CELESTE
Han pasado varias semanas y no he recibido ni una llamada que quiera contestar. Vivienne insiste, llama y llama, pero no tengo el valor de contestarle. ¿Cómo enfrentarla después de ocultarle algo así?
Cassian... ese idiota me está volviendo loca. Ya ni disimula: me puso oficialmente como su "ayudante". Lavarle la ropa, cocinar, limpiar... parece que piensa que estoy aquí para servirle. Pero bueno, me está dejando quedarme en su casa. Y eso, por ahora, es suficiente.
No puedo rendirme todavía. Parte de mí quiere creer que en el fondo me tiene cariño. Hay momentos, breves pero claros, donde se le nota. Algo en su forma de mirar, en cómo se queda callado, como si quisiera decir algo y no pudiera.
Hoy tengo cita con el doctor. Conseguí contactar con uno y por fin voy a ir. Aún no se nota la panza, pero yo ya la siento. Hay un pequeño bulto ahí abajo, como una promesa de todo lo que viene.
Estos días han sido pesados. Las náuseas, el humor por los suelos, el cansancio. Pero también he empezado a aceptar la idea de tener un bebé. Me asusta, sí, pero también me da una especie de fuerza rara. Me inscribí a clases online sobre maternidad y compré unos libros para no sentirme tan perdida. Igual, daría lo que fuera porque mi mamá y mi hermana Isayana estuvieran aquí.
Termino de lavar los platos, me echo un baño rápido y me visto con lo primero decente que encontré: un suéter rojo y jeans rotos. Agarro el bolso y le digo a Cassian que voy a salir. Me hubiera gustado que viniera conmigo, pero ni caso. Se lo pedí, claro, pero como siempre, se fue sin más. Últimamente es así. Me cuesta no explotar.
Tardo media hora en llegar al hospital. Odio ese lugar. Los olores, la gente enferma, todo me pone los pelos de punta.
En la recepción, una señora me da una ficha y me dice que espere. Después de veinte minutos me llaman. Camino lento hasta la consulta y me recibe la doctora, amable, con el pelo n***o y ojos brillantes.
—Hola, ¿cómo estás? —me dice sonriendo.
—Bien —le contesto, intentando sonar tranquila.
—Debes ser Celeste Valliant —dice, dándome la mano—. Soy la doctora Rosa Pérez. Por favor, acuéstate allá.
Me hace unas pruebas, revisa todo, me receta vitaminas y me dice que me cuide mucho. Salgo de ahí agotada.
Llego a casa y dejo caer el bolso. Me echo en el sofá, y apenas cierro los ojos...
—Chica, tienes que hablar conmigo —dice Vivienne, haciéndome pegar un brinco.
Ahí está, parada con los brazos cruzados, mirándome como si pudiera leerme la mente. Me siento, inquieta.
—¿Qué haces aquí?
—Celeste, estoy preocupada. ¡Hablame! —me dice, agarrándome las manos.
—¿Dónde está el resto? —pregunto, mirando hacia las escaleras.
Ella suspira fuerte.
—En la habitación de Cassian.
Claramente cree que estoy esquivando el tema. Me levanto y le abro la puerta.
—Salgamos. No quiero hablar de esto aquí dentro.
Nos sentamos en el jardín. El aire fresco me ayuda a calmarme.
—No quiere hacerse cargo del bebé —murmuro.
Vivienne se queda en shock y se levanta rápido, dispuesta a enfrentar a Cassian. Me apuro y la detengo antes de que entre.
—Por favor, no. Déjalo.
—No puede tratarte así después de todo lo que hiciste por él —me grita, con rabia. Por eso quería hablar afuera. La conozco. Iría directo a exigirle a Cassian que se haga responsable, y eso no me va a ayudar ahora.
—No puedo obligarlo, Vivi. No así —digo bajito, mirando el suelo, jugando con mi cabello.
Ella se sienta otra vez, furiosa.
—¿Y entonces qué vas a hacer? —me pregunta en voz baja.
Las lágrimas me bajan sin pedir permiso. Me arde la garganta de tanto tragarme lo que siento. Vivienne me mira con esa cara de querer ayudar y no saber cómo. Yo tampoco tengo claro qué hacer.
—No sé... quiza consigo un trabajo y me las arreglo por mi cuenta —le digo, secándome la cara con la manga—. Hoy escuché el corazón de mi bebé por primera vez.
Me río bajito. Fue un sonido tan chiquito y tan fuerte al mismo tiempo. Me llenó de algo que no puedo explicar... ganas de vivir, de pelearla, de ser suficiente para esa criatura.
—Sabes que cuentas conmigo, ¿no? —me dice con una sonrisa amplia.
—Sí, lo sé —le contesto, y la abrazo fuerte—. Te quiero mucho.
—Y yo a ti, Cel —responde bajito.
Hace una pausa y me lanza una idea que me deja con la boca abierta.
—¿Y si te vienes a mi casa, con mi familia, por un tiempo?
La miro directo a los ojos. Niego despacito.
—No puedo hacer eso. Tu familia no tiene por qué cargar con esto. Es mío, y tengo que enfrentarlo —le digo firme, aunque por dentro me tiemblan las rodillas.
Suspira.
—Está bien... no te voy a insistir —responde, resignada.
—Gracias. Puedo con esto —le digo, forzando una sonrisa. Ella me devuelve otra, más sincera.
Entramos a la casa. Los chicos están riéndose de algo, se siente un poco de alivio.
—¡Celeste! ¿Todo bien? —me saluda Erling, abrazándome como si no me viera hace años.
—Sí, estoy bien. Te extrañé un montón, mejor amigo.
—¡Ey! ¿Y yo qué soy entonces? —salta Lucien, haciéndose el ofendido.
—Una mujer puede tener más de un mejor amigo —le digo entre risas mientras paso de un abrazo al otro.
—Me están dando celos —bromea Vivienne.
Todos se ríen... menos él. Cassian, en su rincón, con el teléfono pegado a la cara como si el mundo no existiera.
—¿Entonces voy a ser padrino o no? —pregunta Lucien, levantando las cejas.
—Obvio que sí —respondo, dejándome caer en el sillón.
—Eso me gusta —dice, aunque ya mira de nuevo a Cassian, molesto—. Te prometo que te rompo ese celular en la cabeza, hermano.
Cassian ni se inmuta. Solo se va.
—Ya le caerá el peso de la consciencia —murmura Erling, mirándome con compasión.
—Eso espero... —digo y me levanto, caminando hacia mi cuarto. Vivienne viene detrás.
Empiezo a acomodar las almohadas, las sábanas, cualquier cosa para tener las manos ocupadas.
—¿Estás segura que estás bien? —me pregunta desde la puerta.
—¿Y por qué no estaría? —respondo, sin mirarla, apretando fuerte las sábanas.
Ella se sienta en el sillón pequeño, mirando todo alrededor.
—¿Esta es la habitación que te dio? Esto parece cuarto de servicio. Ese tipo no tiene corazón —dice, sacudiendo la cabeza.
—Déjalo, Vivienne... ya está.
—Me cuesta creer que alguien que amaste tanto pueda ser tan frío de golpe —susurra.
—Tal vez es una de esas lecciones que la vida te mete a la fuerza —digo, sintiendo un nudo en el pecho.
Porque sí, lo dejé entrar. Le abrí todo. Y cuando uno se abre así, también le da al otro el poder de herirte sin piedad.