Capítulo 9 (p1)

4766 Palabras
—¡Miau! Una encantadora vocecita se escuchó a penas Rubí abrió la puerta. Ahí estaba el minino justo en la entrada, sentado como un príncipe de botitas blancas. Con su nívea coraza de pelos, suave y abundante simulando la forma de un corazón. —¡Aquí estás, don Bigotes! —exclamó Rubí con satisfacción y tomó al gatito en sus brazos. Los dulces ronroneos no se hicieron esperar—. Me extrañaste, ¿verdad? Vamos, te daré algo de comer. Caminó a la cocina con su amigo, le dio una lata de comida y luego se preparó algo rápido para ella. Aún quedaban varias horas para que acabara el día, y a pesar de que su departamento necesitaba orden y limpieza, Rubí no tenía fuerza para hacer nada más. Sus piernas todavía le temblaban y su corazón no se reponía del todo después de tremendo susto. Decidió refugiarse en su cuarto, y quedarse ahí de manera indefinida. Por supuesto, el pequeño pirata ronroneante la siguió y se recostó sobre su regazo haciendo una bola de pelos suave y cálida. Rubí estaba agotada, y no tardó en dormirse. Cerca de las diez de la noche la despertó el sonido de su celular. Lo cogió a tientas de la mesita, y respondió con la voz adormilada: —Diga... —Lo siento, nena, se me hizo tarde para ir a buscarte. Espero que no hayas tenido problemas para llegar a tu departamento. —No... tu amigo se ofreció a traerme..., ¿qué hora es? —consultó confundida. —Las diez, ¿estás bien? Te escucho la voz extraña. —Sí, sí. Estaba durmiendo. —Rubí abrió los ojos despertando del todo y se sentó en la cama—. ¿Y tú...? ¿Todo bien? —Ya solucioné todo. ¿Tuviste algún problema en la mansión de Daryl? Rubí dudó un momento antes de responder. No sabía si contarle a su moreno lo que había sucedido con Genie. ¿Valdría realmente la pena contarle lo que pasó? Probablemente no, y Nyo intentaría justificarla como hacía siempre. Había tenido un día horrible, y no estaba de ánimos para discutir con él. Deseaba olvidar y prefirió callar. —No, ninguno. Aunque no me quedé mucho rato, ya me conoces. —Lo sospechaba. Pocas veces haces lo que te pido. En todo caso estaba tranquilo, sabía que Daryl cuidaría de ti. Daryl, había hecho mucho más que eso, y Rubí no pudo evitar sentirse nuevamente agradecida con él. Todos los recuerdos de ese momento atravesaron su mente como un rayo fugaz, y le robaron una de sus hermosas sonrisas. —Debo admitir que tu amigo ya no me desagrada tanto. —Me alegra saberlo... —Señor, Williams, está lista la copia de su denuncia —se escuchó una voz cercana a Nyo. —Voy de inmediato. Rubí, debo cortar. ¿Nos vemos el próximo fin de semana? —Ok. Adiós. —Adiós. Finalizando la llamada. Rubí se dió cuenta que poco le importaba que Nyo se enterara de lo sucedido. Todo el apoyo que necesitaba estaba justo ahí, frente a sus ojos, durmiendo plácidamente. Se acomodó nuevamente entre las cobijas de su confortable cama y no tardó en dormirse otra vez. Era increíble el desgaste energético que podían causar las experiencias cercanas a la muerte. El día Lunes Rubí se levantó a las siete de la mañana. Con su tenida deportiva, desayunó algo ligero y cogió una botella de agua para salir rumbo al gimnasio que quedaba al lado de su departamento. Eran las ventajas de vivir en Nueva York. Asistía tres veces por semana sin falta para mantenerse en forma. Ese día en especial, necesitaba más que nunca liberar toda la energía negativa que tenía acumulada. Lo podía percibir en el nudo doloroso de su cuello. Entró en el gimnasio y pasando por el área de pesas saludó con la mano a uno de los entrenadores allí presente. —Te estoy esperando, Reina —la saludó con un gesto desafiante. Rubí respondió con una sonrisa divertida. Era el instructor que se encargaba de guiarla por el circuito de pesas, pero primero debía calentar con treinta minutos de zumba fitness. Avanzó hasta la sala y se unió al grupo de siete mujeres que esperaban el comienzo de la clase. Conversaron animadas durante unos cuantos minutos hasta que entró el profesor: un joven rubio y delgado que desbordaba energía positiva para motivar a sus alumnas. Enérgico y ágil como una gacela, el encantador instructor guió a sus alumnas por los variados pasos de baile combinados con ejercicios aeróbicos que él mismo seleccionaba para sus divertidas clases. Las participantes se recargaban de energía positiva, y en sus rostros sonrientes se reflejaba lo entretenido que había sido. Posteriormente, iniciaba la parte más difícil para Rubí: pesas para tonificar músculos. Se despidió del grupo y fue en busca del instructor. —Estoy lista para que te ensañes con mi cuerpo —bromeó mientras arreglaba su coleta. El trigueño de espalda y brazos trabajados dejó las pesas a un lado y le dedicó una sonrisa entusiasta. —Yo no diría "ensañar", Reina. Más bien diría: "pulir" tus encantos. A Rubí le causaron gracia aquellas palabras, que lejos de ser un intento de coqueteo, correspondían a la picardía típica de un chico latino, con quienes Rubí sentía una gran afinidad. —¿Qué toca hoy? —Sentadillas..., y no pongas esa cara, me lo agradecerás cuando te mires en el espejo. Rubí tenía tendencia a acumular la grasa en sus caderas y gran parte de la rutina se enfocaba en moldear esa parte de su cuerpo. Debía reconocer que su entrenador hacía un gran trabajo con ella. Terminada la tanda de ejercicios, Rubí regresó a su departamento a prepararse para ir al trabajo. Tomó una ducha fría esta vez, pues ayudaba a que sus músculos se recuperaran más rápido después del entrenamiento. Almorzó la porción de comida que le quedaba en el congelador. Luego, se alisó el cabello para que luciera ordenado y se hizo la coleta requerida con su uniforme. Tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Don Bigotes la siguió hasta la salida, señal de que también deseaba salir y regresar a donde sea que fuese su hogar. Rubí se detuvo con el pomo en la mano y miró a su adorable compañero, que esperaba con gesto primoroso a que abriera la puerta para poder salir. —¿Ya te vas, don Bigotes? "Miiiau" respondió haciendo vibrar sus bigotitos, y miró la puerta con ansiedad. Rubí no pudo evitar sentir tristeza por su inesperada partida. Seguía emocionalmente afectada y necesitaba más que nunca de su compañía. Ese inocente animal, había sido su único apoyo en los momentos de mayor soledad. La vida de Rubí era un completo misterio: nadie sabía quien era, de donde venía, o quien era su familia, ni siquiera su guapo moreno lo sabía y no siempre era fácil sobrellevar aquella pesada carga. Abrió la puerta y don Bigotes salió con su cola de plumero erguida y vaporosa. No había nada que hacer. —Vamos, Rubí, no seas débil —se animó a sí misma en un hilo de voz—. Recuerda a Amanda... Bajó las escaleras y así dió inicio a una semana más de trabajo. La carga laboral y las horas libres que dedicaba al estudio de algebra y cuanto libro de matemáticas llegaba a sus manos, le ayudaron a mantener su cuerpo y mente ocupados. Cada vez que ese vacío quería oscurecer su corazón, Rubí se sumía en sus libros de estudio, su trabajo y se enfocaba en su futuro para evitar que los gritos espeluznante de la soledad coartaran todo su avance. No había sido fácil para ella llegar hasta ese punto de su vida y se negaba a retroceder un sólo paso. El último día laboral de la semana, Rubí iba camino a casa junto a su compañera. Vanessa percibió que algo no andaba bien con ella y preocupada por su amiga se atrevió a preguntar: —¿Te sucede algo, Rubí? Has estado silenciosa durante toda la semana. —¿A mí? nada... —respondió con gesto indiferente. Sin embargo las palabras de su amiga se clavaban en su corazón. Vanessa apoyó su mano sobre su brazo notando el sutil brillo de angustia en sus bellos ojos almendrados. Le parecía tener a un hermoso ángel melancólico frente a ella. —Te ves... apagada. —La miró compasiva y deseosa por ayudarla, aunque no insistiría si Rubí no deseaba hablar al respecto. No quería parecer una entrometida. —Puede ser, me he sentido cansada —dijo una verdad a medias. El cansancio era mas bien emocional, pero Rubí jamás hablaría de sus problemas, ni de su pasado, aunque Vanessa fuera la persona en quien más confiaba y con quien se sentía a gusto. El secreto que ella escondía celosamente, era una verdad abrumadora y difícil de asimilar. —Sería bueno que consultaras con un doctor. Yo comencé a sentirme del mismo modo y no quise hacer caso. Resulta que era mi tiroides la que estaba fallando y ahora debo tomar medicación de por vida. ¿Te has hecho algún chequeo? —No, nunca. —¿Ves? Quizás estás enferma y no lo sabes. —Abrió su bolso y rebuscó entre sus cosas con afán hasta que halló una pequeña tarjeta de presentación—. Ten, es el número de mi doctor. Es un amor, te encantará. Rubí lo recibió agradecida y le sonrió con afecto. Que cálida le resultaba Vanessa en medio de una ciudad tan fría e indolente como Nueva York. —No me digas que tu doctor también es latino. —¡Sí! —respondió con una sonrisa radiante. —Está bien, iré a verlo —accedió cambiando radicalmente de humor, y apareció su encantadora sonrisa otra vez.  La electrizante música en el Red Velvet, hacía vibrar los cuerpos excitados y colmaban el ambiente con una euforia contagiosa. Y en medio de la pista estaba ella. Sublime y poderosa. Las ondas de su cabello brillaban bajo los reflectores. El maquillaje había desvanecido su expresión angelical y acentuaba el misterio guardado en sus ojos. Varias semanas habían pasado y Rubí había vuelto a ser la misma de siempre: segura y despreocupada. Aprovechaba el momento para dejarse llevar por el estimulante ritmo del R&B mientras Nyo atendía sus negocios. Daryl la divisó entre el gentío y se acercó por detrás para poder admirarla a pocos metros de distancia. Aquél momento que había compartido junto a ella, donde pudo disfrutar de una íntima cercanía en la habitación de su mansión, había actuado en él como una potente droga y deseaba cada vez más de Rubí. Esa mujer comenzó a irrumpir en sus sueños y se negaba a salir de su mente. Daryl se resistía a sentir cualquier tipo de atracción por la mujer de su mejor amigo y en su lucha por arrancarla de su cabeza se abstuvo de visitar el bar por un tiempo. Pero el deseo por verla se impuso, y ahí estaba otra vez, como un idiota hipnotizado viéndola bailar. Era absolutamente incapaz de apartar la vista de aquella misteriosa mujer que lo estaba volviendo loco. Rubí, atraída como por una fuerza invisible, se giró bailando al ritmo de la música y sus ojos fueron capturados por la mirada penetrante de Daryl. Aquella mirada lobuna le hicieron recordar al animal que llevaba tatuado en su pecho, tenían la misma expresión acechante y depredadora. Los claros ojos masculinos era tan intensos, que Rubí sintió que sus mejillas comenzaban a arder invadidas por un extraño calor y despertaban un remolino ardiente en su vientre. Turbada, se dió la vuelta para evitar que Daryl la viera en ese estado. Era la primera vez que se sonrojaba. Se sentía desconcertada. Se llevó la mano a la mejilla con el corazón latiendo excitado ¿Qué acababa de suceder? ¿¡Por qué estaba sonrojada!? Rubí ya no pudo seguir bailando y decidió regresar a la mesa para esperar a Nyo. Justo en ese momento, unas manos posesivas se deslizaron por su cintura hasta llegar a su vientre y la aferraron contra un cuerpo férreo. Rubí dió un salto de sorpresa, Daryl no podía atraverse a tanto, se dió la vuelta para enfrentar aquel atrevido hombre. —¿Qué pasa? —dijo él. Rubí se encontró con la sonrisa blanca de Nyo que la miraba con curiosidad. —Nyo... eras tú... —¿Crees que otro se atrevería a tocar a mi chica? —En realidad... —intentó responder Rubí, pero Nyo la frenó de inmediato. —Ni recuerdes a ese bastardo. Ya desapareció para siempre de nuetras vidas. —Como digas. —Su sonrisa encantadora interfirió en el humor de Nyo, quien la aferro contra su pecho deseoso y le susurró con complicidad: —Mejor vamos a la mesa. Estás llamando demasiado la atención esta noche. —Creí que esa era la idea, atraer más clientes. —Sí, pero ya fue suficiente por hoy. Te quiero toda para mí el resto de la velada. Nyo se llevó a su chica de la mano. De camino a la mesa se encontraron con Daryl en la barra que bebía una copa de Whisky. —¡Hey, bro! ¿Acabas de llegar? No te vi cuando entré. —¡Hey! —Daryl respondió con entusiasmo y se dieron un sonoro abrazo masculino—. Acabo de llegar —mintió con su sonrisa bribona, y miró de reojo a Rubí. Ella agachó la mirada incómoda, sabía que Daryl estaba sondeando su reacción—. Hola, Rubí. —Hola... —respondió ella procurando resitir las intensas palpitaciones de su corazón. De pronto, la adrenalina comenzaba a invadir su cuerpo, como si estuviera haciendo algo peligroso y prohibido. —¿Cómo estás? —quiso saber Daryl, preocupado por saber si seguía afectada por aquel "accidente" en su mansión. —Bien, gracias. —Y en esa sonrisa sincera que expresó Rubí, le hizo saber a Daryl lo agradecida que aún estaba. Daryl asintió. Aquel inocente intercambio de saludos había algo más que solo comprendieron ellos dos. —No nos quedemos aquí —interrumpió Nyo—, vamos a la mesa. Las miradas entre Daryl y Rubí parecían el juego del gato y el ratón. La buscaba con insistencia en cada oportunidad y ella incómoda esquivaba cada intento para no corresponderle. Era la primera vez que le costaba resistir una mirada masculina. Ese hombre le hacía perder toda su seguridad y hubiera preferido que siguiera ignorándola como hacía siempre. ¿Qué pretendía mirándola de ese modo delante de Nyo? ¿Acaso no eran amigos? En cambio a Daryl le parecía un juego bastante divertido. Le satisfacía notar la incomodidad que sentía Rubí con su insistente mirada y sonreía cada vez que ella lo esquivaba ignorándolo por completo. Prefería su incomodidad antes que su indiferencia, porque eso quería decir que la perturbaba de alguna manera. Pero Rubí era una mujer que él no conocía. Tanto insistió con su juego, que de pronto ella no toleró más su impertinencia y le sostuvo la mirada sin vacilar. Los ojos de Rubí se clavaron en él como un ardiente sello y ahora era a él, le costaba resistir. Fue el primero en desviar los ojos. Esa mezcla de fuego e inocencia era abrumadora y no osó continuar con su juego.  Las semanas siguieron transcurriendo con una normalidad aparente. Cada uno hacía su vida diaria como acostumbraba, pero la verdad era que las circunstancias estrechaban cada vez más sus caminos y estaban a punto de hacer colisión. Ya no habría marcha atrás para ninguno de ellos. Fue así como un día Daryl, ansioso por encontrar a Nyo y proponerle un excelente negocio sobre automóviles que no iba a poder rechazar, lo buscó en varios lugares sin tener éxito. Nyo estaba inubicable y para colmo, su teléfono se encontraba apagado. Daryl pensó que tal vez su amigo se encontraba grabando su música, y como conocía el estudio de grabación donde Nyo trabajaba, no dudó en acudir en su búsqueda. Necesitaba una respuesta cuanto antes o sería otro quien aprovecharía la oportunidad para negociar. Llegando al lugar, Daryl preguntó por su bro. Varios de los que allí estaban presentes ya lo conocían y le indicaron que se encontraba en el camerino preparándose para grabar. Llamó a la puerta con entusiamo, pero cuando intentó abrir esta se resistió. Estaba con llave. —¡Estoy ocupado! —respondió la voz molesta de Nyo. —Bro, abre. Necesito hablar urgente contigo... Silencio. —Nyo... —insistió. —¿Daryl? —¿Acaso tienes otro bro? —bromeó Daryl y meneó la cabeza con diversión. —Espera un momento. Enseguida te abro. Los minutos comenzaron a correr y Nyo parecía estar en su sesión de depilación. Tardaba en abrir. Luego de algunos minutos se escuchó el cerrojo y la puerta comenzó a abrirse. —¡Al fin! —exclamó Daryl ansioso—. ¿Estás en tu sesión de... Daryl enmudeció, quien apareció frente a él no fue Nyo. Era Genie. La miró perplejo. La mujer venía en un evidente estado de agitación, con la ropa desacomodada y arreglándose el cabello. La mulata no dijo ni media palabra y pasó delante de él con una sonrisa desvergonzada. "¿Qué carajos?", pensó Daryl con sospecha, y entró en el camerino con cautela. Nyo estaba de espalda, abotonándose la camisa. —Ey, bro —saludó el puertorriqueño. —Ey... —respondió Nyo visiblemente incómodo. Daryl avanzó hacia él en silencio y se detuvo a su lado. Sus ojos avellanados escanearon el perfil del moreno. Nyo ni siquiera era capaz de enfrentarlo, todo era tan evidente hasta para el más idiota. —¿Engañas a tu chica? —lo interpeló molesto y sin más preámbulos. —¡Vamos, bro! —El moreno se dió la vuelta y miró a Daryl con una sonrisa burlona—. ¿Te atreves a recriminarme? —Soy el menos indicado, pero creí que Rubí era importante para ti. —¡Por supuesto que lo es! Daryl lo analizó escéptico: tal parecía que Rubí no era tan importante como para ser la única que Nyo metía en su cama. —Ya veo... —soltó con ironía. Nyo no dijo nada y cruzó los brazos sobre su pecho con indiferencia—. Mira, bro, no tengo intenciones de juzgarte. Me sorprende que mantengas una relación paralela con ellas con lo mal que se llevan. Las mujeres podrán ser dóciles y manipulables, pero cuando se enojan... es mejor que corras, ¡y bien lejos! —manifestó Daryl recordando la siniestra escena de la piscina. —¡Tonterías sin importancia!—objetó Nyo con arrogante superioridad—. No hago caso a niñerías de mujeres celosas. Además, Rubí no conoce este lugar. —¿Cómo puedes decir eso después de lo que sucedió entre ellas? —Daryl lo miró incrédulo, ¿es qué no sabía lo que había ocurrido en su mansión? —¡Ey, bro! No seas alarmista —contradijo perdiendo un poco la paciencia—. Nada grave ha ocurrido. Estás igual que ellas exagerando todo. Daryl frunció el ceño. Era evidente que Nyo no estaba enterado de nada. De otra manera, no hubiera hablado con tanta frialdad. ¡Rubí estuvo a punto de morir! Se negaba a pensar que Nyo estuviera tan ciego. —No tienes idea de lo que sucedió ese día en la mansión, ¿verdad? Nyo cambió de expresión. Algo había sucedido y él no estaba enterado. Ocultó la sorpresa que le causaba las palabras de Daryl, odiaba hacer el papel de imbécil. —¿Qué sucedió? —preguntó de mala gana. —¿De verad tu chica no te dijo nada? Los ojos del mulato quedaron suspendidos en la mirada incrédula de Daryl. Repasó las palabras de su chica ese día, no recordó nada de importancia. —Rubí dijo que la habías llevado hasta su departamento, nada más. Daryl desconocía los motivos de Rubí en ocultar la verdad. Pero acababa de descubrir un motivo más para admirar a esa bella mujer. —¡Daryl, cuéntame lo que está pasando! —exigió malhumorado. Daryl lo miraba como si fuera el imbécil mas grande del planeta y Nyo odiaba que lo llamaran imbécil, directa o indirectamente. —¡No, hermano! —respondió Daryl utilizando la palabra en español. Sólo lo hacía cuando estaba molesto con Nyo—. Yo no me voy a involucrar en tus asuntos de falda. ¿Por qué no le preguntas a Genie? ella fue la principal involucrada. —Daryl... ¡Daryl! El puertorriqueño salió hecho una furia sin hacer caso de los insistentes llamados de su amigo. Negaba con la cabeza indignado. ¿Cómo podía hacerle una cosa así a Rubí después que la protegía tanto? Al parecer los papeles estaban invertidos, y en realidad la víctima de toda esta historia no era Nyo, sino Rubí. Algo curioso estaba ocurriendo, por alguna razón que Daryl desconocía, sentía que le debía lealtad a Rubí más que a Nyo. ¿Cómo era eso posible, si Nyo siempre había sido su amigo y lo apoyaba incondicionalmente? Pero esta vez fue diferente. Daryl no podía callar y convertirse en cómplice de lo que estaba sucediendo. Nyo había llegado demasiado lejos, y lo que estaba haciendo con Rubí era retorcido y despreciable. Llegó a pensar que la única motivación de Nyo con Rubí era sacarle el mayor provecho económico posible. Tenía que decírselo a Rubí, pero cómo hacerlo de una manera indirecta para no quedar como un soplón. Ni siquiera tenía su número. Algo se le ocurriría, eso era seguro. Nyo no esperó ni un minuto y llamó a Genie para preguntarle que había sucedido ese día en la mansión de Daryl. Luego de hablar con ella llamó a Rubí. Su chica no respondía la llamada, nunca lo hacía a esa hora. Nyo porfió e insistió tantas veces hasta que Rubí respondió. —Necesito hablar contigo —dijo Nyo sin esperar a que ella hablara primero. —... estoy en el trabajo —mitigó el tono procurando no ser escuchada por uno de sus superiores. —Dime a que hora sales, iré por ti. —Espera un poco... ¿Vanessa me puedes cubrir un minuto...? Gracias —pidió Rubí a su compañera y luego de unos breves minutos volvió a hablar—. Nyo, ¿por qué me llamas al trabajo? Sabes que no puedo hablar aquí. —Ya te dije que necesito hablar contigo, ¿a qué hora sales? —Pero que insistencia la tuya.¿No puedes esperar hasta el fin de semana? Salgo tan agotada del trabajo que no deseo hablar con nadie. —¡No, Rubí! No puedo esperar hasta el fin de semana. La mujer resopló exasperada. Podía negarse sencillamente y cortar la llamada. Pero eso sólo haría que Nyo cometiera una tontería y ella no estaba dispuesta que en su trabajo se enteraran con quien ella estaba saliendo. Les había dicho a todos que estaba soltera. —¡Dios! A veces eres exasperante. Salgo a las ocho. No vengas por mí al trabajo, espérame afuera de mi departamento. Nyo cortó la llamada sin despedirse. Rubí suspiró con resignación. Tenía una paciencia infinita con ese moreno mal educado, no podía ser de otra forma. Rubí necesitaba de él. Por la tarde, cuando salió de su trabajo y llegó a su departamento, divisó el Cadillac estacionado en la calle. Rubí se acercó al vehículo y tocó la ventanilla para anunciar su llegada. La puerta trasera se abrió automáticamente. Se subió y apenas cerró la puerta, Nyo la interrogó: —Quiero que me cuentes inmediatamente que fue lo que sucedió en la mansión de Daryl. Rubí lo miró sorprendida. "Así que ya lo sabe...", sospechó. —Hola, estoy bien. Gracias por preguntar —respondió en tono irónico sin hacer caso a su requerimiento. —Rubí... —La mirada oscurecida del moreno le hizo notar que no estaba de humor para sus ironías. —¿Y para qué quieres que te cuente si tu amigo ya te contó todo? —Daryl no me ha dicho nada. —Ah... ¿no? —Rubí estaba sorprendida, y sintió cierta satisfacción al saber que Daryl se había guardado aquel momento para él. Nyo negó con la cabeza—. ¿Como supiste, entonces? —lanzó una acertada pregunta. —Eso no importa... quiero que me cuentes que fue lo que pasó ese día. —Genie me empujó a la piscina y Daryl me rescató —respondió brevemente, sin la mínima intención de ahondar en detalles. —¿Estás segura? La acusación que acabas de hacer es bastante grave. Rubí dejó escapar un sonido de sorpresa y giró la cabeza para mirar por la ventanilla. ¡La desconfianza de Nyo era insólita! —Genie dijo que había sido un accidente y que ella sólo había intentado ayudarte, pero que te resbalaste de sus manos. —¿¡Un accidente!? ¿Y tú de verdad le creíste? —Genie no es capaz de hacer una cosa así. —¿Entonces para que me preguntas si ya decidiste creerle a ella? —¡Porque quedé como un imbécil gracias a que la señorita aquí presente decidió no contarme nada! —¿Cómo imbécil delante de quién...? ¿Delante de ella? —Rubí redirigió la pregunta, aun así no obtuvo respuesta. Se sintió decepcionada al comprender que Nyo no se fiaba de ella. El resultado era siempre el mismo cuando Genie estaba involucrada en la fracción. Más Nyo callaba porque no quería nombrar a Daryl. Su situación era comprometedora y su amigo ya estaba lo suficientemente molesto. Un Daryl enfurecido era impredecible y corría el riesgo de que le contara todo a Rubí. —No quedar como un imbécil es lo único que te importa —le reprochó decepcionada. Ella casi había muerto, pero a él le preocupaba más lo que pudiera pensar Genie. —No, Rubí, pero tampoco pretendas que crea que fue Genie quien te empujó. —¿Y a eso has venido con tanta urgencia? ¿A recriminarme por las mentiras que te dijo esa loca? Te recuerdo que no fui yo quien inició esta conversación. Mi intención era no decirte absolutamente nada porque sabía que no me ibas a creer. Rubí hablaba con tanta certeza, que el moreno comenzó a dudar. Las palabras de Daryl parecían apoyar la versión de su chica. —No vine a recriminarte, linda. Quiero escuchar tu versión de los hechos —Nyo intentó componer lo que ya estaba descompuesto. —¿Quieres saber que pasó en la mansión de Daryl? Pues bien, te lo diré. Yo iba pasando por la piscina en busca de mis cosas y Genie me interceptó con la única intención de arrojarme a la piscina, y si no hubiera sido por Daryl que se lanzó a mi rescate, no estaría aquí en este momento. Esa es mi versión. Ahora tú decidirás cual vas a creer. Rubí salió del auto sin esperar respuesta alguna. Estaba exhausta, y la discusión con Nyo le estaba robando las pocas energías que le quedaban. Subió a su departamento y se refugió en su pequeño espacio. Allá Nyo si quería creer una mentira, ella no daría su brazo a torcer. Desde ese día Nyo y Rubí perdieron comunicación. Ella se rehusaba volver al bar hasta que Nyo reconociera su error. Tenía pocas esperanzas al respecto, y tal parecía que el problema no tendría solución: ninguno quería ceder. Por su parte, Daryl intentaba hallar un modo de hablar a solas con Rubí. Fueron varias las veces que acudió al bar y buscar la oportunidad, pero en ninguna de esas veces Rubí estuvo presente. Algo extraño estaba sucediendo, "¿Estaba enterada ya?", pensó Daryl bebiendo un trago con la mirada fija sobre Nyo y encontrar cualquier gesto delator en él. —¿Y tu chica, Nyo? —se atrevió a preguntar. Estaba seguro que su bro no sospecharía de su repentino interés dadas las circunstancias comprometedoras en que lo encontró la última vez. —Está bien... —respondió con aire desenfadado—. Ha tenido cosas que hacer y no ha podido venir al bar. Nos vemos en mi departamento para poder estar a solas —mintió, y esbozó una sonrisa cínica. La situación era frustrante para Daryl, no tenía información alguna de Rubí. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Raptarla? No le parecía una idea tan descabellada, sin embargo, estaba convencido que ella no estaría de acuerdo.
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