Los primeros dos días en Rusia fueron un respiro extraño, casi un paréntesis. Para Serafín todo era nuevo, pero sorprendentemente cálido. La gran casona de Ekaterina se llenó de vida con la risa suave del pequeño Arcángel y los pasos ligeros de la joven madre, que aún no se acostumbraba a ser tratada como una señora de alta alcurnia. Ekaterina, la tía del Pantera, parecía vivir un sueño. Jamás se le borraba la sonrisa mientras cargaba al niño. Lo mimaba con canciones rusas antiguas, lo envolvía en mantas bordadas con el escudo familiar, y entre susurros juraba que aquel bebé sería el orgullo de los Smirnov. Una tarde, mientras Serafín le acomodaba la bufanda a Arcángel antes de salir al jardín, Ekaterina la observó con atención. —Mírate, Serafina —dijo con voz suave, como quien contempl

