CELESTE No sé cómo pasó, pero de repente el plato se me resbala de las manos. Se estrella contra el piso y se hace trizas. El sonido me sacude por dentro, como si también yo me hiciera pedazos. Siento que el corazón me cruje, que el orgullo se me parte en dos, y que mi autoestima se va por el suelo. Sin pensarlo, me agacho para juntar los trozos con las manos que no dejan de temblar. —Déjamelo a mí —dice Erling, estirándome la mano para ayudarme a ponerme de pie. Evito mirarlo. Parpadeo varias veces para aguantar las lágrimas. —No pasa nada, solo fue un plato —respondo. Camino hacia la cocina, agarro la escoba y el recogedor, y limpio todo, sintiendo los ojos de todos clavados en mi espalda. —¿Tu prometida? Ah, ya entiendo… —dice Vivienne, con un tono que no es nada amigable —Tú debe

