3 LA APUESTA DEL MILLON

1320 Palabras
HARPER Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas y es la mentira más grande del mundo, lo que pasa en Las Vegas te persigue, te encuentra y, si tienes mi suerte, te pone un anillo en el dedo y te arruina la vida. Pero en ese momento, con el quinto tequila quemándome la garganta y la música de The Temple golpeándome el pecho, no pensaba en las consecuencias, solo pensaba en ganarle. - Cinco minutos —balbuceé, señalando con un dedo acusador al pecho firme de Liam—. Dijiste cinco minutos, niño bonito, han pasado tres horas. Liam soltó una carcajada ronca, recostándose en su silla, su camisa estaba completamente desabrochada ahora, y el sudor hacía brillar la tinta de los tatuajes en su torso, se veía devastadoramente guapo, de esa manera que te hace querer cometer pecados mortales. - El tiempo vuela cuando te diviertes, cachorra —dijo, arrastrando las palabras con una elegancia perezosa—. Y admite que te estás divirtiendo, es la primera vez que veo color en tus mejillas pálidas. - Es la ira —mentí, aunque sabía que era el alcohol y la cercanía de su cuerpo—. Y no me llames cachorra, tengo nombre. - Sí, pero "Cachorra" te queda mejor cuando intentas morder —se inclinó hacia mí, sus ojos grises brillando con malicia—. Además, perdiste la última ronda, te toca responder. ¿Verdad o Reto? Estábamos jugando a un juego estúpido que Mason había inventado, una mezcla de póquer, verdad o reto y suicidio hepático. - Reto —dije, porque la verdad era demasiado peligrosa, si elegía verdad, me preguntaría por qué mi pulso se aceleraba cada vez que me miraba la boca. - Te reto a besar al hombre más guapo de la mesa —intervino Mason, guiñándome un ojo y señalándose a sí mismo. Liam le dio un empujón a Mason que casi lo tira del sofá. - Cállate, Bestia, el reto es mío —Liam me sostuvo la mirada—. Te reto a apostarlo todo. - ¿Todo? - Todo —confirmó él—. Vamos al casino, si ganas en la ruleta, vuelvo a casa contigo y escucho el sermón de papá pero si pierdes... te quedas conmigo el fin de semana, sin preguntas, sin quejas y sin ropa de oficina. Era una locura, era la propuesta más sensata que había escuchado en toda la noche. - Trato hecho, niño bonito —escupí, levantándome. El mundo se inclinó un poco a la izquierda, pero Chloe me sostuvo. - ¡Al casino! —gritó Chloe. Miré a mi amiga, en algún momento de la noche, Chloe había perdido sus zapatos y, inexplicablemente, llevaba una corbata de seda gris atada alrededor de su cabeza como una cinta de karateka. Miré a Cole Sterling el abogado estaba deshecho, su camisa estaba arrugada, le faltaba la corbata (obviamente) y miraba a Chloe con una mezcla de homicidio y lujuria absoluta. - Devuélveme mi corbata, Davis —gruñó Cole, intentando mantener la dignidad. - ¡Jamás! Es mi trofeo de guerra —chilló Chloe, escondiéndose detrás de mí—. ¡Harper, dile a tu abogado que deje de acosarme! - No es mi abogado —dije, riendo mientras Liam me pasaba un brazo por los hombros para guiarme hacia la salida. Su tacto era pesado, caliente y posesivo. - Vamos, cachorra, vamos a ver si tienes tanta suerte como lengua. El casino del Bellagio estaba lleno, pero cuando Liam Vance y los Caballeros Templarios entraban, el mar Rojo se abría o en este caso, la seguridad nos abría paso hasta la mesa de ruleta de límites altos. - Todo al n***o —dijo Liam, lanzando una ficha de diez mil dólares sobre el tapete como si fuera cambio suelto. - Rojo —contradije yo, lanzando mi propia ficha, no era tanto dinero, pero era suficiente para doler si perdía—. El rojo es el color de la sangre y te voy a desangrar esta noche, niño bonito. Liam me miró, y juro que el aire desapareció de mis pulmones, me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo, sus pupilas estaban dilatadas. - Me gusta cuando te pones valiente, Harper, me hace preguntarme qué otras cosas te atreverías a hacer si te empujara lo suficiente. - Pruébame —susurré, el desafío saliendo de mis labios antes de que mi cerebro pudiera frenarlo. La bola giró, el sonido clac-clac-clac fue hipnótico. Cayó en el n***o, Liam ganó. - Gané —susurró él en mi oído, mordiendo el lóbulo de mi oreja—. Te quedas el fin de semana. Me aparté, sintiendo la derrota y el deseo mezclándose en un cóctel explosivo. - Fue suerte. - Es destino —dijo él—. Pero sabes qué... estoy aburrido, subamos la apuesta. - ¿Qué más quieres? —pregunté, frustrada. - Quiero ver hasta dónde llega tu lealtad —Liam se apoyó en la mesa de juego, mirándome con seriedad repentina—. Dices que haces todo por mi padre, que eres la empleada perfecta, pero en el fondo, creo que eres una cobarde. - ¿Cobarde? —di un paso hacia él, clavándole un dedo en el pecho—. He manejado crisis que harían llorar a un niño bonito como tú, he levantado el imperio de tu familia mientras tú jugabas a los carritos chocones. - Entonces demuéstralo —susurró, letal—. Demuestra que no le tienes miedo a él, demuestra que no eres su perrita faldera. - ¿Cómo? - Cásate conmigo. El mundo se detuvo, la música de las tragamonedas, las risas de Chloe (que ahora estaba intentando enseñarle a Cole a bailar salsa en medio del pasillo), todo desapareció. - ¿Qué? —reí, nerviosa—. Estás borracho. - Estoy lúcido. Piénsalo —Liam se acercó, acorralándome contra la mesa de ruleta—. Nada odiaría más mi padre que verme casado con su preciosa y perfecta asistente. Sería el dedo medio definitivo en su cara y tú... tú demostrarías que eres dueña de tus propias decisiones. - Eso es absurdo. - ¿Lo es? —rozó sus labios con los míos, apenas un toque, pero fue suficiente para encender una hoguera en mi vientre—. ¿O es que tienes miedo de que te guste? ¿Tienes miedo de atarte al Diablo, Harper? El desafío brillaba en sus ojos grises, me estaba llamando cobarde, me estaba retando y yo, con el tequila nublando mi juicio y su olor a peligro invadiendo mis sentidos, cometí el error de mi vida. - No te tengo miedo, Liam —dije, alzando la barbilla—. Y definitivamente no le tengo miedo a un papel. - Entonces vamos —me agarró de la mano, entrelazando nuestros dedos con fuerza. Su anillo de los Templarios se clavó en mi piel, frío y duro—. Cole, necesitas trabajar, vamos a una capilla. - ¡Sí! ¡Boda! —gritó Chloe, dando saltos—. ¡Yo soy la dama de honor! ¡Cole, tú eres el padrino, deja de poner esa cara de estreñido! - Esto es una mala idea, esto es ilegal en doce estados morales —masculló Cole, pero nos siguió, arrastrado por Chloe. Salimos a la noche de Las Vegas, el aire era caliente, pero la mano de Liam en la mía era más caliente. - ¿Estás seguro, niño bonito? —le pregunté mientras subíamos a su limusina, usando el apodo como un último escudo—. Porque una vez que firme, soy tu peor pesadilla. Liam me subió a su regazo, sin importarle quién nos viera, me besó, un beso profundo, sucio y lleno de promesas rotas. - Bienvenida a mi pesadilla, Sra. Vance —murmuró contra mi boca—. Espero que sepas correr porque ya no hay frenos.
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