Corazón de piedra

1066 Palabras
CELESTE No podía creer lo que estaba escuchando. Tenía la cuchara llena de avena en la mano, suspendida en el aire, y miraba a Vivienne. —¿Hablas en serio? —le dije, sin disimular lo absurdo que me parecía. —Claro que sí. Mi papá llamó a Lucien para decirle que me espiara —contestó. Casi me ahogo de la risa. —¿De verdad piensa que estás saliendo con Danni? Todo por unos cuantos mensajes y llamadas entre clases. El señor sacó conclusiones y decidió que ese chico nuevo era su flamante yerno sustituto. Y como ama a Lucien, ni tonto ni perezoso fue corriendo a contarle el chisme. —Anda, ríete —me dice Viv, dándome permiso para reírme en su cara. Y no me hice rogar. Me solté a carcajadas. —¿Y qué hizo Lucien? —pregunté, entre risas, tratando de recuperar el aliento. —Se enfureció. Fue a buscar a Danni y lo noqueó —dice con una seriedad que apenas disimula una sonrisa. Me imaginé la escena y no supe si reírme más o ponerme a llorar de lo ridículo. —Apuesto que te quedaste sorprendida —dije, mientras me metía otra cucharada de avena. —Le expliqué todo —respondió, sacando un paquete de Doritos —. Me pidió disculpas y hasta pagó la cuenta del hospital de Danni. —¿Me das uno? —le pedí, con antojo. —Ni soñando —contestó, alejando la bolsa. —Vale, que pensé que me querías. Además, mi bebé también quiere —le tiré la carta del embarazo, sin pena. —Solo porque es mi ahijado —dijo, lanzándome el paquete. —Gracias. Tu ahijada te manda un beso —dije, con una sonrisa mientras dejaba el plato vacío y abría los Doritos con gusto. Entonces me miró fijo. —¿Ya hablaste con tu mamá? Evadí su mirada, enfocándome en la mesita. —Todavía no —murmuré, sin ganas de entrar en ese tema. —¿Qué te detiene? —insistió con de preocupación. —No sé cómo enfrentarla después de tantas veces que me advirtió —respondí, sintiendo que la voz se me quebraba. Viv no dijo nada por un momento. Tal vez sabía que no había mucho que agregar. Mi mamá no es de las que perdonan fácil. Ella no te consuela, te recuerda que te lo dijo. Una y otra vez. —No lo va a entender —dije, mirándola directo—. Ella sabía que esto iba a pasar. Me lo repitió tantas veces... Y tenía razón. Cassian se fue. Me rompió. Vivienne me abrazó. Me acarició la espalda. Pero ya no quiero llorar más. No por alguien que no supo quedarse. —Tengo que aguantar. Ser débil ahora no me sirve de nada —le dije, separándome del abrazo, obligando una sonrisa que sabía que no la engañaba. —Yo siempre voy a estar —susurró, tomándome las manos. Asentí. No hacía falta decir nada más. —Ya es tarde. Me voy a mi cuarto —dije, recogiendo mi plato y el paquete a medio comer. El hambre se me había ido por completo. —Buenas noches —le dije, saliendo de su habitación y caminando hacia la cocina, con el corazón un poco menos pesado, pero aún con tantas ideas en mi cabeza. Entré a la cocina y me topé con Cassian ahí, clavado en el taburete. Tenía una botella al lado y el vaso medio lleno, girando el dedo en la orilla. El pelo alborotado, los ojos perdidos... no era el mismo Cassian que conocía. Sí, a veces se echaba un trago, pero esto era otra cosa. Esto era más raro en el. No quise hacer bulla. Puse el plato sucio en el lavavajillas, guardé las papas que dejé a medias y traté de hacer como si no lo viera. Pero no pude evitar mirarlo de reojo. Seguía en lo suyo, como si ni se hubiera enterado de que yo estaba ahí. Fui por un vaso, lo llené con agua, y mientras tomaba sentí esa picazón por dentro. —¿Qué te pasa, Cassian? —le dije finalmente. Nada. Ni media reacción. Como si se estaba haciendo el sordo. Me acerqué despacio y le apoyé la mano en el hombro. Se puso tenso, casi como si el toque le quemara. —Ey, ¿estás bien? Te hice una pregunta. Terminó su trago de una vez y se fue sin siquiera girar la cara. Me quedé mirandolo. Solo atiné a encogerme de hombros y volver a mi cuarto. En el baño, me enjuagué la cara con agua fría. No servía de mucho, pero me ayudó a calmarme. Al fin me acosté. La almohada me recibió despues del largo dia que tuve. Me quedé mirando el techo, con la cabeza dando vueltas. Cassian se veía derrotado. Cansado hasta lo profundo de su ser. Como si cargara con el planeta entero en la espalda. Y aunque me dio lástima, también me dio rabia. No todo es mi culpa. Ademas no se ha portado a como yo queria. Tal vez ya es hora de pensar en mí. Buscar un trabajo, juntar algo de plata, soñar con algo propio. Un rincón solo mío donde no tenga que rendirle cuentas a nadie. Sonó el celular. Ni vi quién era. Atendí. —¿Celeste? —La voz de mi mamá. Suave, cálida. Me dio un poquito de nostalgia por dentro. —Sí, mamá —respondí, recostándome. —¿Qué pasa contigo? —Eso debería preguntártelo yo —le dije, intentando sonar tranquila—. Me tenías abandonada. —¿Y lo de Cassian? ¿Cómo se tomó lo del bebé? Solté un suspiro. —Contento. Dice que está feliz —mentí. Me salió solo. Nunca fui buena mintiendo, pero parece que la vida te enseña a improvisar. —Me alegro. Tu papá… todavía no cambia de opinión —me dijo y eso me puso aun mas triste. Saber que su corazón era de piedra. —Te extraño, mamá. Mucho. Ojalá pudiera verte ahora. —Yo también, mi amor —su voz tembló. —Buenas noches, mamá —dije, y corté antes de que se me cayera todo encima. Me giré en la cama. La cortina se movía con el viento, suave. Me levanté, cerré la ventana, y volví a acostarme. Claro, con el corazón muy roto y sin esperanzas.
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