buscando consuelo. La cabeza me da vueltas y el corazón late raro.
—Sí... sí, le gustó la idea. Se puso feliz, incluso. Solo se fue cuando se aseguró que yo estaba bien —miento, tragándome el nudo que me deja la mentira.
—Cuídate, ¿sí? Y habla con mamá, que está hecha un mar de nervios.
—Lo haré. Chao —corto antes de quebrarme.
Lavo los platos por inercia y me encierro de nuevo en mi cueva.
Necesito pensar con calma. Este bebé merece lo mejor, y si eso significa que tengo que hacerlo sin Cassian, pues que así sea.
Pero ojalá, ojalá él cambie de parecer. Porque yo ya acepté mi destino... ahora falta que él lo acepte también.