Una semana bastó. Los días se le fueron a Serafín entre despedidas silenciosas y lágrimas disimuladas. Abrazó a sus pequeños estudiantes, que la miraban sin entender por qué su maestra de cabello encendido tenía que marcharse tan pronto. Se despidió también de las mujeres de la casa de acogida que la habían ayudado a levantarse de la nada, aquellas que le habían enseñado que podía ser libre, un concepto que ahora se sentía más lejano que nunca. El doctor Misael fue uno de los últimos en verla. Dudó antes de tenderle la mano, como si supiera que aquel adiós era definitivo. La sombra de Nikolai lo taladraba con la mirada, un depredador dispuesto a pulverizarlo con tan solo un gesto. Serafín apretó la mano del doctor, y esa breve caricia de humanidad le bastó para seguir caminando. No miró

