La tarde llegó con calma, y con ella, los hermanos de Serafín. Iván, el mayor, tenía el rostro frío y el cabello rojizo bien cortado. Una cicatriz sobre la ceja lo hacía parecer aún más atractivo, y sus ojos verdes recordaban a los de su hermana si uno se detenía a mirarlos con atención. Con su metro noventa de altura, imponía respeto. Era el dominante de los Volkov, tan temible como lo había sido una vez Mijaíl. —¿Cuándo dejaremos de perderte? —preguntó al besarle la frente. —Nunca más —respondió ella con una sonrisa quebrada. Iván la abrazó sin contenerse. Fue un gesto espontáneo, sin orgullo ni distancia. Mijaíl, sentado cerca, los observó en silencio. Su hijo mayor era un hombre duro, incluso con su propia esposa. Tal vez la amaba, o tal vez no tanto. Pero esa era otra historia que

