NARRA ELIZABETH
Me desperté temprano, con la garganta seca, la cabeza pesada y un temblor que no podía controlar. Bajé a repasar los trabajos que había preparado durante la semana, intentando distraerme de la sensación de vacío que me carcomía por dentro. Pero era inútil. Las palabras se emborronaban ante mis ojos, mi mente estaba demasiado llena de recuerdos y reproches.
Tenía fiebre, lo sentía. Busqué el termómetro: 39,8. Me metí en la ducha con agua fría, esperando que el escalofrío me despejara las ideas, pero solo conseguí que los huesos me dolieran aún más. El frío no calmaba el ardor en el pecho, ni la punzada de rabia que me atravesaba cuando pensaba en él.
Volví a medirme la fiebre: 40,2. Bajé tambaleándome, cogí bolsas de hielo, llené la bañera y me sumergí mientras mi cuerpo temblaba, como si quisiera sacudirse todo el dolor. Lloré en silencio, recordando tantas veces en mi vida en que tuve que curarme sola, limpiarme las heridas mientras todos miraban a otro lado.
Le llamé. Una, dos, tres veces. Necesitaba escuchar su voz, aunque fuera solo para que me regañara por no cuidarme. Nada. Le dejé un mensaje: "Te necesito."
Su respuesta llegó seca, casi indiferente: "Ahora mismo estoy ocupado."
Me dolió más de lo que debería, pero decidí no insistir. Me sentía tan sola que hasta el aire dolía. Recordé todo lo que había aguantado, todo lo que había perdonado... y todo lo que había callado.
Cuando anocheció, el móvil vibró. Una foto. Él, con su ex, entrando juntos a un departamento.
Sentí un latigazo en el pecho. Quise llorar, gritar, romper algo... pero no lo hice. Solo apagué el móvil y me quedé bajo el agua helada hasta que el cuerpo dejó de reaccionar.
Esa noche no dormí. Pasé las horas mirando el techo, viendo girar mi propia vida como una película rota. No volvería a rogar. Si él no quería quedarse, yo tampoco suplicaría. Si quería tener poder, debía recuperarlo yo misma. Recordé las palabras de Ethan sobre la herencia, y recordé a Maximilian.
Al amanecer, decidí que ya era hora. Le escribí. Me contestó enseguida. Me levanté, me vestí despacio, tapé mis ojeras con maquillaje. En el espejo me vi frágil, pero mis ojos reflejaban algo nuevo: determinación.
Bajé las escaleras. Dimitri acababa de llegar con Marcus. Sentí sus miradas, pero seguí caminando sin mirarlos. Sabía que me llamaría. Y lo hizo. Ignoré la llamada. Me escribió. Le respondí: "Ahora mismo estoy ocupada."
Era cruel, pero era justo.
Volvió a insistir, hasta que contesté.
—¿Qué quieres, Dimitri?
—¿Qué pasa?
—No pasa nada. Ahora mismo estoy ocupada. Cuando llegue a casa, hablamos. —colgué.
Y apagué el teléfono.
Al llegar a la cita, vi a Maximilian esperándome. Su sonrisa era calculada, fría, pero al mismo tiempo invitaba a negociar.
—Iré al grano: quiero reclamar la herencia de Ethan como su única heredera.
Él se apoyó en la mesa, divertido.
—¿Y qué te hace pensar que voy a ayudarte?
—Porque ambos sabemos que esas acciones que Ethan me dejó valen mucho más para ti que para mí. Cuando la herencia sea mía, te las venderé. Es un trato limpio—
Sus ojos brillaron.
—Podrías habérselo dicho a tu marido—
—Él no tiene que saber nada. Ni ahora ni nunca. Sabes que esas acciones no se pudieron comprar durante años. Ahora puedes tenerlas—
Él sonrió, casi complacido.
—Mañana hablaré con mis abogados y prepararemos un contrato. Cuando obtengas la herencia, me venderás esas acciones a un precio que acordaremos—
—Perfecto —dije, fingiendo más seguridad de la que sentía.
Nos despedimos. Salí al aire frío, sintiendo el pulso acelerado y el mareo de la fiebre. Pero me sentí viva. Tenía miedo, sí, pero también sentía que por fin estaba haciendo algo por mí.
Llegué a casa agotada. Vi a Dimitri sentado en el salón con alguien. No dije ni una palabra. Subí directo y me encerré en el cuarto. Cerré los ojos y dormí de puro cansancio, hasta el día siguiente.
Cuando desperté, la cama estaba vacía. Él no había dormido conmigo. Pero no me importaba, o al menos eso me repetía. Me di una ducha, bajé a desayunar. Él estaba allí, me miraba en silencio.
—Ayer estabas muy cansada... —intentó iniciar.
—Sí —respondí, seca.
—¿Qué pasa, Eli?—
Seguí comiendo, ignorando su pregunta. Terminé y subí. Sabía que vendría detrás. Y lo hizo.
—Eli, por favor, dime qué pasa—
Lo miré. Dudé. Y decidí decirle la verdad, o al menos parte.
—¿Sabes qué pasa? Que quiero tener hijos, y tú no—
Me miró fijamente. Se acercó, sin apartar la vista, hasta que nuestras respiraciones se mezclaron. De pronto, me levantó en brazos, mis piernas se aferraron a su cintura, mis manos a su cuello.
—Si ese es el problema... puedo solucionarlo ahora mismo. —susurró contra mi piel.
—Hace dos noches te llamé. Me dijiste que estabas ocupado. Y resulta que estabas con ella... con tu ex—
—Oh, Eli... —dijo, entre irritado y divertido—. ¿De verdad piensas que estaba solo con ella? Estaba también Marcus. Si me hubieras esperado, te lo habría explicado—
Su voz ronca me desarmaba. Su mano acarició mi muslo, subiendo lentamente. Mi respiración se hizo más rápida, aunque intenté luchar contra ello.
—Dimitri... —susurré.
—Después hablamos. Ahora estoy ocupado... —me calló con un beso.
Su boca se apoderó de la mía, feroz, necesitada. Mis pensamientos se disolvieron. Quise recordarme que tenía que hablarle de Maximilian, pero sus manos me recorrían, su cuerpo me envolvía. Mi mente gritaba no, pero mi corazón latía tan rápido que solo pude dejarme llevar.
Me llevó contra la pared, su boca bajó a mi cuello, mordiendo, saboreando. Mis manos se aferraron a su camisa, tirando de ella, necesitándolo tan desesperadamente como él me necesitaba a mí.
Por un instante lo olvidé todo.
Olvidé el pacto con Maximilian. Olvidé mi fiebre, el cansancio, el orgullo. Solo estábamos él y yo, respirando el mismo aire, quemándonos con el mismo fuego.
Cuando terminamos, mis piernas temblaban. Su frente apoyada en la mía, nuestras respiraciones mezcladas.
—¿Qué pasa por tu cabeza, Eli? —preguntó, rozando mis labios.
—Nada... —mentí.
Pero en mi interior lo sabía: lo que acababa de hacer nos unía más... y a la vez me hacía sentir más atrapada.
Él me besó suavemente, como pidiendo perdón sin palabras.
—Hablaremos después, ¿sí? —susurró.
—Sí... —dije, pero mi mente ya estaba lejos.
Recordé las palabras de Maximilian: "Mañana hablaremos." Recordé que estaba a punto de traicionarlo, de hacer algo que él jamás me perdonaría si lo descubría.
Pero era mi única salida.
Para no depender nunca más. Para poder mirarlo a los ojos sin sentirme pequeña.
Mientras él me abrazaba, apoyé la cabeza en su pecho. Lo sentí fuerte, cálido... y tan peligroso como el filo de una navaja.
Y aún así, lo amaba.
Aunque me destruyera.
Aunque mi corazón se rompiera una y otra vez.