NARRA DIMITRI
Habían pasado algunas semanas desde que Elizabeth salió del hospital. Desde entonces, algo entre nosotros había cambiado. Hablaba menos, casi siempre con voz baja, con ese aire distante que me dolía más de lo que admitiría. Pasaba la mayor parte del día encerrada en el despacho, estudiando, preparándose para unos exámenes porque había decidido retomar los estudios.
Yo respetaba su espacio. Pensé que era lo mejor para no agobiarla... pero la distancia empezó a doler más de lo que me esperaba.
Esa noche, al llegar a casa, subí directamente a buscarla. Al abrir la puerta, la vi de pie, mirando por la ventana, con la luna iluminándola. Llevaba puesto un camisón n***o de seda, corto, demasiado provocativo, que dejaba adivinar cada curva de su cuerpo.
Me acerqué, el corazón acelerándose.
—Hace demasiado tiempo que no me tocas, Dimitri... incluso a veces pienso que... —susurró ella, insegura.
No la dejé terminar.
La tomé por la cintura, la atraje hacia mí y la besé con desesperación. Nuestras lenguas se encontraron, salvajes, como si lleváramos años esperando ese momento. Mis manos temblaban al recorrer su cuerpo. Le quité el camisón, sintiendo su piel tan suave que casi dolía.
Mis labios encontraron sus pechos. Los pezones, grandes e hinchados, se endurecieron bajo mi lengua. Ella gimió, y ese sonido me hizo perder el control. Quería escucharla gemir, gritar mi nombre, saber que me deseaba tanto como yo a ella.
La llevé hasta la cama, echándola con cuidado. Mi boca descendió por su vientre, acaricié sus muslos mientras ella abría las piernas, temblando. Su tanga estaba empapado. Se lo quité de un tirón.
Me quedé mirándola unos segundos, deseándola más que nunca. Su sexo estaba completamente depilado, dejando ver sus labios hinchados y rosados.
Pasé mi lengua alrededor, despacio. Sentí cómo su cuerpo se arqueaba, cómo sus gemidos crecían hasta ser casi gritos.
—Ah... ahh... Dimitri... —su voz rota me atravesó el pecho.
Seguí, lamiendo, saboreándola hasta que su cuerpo se sacudió, temblando. La escuché gritar mientras el orgasmo la recorría. Su espalda se arqueó, las manos se aferraron a las sábanas.
Me encantaba verla perder el control.
Ella respiraba agitada, el rostro enrojecido, el cabello revuelto. La miré, sintiendo una mezcla de ternura y deseo.
—Quiero tenerte dentro... —susurró, con la voz temblorosa.
No necesitaba decirlo dos veces.
Me desnudé rápidamente, colocándome entre sus piernas. Mi m*****o rozó la entrada de su sexo, mojado y caliente, y de un empujón me hundí en ella hasta el fondo.
Sus piernas se apoyaron en mis hombros. Comencé a embestirla, lento al principio, saboreando cada gemido, cada contracción de su interior.
Su mirada se cruzó con la mía, ardiente, llena de necesidad. Nos perdimos el uno en el otro.
Antes de terminar, la levanté para colocarla encima de mí. La sujeté de la cintura, guiando sus movimientos. Sus pechos rebotaban, casi rozando mi cara. Ella tomó el control, moviéndose con fuerza, dibujando círculos con la cadera. La vi cerrar los ojos, mordiéndose el labio, mientras otro orgasmo la sacudía.
—Eres preciosa... —susurré, casi sin aliento.
Quise verla más. La puse en cuatro, su trasero perfecto ante mí. Ella misma abrió sus glúteos, mirándome con deseo.
Entré de nuevo en ella, profundo. Sus pechos se movían al ritmo de las embestidas, su voz rota llenaba la habitación.
—Eres increíble... —le dije cerca del oído, sintiendo cómo mi control desaparecía.
No pude más. Me corrí dentro de ella, con un gemido que nació en lo más hondo de mi pecho.
Caímos sobre la cama, sudados, agitados. Ella se acurrucó contra mi pecho, respirando rápido. Le acaricié el cabello, sintiendo su corazón latir desbocado.
—¿Te gustaría tener hijos más adelante, verdad? —preguntó de pronto, con la voz suave.
Suspiré. Sabía que esta conversación llegaría.
—Para más adelante, Eli... Ahora mismo creo que no es el momento. Tal vez en unos años... —dije, intentando sonar calmado.
La vi mirarme, tranquila, pero algo en su sonrisa me hizo dudar.
—¿Estás tomando las pastillas, verdad? —pregunté, intentando que no sonara a reproche.
—Claro... —respondió, sonriendo. Pero algo en sus ojos no me convenció.
—Puedes estar tranquilo. Las estoy tomando. Y si no confías, toma tú las medidas —añadió, dándose la vuelta.
—No he dicho que no confíe, Elizabeth. Solo que me parece... demasiado precipitado—
—Ahora me tomo las cosas de otra manera. No quiero preocuparme por todo. Tú no quieres hijos ahora, es respetable —respondió, con voz calmada.
—En un futuro sí me gustaría... Si es contigo, mejor aún. Pero ahora ninguno de los dos está preparado, Eli. Ni mentalmente, ni emocionalmente... —dije, intentando que entendiera—. No hace tanto perdiste un bebé... y también intentaste quitarte la vida. Tenemos que esperar a que las heridas cierren un poco, aprender a convivir, construir algo más sólido—
Ella guardó silencio.
—¿Amarnos? —preguntó, casi susurrando.
—Sí... Deja que el tiempo decida. Deja que nos cure, Eli—
—¿Crees que con el tiempo me amarás? —su voz tembló, cargada de esperanza.
—Estoy seguro de que así será. Eres una mujer increíble... —dije, abrazándola.
La sentí relajarse contra mi pecho. Cerró los ojos, y por primera vez en semanas, pareció respirar en paz.
Mientras la abrazaba, pensé que tal vez... solo tal vez... mi corazón ya había empezado a rendirse ante ella.