HARPER
La mañana siguiente, la fortaleza de los Caballeros Templarios estaba sumida en un silencio sepulcral. Desperté con el cuerpo rígido, después de haber pasado la noche hecha un ovillo en una cama que no era la mía, escuchando cada crujido del ático y temiendo que la puerta se abriera, pero Liam no había vuelto.
Salí de la habitación como una ladrona, mis tacones en la mano para no hacer ruido sobre el suelo de mármol, necesitaba café, necesitaba aspirinas y sobre todo, necesitaba un plan de escape que no implicara saltar desde el piso cincuenta.
La cocina estaba vacía, excepto por una cafetera industrial que parecía requerir un doctorado en ingeniería para operar, mientras luchaba con los botones, la pantalla de mi teléfono se iluminó sobre la encimera.
Dr. Evans.
El nombre del oncólogo de Arthur parpadeó en la pantalla como una señal de advertencia nuclear, sentí que el estómago se me iba a los pies, miré a mi alrededor, no había nadie, Jax y Mason debían estar durmiendo o fuera y Liam... prefería no pensar dónde estaba Liam.
Contesté con manos temblorosas.
- ¿Dr. Evans?
- Harper —la voz del médico era grave, cansada—. Lamento llamarte tan temprano, pero necesito informarte sobre los últimos resultados de Arthur.
- ¿Está bien? —susurré, saliendo a la inmensa terraza del ático para asegurarme de que nadie me escuchara, el viento de la mañana en Nueva York era frío y cortante.
- No, Harper. El tratamiento experimental... ha fallado, el tumor no se ha reducido, de hecho, se ha expandido.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un sollozo, me apoyé en la barandilla de cristal, mirando la ciudad a mis pies, sintiéndome mareada, Arthur Vance no era solo mi jefe, había sido la figura paterna que nunca tuve, el hombre que me sacó de la nada y me dio un propósito.
- ¿Cuánto tiempo? —pregunté, mi voz rompiéndose.
- Semanas, quizás un par de meses si tenemos suerte. Harper... él necesita hablar con Liam, sé que la situación entre ellos es complicada, pero si Liam quiere despedirse, tiene que ser pronto, Arthur no quiere que se lo digas, pero tú y yo sabemos que es lo correcto.
- Lo haré —prometí, las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas ahora—. Encontraré la manera, gracias, doctor.
Colgué el teléfono y me dejé caer en uno de los sillones de exterior, enterrando la cara en mis manos, el peso del secreto era aplastante, estaba casada con un hombre que odiaba a su padre, protegiendo a ese mismo padre de la soledad, y atrapada en medio de una guerra que iba a terminar en funeral. Lloré, lloré por Arthur, lloré por la niña asustada que vivía dentro de mi traje de ejecutiva y estúpidamente, lloré por la forma en que Liam me había mirado anoche antes de que esa rubia apareciera.
- ¿Te duele tanto?
La voz de Liam fue como un latigazo.
Me levanté de un salto, secándome las lágrimas frenéticamente, él estaba parado en la puerta corrediza de cristal que separaba la terraza del salón, llevaba la misma ropa de anoche, arrugada, y su cabello estaba desordenado, tenía ojeras profundas bajo esos ojos grises que me miraban con una mezcla indescifrable de ira y agotamiento.
- No te oí llegar —dije, mi voz ronca.
Liam ignoró mi comentario y caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal como siempre hacía, olía a tabaco y a noche en vela.
- Te hice una pregunta —dijo, deteniéndose a un metro de distancia—. ¿Te duele tanto estar casada conmigo que tienes que salir a llorar a la terraza para que mis amigos no te vean?
Me quedé helada, él pensaba que lloraba por él.
- No todo gira a tu alrededor, Liam —dije, desviando la mirada. No podía decirle la verdad, no podía decirle: "Tu padre se muere y tú estás aquí jugando a ser el villano".
- ¿Ah, no? —Liam soltó una risa amarga—. Porque desde donde yo estoy parado, parece que sí, te ofrecí el mundo anoche, Harper, te ofrecí mi nombre, mi casa... te ofrecí mi cuerpo y me miraste como si fuera un monstruo contagioso y ahora te encuentro aquí, llorando como si estuvieras en un funeral.
La ironía de sus palabras me golpeó el pecho. Es un funeral, idiota, es el funeral de tu padre.
- Estoy cansada, Liam —dije, intentando rodearlo para volver adentro—. Ha sido una semana larga, solo déjame pasar.
Pero él me bloqueó el paso, su mano se cerró alrededor de mi brazo, deteniéndome.
- No me des la espalda cuando te hablo.
- ¡Suéltame! —grité, mi paciencia rompiéndose por el estrés—. ¡No soy una de tus empleadas a la que puedes intimidar! ¡Y no soy una de tus modelos a la que puedes comprar con joyas! ¡Estoy harta de tu actitud, de tu posesividad y de tu maldito ego!
Liam me atrajo hacia él con un tirón brusco, pegando mi cuerpo al suyo, podía sentir el calor que irradiaba, la tensión en sus músculos.
- ¿Mi ego? —gruñó, bajando la cara hasta que nuestras frentes casi se tocaron—. Tú eres la que se pasea por mi casa como una mártir. ¿Crees que no lo veo? Me miras con esos ojos grandes y juzgones, pensando que eres mejor que yo, mejor que todo esto.
- ¡Porque lo soy! —le mentí a la cara, queriendo herirlo tanto como me dolía a mí la situación—. ¡Cualquier cosa es mejor que esto! ¡Cualquier lugar es mejor que estar encerrada contigo!
Fue la cosa incorrecta para decir, los ojos de Liam se oscurecieron, pasando de gris tormenta a n***o absoluto.
- ¿Eso crees? —susurró, y su voz fue aterradoramente suave—. ¿Crees que estarías mejor en tu oficina de cristal, sola? ¿O tal vez con algún otro hombre que no sea tan "complicado" como yo?
- Sí —dije, desafiante, aunque mi corazón latía desbocado por su cercanía.
Liam me soltó como si le quemara, se dio la vuelta y, con un movimiento fluido y violento, agarró una silla de metal de la terraza y la lanzó contra la pared opuesta. El estruendo del metal golpeando el ladrillo resonó en el aire matutino, grité, cubriéndome la cabeza por instinto. Liam se quedó allí, respirando con dificultad, dándome la espalda, sus puños estaban cerrados a los costados.
- Llora todo lo que quieras, Harper —dijo, sin mirarme. Su voz temblaba de furia contenida—. Grita. Rompe cosas, ódiame, pero métete esto en esa cabeza obstinada que tienes: No te vas a ir.
Se giró lentamente para mirarme. No había calidez en su rostro, solo una determinación fría y brutal.
- Firmaste un contrato y yo cumplo mis contratos, eres mi esposa hasta que yo decida que ya no me sirves y viendo lo mucho que te afecta estar cerca de mí... creo que me vas a servir por mucho tiempo.
- ¿Por qué me haces esto? —susurré, las lágrimas volviendo a mis ojos. No entendía su necesidad de hacerme daño.
Liam se acercó de nuevo, pero esta vez no me tocó, se detuvo a centímetros, mirándome como si quisiera descifrar un enigma en mi rostro, levantó una mano, dudando por un segundo, como si quisiera secar la lágrima que corría por mi mejilla.
Mi corazón se detuvo, por un segundo, vi al niño herido detrás de la máscara del Diablo, vi al hijo que había perdido a su madre y que se sentía abandonado por su padre, pero la máscara volvió a caer, bajó la mano sin tocarme y endureció la mandíbula.
- Porque eres lo único que le importa a mi padre —dijo con crueldad—. Y tenerte a ti... infeliz, atrapada y mía... es la única forma que tengo de hacerle sentir lo que yo sentí cuando él me olvidó.
Me quedé sin aire, me estaba usando como un arma, solo era eso para él, un instrumento de tortura para Arthur.
- Eres despreciable —dije con voz temblorosa.
- Soy lo que él creó —replicó Liam.
Se dio la vuelta y entró al ático, dejándome sola en la terraza con el teléfono en la mano y el corazón hecho pedazos, miré la pantalla negra del teléfono, podía llamar a Arthur ahora mismo, podía decirle la verdad y podía pedir ayuda, pero no lo hice.
Apreté el teléfono contra mi pecho y miré la silla volcada en el suelo, Liam estaba herido, estaba roto y su dolor era tan grande que necesitaba romper a todos a su alrededor para no sentirse solo y lo peor de todo... lo peor era que, a pesar de su crueldad, a pesar de sus gritos y su violencia, cuando levantó la mano para tocar mi cara... yo había querido que lo hiciera, había querido que me consolara.
Estaba cayendo por el villano de mi propia historia y si no tenía cuidado, el impacto iba a matarme mucho antes de que el secreto saliera a la luz.