CELESTE Me tocó quedarme horas de más en el local. Pedí aumento, y ahora tengo que demostrar que lo valgo. No es que tenga opción. El dinero no me sobra, y cada peso cuenta. No quiero pensar en lo que pasó. Lo que me contaron hoy me dejó en blanco, sin fuerza. Respiro hondo, tratando de no soltar las lágrimas. El canto de los grillos allá en los arbustos me envuelve, y por un segundo, me saca de mi cabeza. Una brisa leve me acaricia la cara y me ayuda a centrarme, pero no logra apagar el nudo de miedo que me crece dentro. Observo todo en silencio. Autos que pasan, gente con prisa, cada quien en lo suyo. Mi teléfono vibra. Lo saco del bolso. Es Vivienne. —¿Dónde andas, Celeste? —me pregunta, con ese tono suyo de preocupación. —Tuve que cerrar tarde, pero ya casi llego. Estoy esperando

