HARPER
El lugar donde vivían los Caballeros Templarios no era una casa; era una fortaleza de hormigón y cristal suspendida sobre la ciudad, diseñada para intimidar a cualquiera que tuviera la osadía de acercarse.
Liam estacionó el auto con un frenazo brusco, no dijo una palabra, bajó, rodeó el vehículo y abrió mi puerta antes de que pudiera siquiera desabrocharme el cinturón, él ya lo estaba haciendo por mí, sus nudillos rozando "accidentalmente" mi pecho, enviando descargas eléctricas a través de mi piel sensible.
- Puedo caminar sola —dije, apartando sus manos.
- No en mi casa —gruñó él, tomándome de la mano con esa fuerza posesiva que empezaba a ser su marca registrada.
Me arrastró hacia el ascensor privado, cuando las puertas se abrieron en el ático, me quedé sin aliento. Había una moto Ducati negra estacionada en medio de la sala de estar, pantallas gigantes cubrían una pared entera, mostrando gráficos bursátiles y carreras simultáneamente, había botellas de licor vacías sobre una mesa de billar y música rock sonando a un volumen bajo pero constante.
Y allí estaban ellos.
Mason "La Bestia” estaba en el sofá, sin camisa, limpiando un arma, Jax Miller estaba sentado en la barra de la cocina, comiendo cereales directamente de la caja mientras tecleaba en una laptop con una mano.
Al vernos entrar, Mason levantó la vista y sonrió, dejando el arma sobre la mesa.
Liam soltó mi mano y caminó hacia la barra, sirviéndose un vaso de whisky sin ofrecerle a nadie más, yo me quedé parada en la entrada, sintiéndome como una intrusa, Mason notando mi incomodidad, se acercó.
- Relájate, Jefa —dijo Mason, guiñándome un ojo—. Aquí no mordemos, bueno, Liam sí, pero solo si se lo pides amablemente.
Solté una pequeña risa nerviosa, Mason tenía ese encanto de perro grande y tonto que era difícil de odiar.
- Gracias, Mason, pero creo que prefiero mantener mis distancias de los mordiscos.
- Eso dices ahora —Mason se rió y me pasó un brazo por los hombros, un gesto amistoso y pesado—. Ven, te enseñaré dónde guardamos el alcohol bueno, vas a necesitarlo si vas a vivir con este gruñón.
El sonido de un vaso rompiéndose contra la pared nos hizo saltar a ambos, me giré de golpe, Liam había estrellado su vaso de whisky contra el salpicadero de la cocina, su pecho subía y bajaba con respiraciones pesadas, y sus ojos grises estaban fijos en el brazo de Mason alrededor de mis hombros.
- Quita tus manos de ella —dijo Liam. Su voz no fue un grito, fue un susurro letal, mucho más aterrador.
Mason levantó las manos en señal de paz, retrocediendo lentamente.
- Tranquilo, hermano, solo le estaba dando la bienvenida a la familia.
- Ella no es tu familia —Liam rodeó la barra, caminando hacia nosotros con pasos lentos y depredadores—. Ella es mi esposa y lo que es mío, no se toca.
Jax dejó de teclear, el silencio en la sala era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
- Liam, estás paranoico —dijo Jax, cerrando su laptop—. Mason solo estaba siendo amable.
- ¡Lárguense! —rugió Liam, señalando la puerta—. ¡Los dos! ¡Fuera de aquí!
- Vives con nosotros, genio —recordó Mason.
- ¡Dije que se larguen! —Liam golpeó una mesa, haciendo vibrar todo el mobiliario.
Mason y Jax intercambiaron una mirada, Mason negó con la cabeza, tomó su arma y su camiseta.
- Vámonos, Jax, creo que los "recién casados" necesitan privacidad para... resolver sus problemas, suerte, jefa y grita si necesitas refuerzos.
Salieron, dejándonos solos en el inmenso ático, el sonido de la puerta cerrándose fue como el disparo de salida.
Liam se giró hacia mí, la furia en sus ojos se había transformado en algo más oscuro, más caliente, lujuria, posesión, celos puros y tóxicos.
- ¿Te parece gracioso? —preguntó, acortando la distancia entre nosotros—. ¿Te gusta coquetear con mis amigos, Harper? ¿Es esa tu estrategia?
- No estaba coqueteando —repliqué, retrocediendo hasta que mi espalda chocó con la encimera de mármol de la cocina—. Mason estaba siendo amable, algo que tú claramente no conoces.
- No quiero que sean amables contigo —Liam llegó hasta mí, plantando sus manos a cada lado de mi cuerpo, atrapándome contra el mármol frío—. No quiero que te miren, no quiero que te toquen, no quiero que respiren el mismo aire que tú.
- Estás loco —susurré, mi corazón latiendo tan fuerte que dolía.
- Estoy obsesionado —corrigió él, inclinándose hasta que su nariz rozó la mía—. Hay una diferencia.
Me agarró de la cintura con una mano y, con una facilidad insultante, me levantó y me sentó sobre la encimera, quedé a su altura, mis piernas quedaron abiertas instintivamente, y él se metió en el espacio entre ellas, presionando su pelvis contra la mía.
Jadeé, el contacto fue eléctrico a través de la tela de su pantalón y mi vestido, podía sentir lo duro que estaba, lo mucho que me deseaba.
- Liam... —mi voz tembló. Debía empujarlo, debía abofetearlo, pero mis manos, traicioneras, subieron a sus hombros, aferrándose a su camiseta.
- Dilo —ordenó él, enterrando su rostro en mi cuello, aspirando mi perfume como si fuera oxígeno—. Dime que lo sientes, dime que no soy el único que se está quemando vivo.
Sus labios encontraron el punto sensible bajo mi oreja y succionaron, gemí, echando la cabeza hacia atrás.
- Te odio —susurré, sin convicción.
- Bien —Liam mordió suavemente mi piel—. Ódiame, pero eres mía, mi padre cree que tiene tu lealtad, pero yo voy a tomar todo lo demás, voy a borrar cada rastro de él en ti hasta que lo único que recuerdes sea mi nombre, mis manos y mi boca.
Su mano subió por mi muslo, apartando la seda del vestido, sus dedos eran ásperos, calientes, expertos, rozaron mi piel desnuda y mi cuerpo se arqueó hacia él, buscando más.
- Liam... —suplicó mi cuerpo.
Él me besó, no fue un beso suave, fue un asalto, su lengua invadió mi boca, reclamando, dominando, saboreando. Me besó con hambre, con desesperación, como si quisiera devorarme entera, me perdí en él por un momento, olvidé el contrato, olvidé a su padre muriendo, olvidé quién era yo, solo éramos fuego.
Liam bajó la mano hacia el borde de mi ropa interior y entonces, sucedió.
Ding.
El sonido agudo y alegre de las puertas del ascensor abriéndose resonó en el ático, cortando el aire como una guillotina, Liam se tensó, pero no se apartó de inmediato, yo, sin embargo, abrí los ojos de golpe, la niebla de la lujuria disipándose instantáneamente.
- ¡Liam! —gritó una voz femenina, chillona y empalagosa desde la entrada—. ¡Jax me dijo que ya habías vuelto! ¡Traje tus... oh!
Liam soltó un gruñido gutural, apoyando la frente contra mi hombro por un segundo, frustrado, antes de separarse de mí. Miré hacia el ascensor, una mujer despampanante estaba parada allí, era Ivana, una modelo de lencería con la que Liam había sido fotografiado hace un mes.
- ¿Interrumpo? —preguntó Ivana, mirándome con desdén, luego mirando a Liam con una sonrisa coqueta—. Pensé que querías celebrar tu victoria como en los viejos tiempos, bebé.
El apodo me golpeó en el estómago y la realidad me cayó encima como un balde de agua helada. ¿Qué estaba haciendo?
Estaba a punto de acostarme con él en la cocina, como una cualquiera, para él, yo no era su esposa, era un desafío, un juego y esa mujer en la puerta era la prueba viviente de lo poco que yo significaba.
- Suéltame —dije, mi voz temblando, pero no de deseo, sino de vergüenza y rabia.
Empujé a Liam por el pecho, él, distraído por la intrusa, dio un paso atrás.
- Harper, espera... —empezó él, mirando mi rostro pálido.
- Dije que me sueltes —salté de la encimera, bajándome el vestido con manos torpes—. Casi cometo una estupidez, casi dejo que me uses para rascar tu ego.
- No es lo que piensas —Liam intentó agarrarme el brazo, pero me aparté como si quemara.
- Es exactamente lo que pienso —le escupí, señalando a la rubia que nos miraba divertida—. Ahí tienes a tu celebración, diviértete.
Salí corriendo hacia el pasillo, mis tacones resonando sobre el mármol.
- ¡Harper! —rugió Liam a mi espalda.
Escuché sus pasos intentar seguirme, pero la voz de Ivana lo detuvo.
- Ay, déjala ir, gruñón, yo puedo hacerte olvidar el mal rato...
- ¡Largo! —El grito de Liam fue tan fuerte que las paredes vibraron—. ¡Fuera de mi casa! ¡AHORA!
Llegué a la primera habitación que encontré, entré y cerré la puerta de un portazo, giré el pestillo con manos temblorosas.
Al otro lado del pasillo, escuché la puerta del ascensor cerrarse y luego un golpe seco contra mi puerta.
- ¡Abre, Harper! —gritó Liam. Estaba furioso, podía sentir la violencia contenida en su voz—. ¡No puedes dejarme así! ¡No puedes encenderme y luego correr!
- ¡Vete al infierno, Liam! —le grité de vuelta, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Ve con tus modelos! ¡A mí no me tocas nunca más!
- Te toco cuando yo quiera —gruñó, su voz bajando a ese tono peligroso y oscuro—. Eres mía y tarde o temprano, esa puerta se va a abrir.
Escuché sus pasos alejarse, pesados y furiosos.
Me abracé las rodillas, sola en la oscuridad de una habitación extraña, había ganado la batalla, había conservado mi dignidad... pero la guerra con mi propio deseo acababa de empezar y tenía miedo de perderla.