Capítulo 5: La Verdad Desenmascarada
—No es posible… —murmuré, mis dedos apretando con fuerza el borde del archivo.
Las palabras bailaban frente a mis ojos, pero la mente se negaba a procesarlas. El aire en la sala de conferencias de la fiscalía se sentía denso, opresivo, como si las paredes se cerraran lentamente. Las "nuevas pruebas" que los fiscales habían traído a la mesa podían cambiarlo todo. Y lo peor de todo era que no las había visto venir. ¿Cómo había podido pasar por alto algo tan importante?
—Abogada Durán —la voz seca del fiscal Román me sacó de mis pensamientos—, ¿está lista para discutir las pruebas o necesita más tiempo?
Lo miré desde el otro extremo de la mesa. Román, el fiscal estrella del departamento, me observaba con una sonrisa que bordeaba la arrogancia. Sabía que había conseguido algo grande, algo que pondría a Joaquín Velarde contra las cuerdas. Y lo peor era que yo no estaba preparada.
—Estoy lista —respondí con voz firme, aunque por dentro sentía que me faltaba el aire.
Los ojos de Román brillaron con satisfacción mientras lanzaba un sobre marrón grueso sobre la mesa.
—Aquí están. —Dijo, con un tono que rayaba en la autosuficiencia—. Nuevas pruebas. Evidencias que no teníamos en el momento del arresto.
Respiré hondo y tomé el sobre. Mi pulso se aceleraba mientras deslizaba los documentos. Los mismos fiscales de siempre estaban allí: Román, su asistente García, la investigadora del caso, y el joven fiscal Ortega, que apenas llevaba un par de años en la oficina, pero se manejaba con la confianza de un veterano. No importaba cuántas veces hubiera estado en este tipo de reuniones, algo en esta situación se sentía diferente.
Al abrir el primer documento, la fotografía de una escena del crimen captó mi atención de inmediato. Había sangre, mucha sangre, esparcida por el suelo y las paredes de una pequeña sala de estar. Y allí, tirado boca abajo, estaba el cuerpo de Marcos Hidalgo.
—La escena del crimen, tal como la encontramos —explicó Román, inclinándose hacia adelante—. El señor Velarde fue encontrado a pocos metros del cuerpo, con el arma homicida aún en la mano. Todo parece bastante claro, ¿verdad?
Sabía esa parte. Joaquín había confesado haber matado a Hidalgo, pero siempre había insistido en que no fue como parecía. ¿Pero cómo podía no ser claro cuando lo encontraron con el arma?
Deslicé los dedos por el siguiente conjunto de fotografías. Las marcas de la pelea eran evidentes: una lámpara rota, los muebles volcados. Pero algo no cuadraba. Me detuve en una imagen en particular, una pequeña mancha en la esquina de una mesa, casi imperceptible. Román me observaba mientras la examinaba, con esa sonrisa que parecía decir "he ganado".
—¿Qué es esto? —pregunté, señalando la imagen.
—Ah, sí. Esa es una de las nuevas pruebas que encontramos al reexaminar la escena. —Román se enderezó, claramente disfrutando de la tensión—. La sangre no es de Marcos Hidalgo. Es de una tercera persona.
Mis ojos se abrieron de par en par. Esto no estaba en los informes iniciales.
—¿Una tercera persona? —mi voz sonó incrédula.
—Así es. —Ortega, el joven fiscal, intervino con entusiasmo—. Inicialmente asumimos que la sangre pertenecía a Hidalgo, pero tras realizar nuevas pruebas forenses, encontramos que pertenece a alguien más. Aún no hemos identificado a quién, pero es suficiente para sugerir que había otro involucrado en la escena del crimen.
Mis pensamientos se aceleraban. ¿Otra persona en la escena? Joaquín nunca mencionó nada sobre alguien más. Esto lo complicaba todo. Pero si había alguien más involucrado, ¿por qué no había hablado de ello?
—Además —continuó Román, viendo mi desconcierto—, tenemos una grabación de seguridad que nos llegó hace poco. —Sacó un pequeño dispositivo USB y lo lanzó sobre la mesa—. Es de una cámara de un edificio cercano. No muestra toda la escena, pero en ella se ve a Velarde y a otra persona discutiendo minutos antes de la muerte de Hidalgo.
Me quedé en silencio, procesando la información. Todo apuntaba a que la situación era mucho más complicada de lo que Joaquín me había hecho creer. ¿Por qué no me había hablado de esto? ¿Estaba protegiendo a alguien?
Román conectó el USB a una laptop, y el video comenzó a reproducirse. La imagen era borrosa, capturada desde una cámara en mal estado, pero se distinguían dos figuras. Una, sin duda, era Joaquín. La otra figura era más pequeña, aparentemente un hombre, pero su identidad no se podía discernir claramente. Lo que sí se veía claramente era la agresividad entre ellos. Discutían acaloradamente en la entrada del edificio donde ocurrió el crimen. Y entonces, la figura desconocida se fue, dejando a Joaquín solo frente a la puerta.
—El video no captura el asesinato en sí —dijo Román, pausando el video—, pero muestra que había una confrontación entre Velarde y alguien más antes de que matara a Hidalgo. Eso, sumado a la sangre de una tercera persona, sugiere que no fue un simple crimen de pasión, sino algo premeditado.
Pre-meditado. Esa palabra cayó como una losa sobre mis hombros. No solo complicaba la defensa, sino que hacía que Joaquín pareciera un hombre más calculador de lo que yo creía. Pero había algo que no encajaba. Si Joaquín estaba protegiendo a alguien, ¿quién era esa persona y por qué?
García, la investigadora, quien había estado en silencio hasta ahora, intervino con una pregunta que me sacó de mis pensamientos.
—¿Sabe usted algo sobre esa tercera persona, abogada? ¿El señor Velarde mencionó a alguien más en la escena?
La sala quedó en silencio. Todos los ojos se fijaron en mí, esperando una respuesta. Sentí una presión creciente en el pecho. No podía mentir. No tenía idea de quién era esa persona.
—Joaquín no mencionó a nadie más —respondí finalmente, tratando de mantener la compostura—. Pero ahora que lo sé, tendré que hablar con él. Esta información cambia muchas cosas.
Román se recostó en su silla, claramente satisfecho.
—Le recomendaría que lo haga pronto. Esto no solo refuerza nuestra teoría de la premeditación, sino que también pone en duda cualquier alegato de defensa basado en la impulsividad o las circunstancias.
Asentí, recogiendo los papeles. Mi mente estaba en mil direcciones a la vez. Sabía que tenía que hablar con Joaquín cuanto antes, pero lo que más me preocupaba era la posibilidad de que él me hubiera ocultado algo intencionadamente. Esa confianza que habíamos comenzado a construir se tambaleaba.
—¿Algo más? —pregunté, sabiendo que, de alguna manera, Román tenía más cartas bajo la manga.
—Solo una cosa más —dijo él, enderezándose en su silla—. Hemos recibido un testimonio anónimo. Aún no hemos podido verificar su autenticidad, pero sugiere que Joaquín Velarde tenía motivos para matar a Hidalgo. Un motivo más profundo que cualquier confrontación simple. Algo relacionado con negocios turbios y deudas pasadas.
Mi corazón se hundió. Esto solo lo empeoraba. Si ese testimonio era creíble, la imagen de Joaquín como alguien que actuó por impulso se desmoronaba por completo.
—Tendrá acceso a esa declaración cuando esté verificada —dijo Ortega—. Por ahora, solo queríamos que estuviera al tanto.
Me levanté, con los papeles en la mano, sintiendo que todo se desmoronaba. Tenía mucho que procesar y, sobre todo, muchas preguntas que hacerle a Joaquín. Mientras salía de la sala, sentía las miradas de los fiscales en mi espalda, y una voz interna me advertía que todo esto era solo el principio de algo mucho más grande y peligroso.