Los días siguientes para Serafín y Arcángel transcurrían tranquilos, casi como una rutina sagrada. El mundo exterior parecía lejano, y lo único que rompía la monotonía eran las esporádicas visitas del doctor Misael. Siempre llegaba con víveres, juguetes y su presencia tranquila, como un caballero que entrara a un hogar con respeto y discreción. Pasaban horas conversando, tomando café, hablando de arte y medicina. Misael, un español viudo y prudente, observaba a Serafín con admiración: era una luchadora, una mujer que había sobrevivido a tormentas invisibles. La atracción existía, sí, pero nunca se atrevía a cruzar la línea; sabía que su rol era proteger, no invadir. —Serafín, ¿sabías que tu talento con los dibujos podría exhibirse en alguna galería? —comentó Misael un día, mientras limpia

