2 EL TRAGO DE LA PERDISION

1199 Palabras
Si el circuito de carreras era el reino diurno de Liam, The Temple era su inframundo nocturno. El club era una fortaleza de concreto n***o y vidrio ahumado en una calle privada, donde solo entrabas si tu apellido aparecía en Forbes o en una orden de busca y captura del FBI o si eras amigo de los dueños. Chloe bajó del taxi como si estuviera pisando una alfombra roja, alisándose su vestido rojo sangre, era un trozo de tela escandaloso que desafiaba las leyes de la física y la decencia, y ella lo llevaba con la confianza de una reina. - Dime otra vez por qué estoy haciendo esto —murmuré, ajustando mi propio vestido. Había cambiado el traje blanco manchado de grasa por lo único "de fiesta" que tenía en mi maleta: un vestido n***o de seda, corte midi, con un escote en la espalda que bajaba peligrosamente hasta la base de mi columna, era elegante, sí, pero al lado de Chloe, parecía que iba a un funeral de alta costura. - Porque eres Harper Blake —dijo Chloe, entrelazando su brazo con el mío—. Y porque ese idiota te retó y nadie reta a mi mejor amiga sin esperar consecuencias, además, necesito ver si el abogado estirado está aquí, tengo unas cuantas cosas que decirle. El guardia de la entrada, un tipo que parecía haber desayunado esteroides, ni siquiera nos pidió identificación, simplemente asintió hacia mí. - El Sr. Vance la espera, señorita Blake. Sentí un escalofrío. Me espera. Sabía que vendría ¿Era parte de su juego? Entramos. El interior la música no se oía, se sentía vibrar en el esternón, las luces eran bajas, bañando todo en tonos ámbar y carmesí, no había pista de baile convencional; era un laberinto de reservados de terciopelo y mesas de cristal donde se cerraban tratos ilegales y se cometían pecados caros. - VIP —dijo Chloe, señalando hacia arriba. El área VIP no estaba separada por cuerdas, sino que era un balcón de cristal que flotaba sobre el resto del club, permitiendo a sus ocupantes observar a la plebe como dioses en el Olimpo y allí estaban ellos, los Caballeros Templarios. Ocupaban el centro del balcón, Jax estaba en una esquina con su tablet, ignorando a una rubia despampanante que intentaba hablarle, Mason reía a carcajadas, sosteniendo una botella de champán como si fuera una cerveza barata, Cole estaba sentado con una postura rígida, mirando su reloj con impaciencia. Y Liam... Liam estaba recostado en un sofá de cuero n***o, con las piernas abiertas en esa postura de arrogancia masculina que debería ser ilegal. Ya no llevaba el traje de carreras, llevaba una camisa negra desabrochada hasta la mitad del pecho y pantalones de vestir oscuros, tenía un vaso de whisky en una mano y la atención de media docena de mujeres en la otra. Alcé la vista y nuestros ojos se encontraron a través del cristal. Él sonrió, no fue una sonrisa amable, fue la sonrisa del lobo que ve a Caperucita entrar al bosque por voluntad propia, alzó su vaso en un brindis burlón y luego hizo un gesto con dos dedos. Sube. - Que empiece el espectáculo —murmuré, caminando hacia la escalera privada. Un guardia intentó detenernos al pie de la escalera, pero la voz de Mason retumbó desde arriba. - Déjalas pasar, Tiny, la jefa viene a regañarnos. Subimos y cuando llegué a su mesa, la música parecía un murmullo lejano, Liam no se levantó, se quedó allí, observándome con esos ojos grises que desnudaban el alma. - Te cambiaste —dijo, su mirada recorriendo la seda negra de mi vestido con una lentitud insultante—. Me gustaba más el blanco, se veía más... inocente cuando lo manché. - Y tú te bañaste —repliqué, cruzándome de brazos—. Una mejora considerable, hueles menos a ego y gasolina. Mason soltó una carcajada y Cole ocultó una sonrisa detrás de su copa. - Agresiva —ronroneó Liam, inclinándose hacia adelante—. Me gusta. Siéntate, Harper. Hizo un gesto y una de las modelos a su lado se levantó obedientemente, dejándome el sitio libre, no me senté, me quedé de pie, imponiendo mi presencia. - No vine a sentarme, Liam, vine a hablar de tu padre... - Ah, sí, el negocio —me interrumpió, girando el hielo en su vaso—. Siempre al grano, ¿verdad, cachorra? Sin juegos previos, sin diversión. Se puso de pie de repente, el espacio se sintió minúsculo, se acercó a mí hasta que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. - Quieres hablar —dijo en voz baja, solo para mí—. Bien. Hablaremos, pero estas son mis reglas, en mi club, en mi ciudad. Se giró hacia la mesa y tomó una botella de tequila Clase Azul, llenó dos vasos de chupito hasta el borde. - Una ronda —dijo, ofreciéndome uno—. Bebes conmigo, si me sigues el ritmo, te daré cinco minutos de mi tiempo para escuchar tus súplicas sobre papá, si no... te das media vuelta, tomas a tu amiga ruidosa y te largas a Nueva York. Miré el tequila y miré a Chloe, que estaba ocupada discutiendo con Cole en la otra punta del reservado—. Y luego miré a Liam. Estaba apostando a que la "ejecutiva aburrida" no se atrevería, pensaba que yo era una puritana que solo bebía agua mineral y obedecía órdenes y no tenía ni idea. Tomé el vaso. - No soy tu mascota, Vance —dije con voz firme—. Y no necesito que me des permiso para hablar, pero si eso es lo que hace falta para que cierres la boca y escuches... Alcé el vaso. —Salud. Liam enarcó una ceja, sorprendido por un microsegundo, antes de que el brillo de depredador volviera a sus ojos; chocó su vaso con el mío. - Por las malas decisiones —brindó él. Bebí el tequila de un solo trago. El líquido quemó mi garganta de una manera deliciosa, un fuego líquido que se asentó en mi estómago y me dio un golpe de calor instantáneo, no tosí, no hice ninguna mueca y golpeé el vaso vacío contra la mesa con fuerza. - Tu turno, niño bonito —desafié. Liam sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos, bebió su trago sin apartar la mirada de la mía. - Bien —dijo, dejando el vaso—. Tienes mis cinco minutos, Harper, pero te advierto... la noche es larga y el tequila es traicionero. - Yo también lo soy —mentí, sintiendo que el alcohol ya empezaba a zumbar en mi cabeza, mezclándose con la adrenalina de tenerlo tan cerca. - Ya veremos —susurró él, acercándose tanto que pude oler la menta y el alcohol en su aliento—. Ya veremos qué tan "traicionera" eres cuando te quite esa máscara de ejecutiva perfecta. Al fondo, Mason gritó algo sobre otra ronda, Chloe se estaba riendo escandalosamente mientras le quitaba el saco a un Cole indignado. El caos acababa de empezar y yo, estúpidamente, acababa de aceptar bailar con el diablo.
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