El brindis de los condenados

1331 Palabras

La casa estaba en silencio, apenas roto por el tictac del reloj de pared. Pasaban de las nueve de la noche cuando Serafín, con pasos suaves, se detuvo frente a la puerta del despacho. Dudó un instante, respiró hondo, y finalmente tocó con los nudillos. —Adelante —respondió Nikolái con esa voz grave que parecía un gruñido. Ella entró. Bajo la luz tenue de la lámpara, su vestido verde agua brillaba como un reflejo de río. Sabía lo que hacía: conocía bien que él adoraba ese color porque resaltaba el fuego de su cabello. Nikolái la observó sin moverse, con un vaso de whisky a medio terminar en la mano. Serafín se acercó despacio, rozó con la yema de sus dedos la barba que apenas le crecía en la mandíbula y murmuró: —Lo siento… por todo lo que hice. Por robarme tu hijo, por no pedir permiso

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