5 GLORIOSA RESACA

1108 Palabras
HARPER El primer sonido que registré fue el zumbido de un taladro percutor intentando abrirse paso a través de mi cráneo. Abrí un ojo, y el mundo giró violentamente, la luz del sol se filtraba por unas cortinas que no estaban lo suficientemente cerradas, clavándose en mis retinas como agujas calientes. Gemí, llevándome una mano a la frente para detener el dolor palpitante. Fue entonces cuando sentí el peso, algo frío, pesado y metálico rodeaba mi dedo anular izquierdo. Fruncí el ceño, confundida, y levanté la mano, un anillo brillaba allí, no era un anillo de compromiso delicado con un diamante, no, era una banda gruesa de oro blanco con incrustaciones de zafiros negros, era masculino, ostentoso y gritaba "propiedad privada". El pánico me golpeó más fuerte que la resaca. Me senté de golpe en la cama, ignorando las náuseas, las sábanas eran de seda gris, de una calidad que costaba más que mi alquiler anual, la habitación era inmensa, un penthouse con vistas al Strip de Las Vegas. Y no estaba sola. - Buenos días, Bella Durmiente —dijo una voz monótona desde el sillón de cuero frente a la cama. Grité, tirando de las sábanas para cubrir mi cuerpo desnudo (¿por qué demonios estaba desnuda?). Jax Miller, el genio tecnológico de los Caballeros Templarios, estaba sentado allí, con los pies sobre la mesa de centro, tecleando furiosamente en una Tablet, ni siquiera levantó la vista cuando grité. - ¿Qué haces aquí? —grazné, mi voz sonaba como si hubiera tragado papel de lija—. ¿Y dónde está mi ropa? - Tu ropa fue víctima colateral de la pasión anoche, creo que vi tu vestido colgando de la lámpara del pasillo —respondió Jax sin inmutarse—. Y estoy aquí porque soy el encargado de limpiar el desastre mediático antes de que despiertes, por cierto, felicidades, eres tendencia mundial en Twitter. - ¿Qué? Jax giró la tablet hacia mí, había una foto borrosa, pero inconfundible, Liam y yo, saliendo de una capilla, besándonos como si el mundo se fuera a acabar. El titular rezaba: EL REY DE LAS PISTAS DOMA A LA EJECUTIVA DE HIELO: BODA SORPRESA EN VEGAS. Sentí que la sangre se me iba a los pies. - No... —susurré, negando con la cabeza—. Eso fue... fue una broma, estábamos borrachos. - El certificado de matrimonio que firmaste ante el juez no parecía una broma —Jax volvió a su pantalla—. Y Cole se aseguró de que fuera legalmente vinculante en los cincuenta estados y probablemente en la luna. - Tengo que irme —dije, intentando levantarme, pero recordando mi desnudez—. ¡Sal de aquí, Jax! Necesito vestirme. - No vas a ir a ninguna parte, Sra. Vance. La voz vino desde la puerta del baño, profunda, ronca y autoritaria. Me giré lentamente. Liam estaba apoyado en el marco de la puerta, llevaba solo una toalla blanca baja alrededor de sus caderas, dejando al descubierto esa V perfecta de músculos que descendía hacia... bueno, hacia el pecado, su cabello oscuro estaba húmedo, cayendo sobre su frente, y sus ojos grises me miraban con una intensidad depredadora. No parecía tener resaca, parecía un dios griego recién bajado del Olimpo para atormentar a los mortales. - Liam —dije, tratando de sonar firme a pesar de estar desnuda y envuelta en una sábana—. Esto ha sido un error, un error monumental inducido por el tequila, voy a llamar a Cole ahora mismo para que redacte la anulación. Liam se separó de la puerta y caminó hacia la cama, cada paso era lento, calculado, Jax, entendiendo la señal, se levantó del sillón. - Los dejo solos, intenten no romper los muebles... otra vez —dijo Jax, saliendo de la habitación y cerrando la puerta con un clic suave. El silencio que siguió fue asfixiante. Liam se detuvo al borde de la cama, mirándome desde arriba, me sentí pequeña y vulnerable. - No habrá anulación, Harper —dijo con calma. - Por supuesto que la habrá —repliqué, sosteniendo la sábana contra mi pecho como un escudo—. No te amo y tú no me amas, esto fue una estupidez para molestar a tu padre, misión cumplida, ahora, devolvamos los anillos y sigamos con nuestras vidas. Liam sonrió, y fue una sonrisa fría que no llegó a sus ojos, se inclinó, apoyando las manos en el colchón, a cada lado de mis caderas, atrapándome. - ¿Molestar a mi padre? Oh, sí, eso fue parte del encanto, pero anoche... anoche firmaste algo más que un acta de matrimonio, cachorra. - ¿De qué hablas? - Anoche, entre gemidos y promesas que probablemente no recuerdes, aceptaste mis términos —murmuró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras narices casi se tocaron—. Dijiste que no eras una cobarde, dijiste que podías con el "niño bonito". Bueno... ahora soy tu marido y yo no devuelvo lo que es mío. - No soy tuya —siseé, retrocediendo hasta chocar con el cabecero. Liam rió, un sonido oscuro que vibró en mi pecho, extendió la mano y trazó la línea de mi mandíbula con un dedo, bajando hasta mi clavícula, me estremecí, traicionada por mi propio cuerpo. - Llevas mi anillo, llevas mi apellido y si mi memoria no falla... —su mirada bajó a mi cuerpo cubierto—, llevas mis marcas en tu piel. Miré mi hombro descubierto, había una marca rojiza, un chupetón posesivo y visible, jadeé, cubriéndolo con la mano. - Eres un... - ¿Un imbécil? ¿Un arrogante? —completó él, divertido—. Sí. Soy todo eso y ahora soy tu esposo, así que levántate, dúchate y vístete, el avión sale en una hora. - No voy a ir contigo, voy a volver a Nueva York y voy a arreglar esto. Liam se enderezó, y la diversión desapareció de su rostro. - Harper —dijo, y su voz bajó una octava, convirtiéndose en una orden—. No me hagas repetirlo, eres mi esposa, donde yo voy, tú vas y si intentas correr... te perseguiré y créeme, niño bonito sabe correr muy rápido. Se dio la vuelta y caminó hacia el vestidor, dejándome, temblando de furia y miedo en la cama. Miré el anillo en mi dedo, pesaba una tonelada. Había ido a Las Vegas a buscar a un heredero rebelde y había terminado encadenada al mismísimo Diablo y lo peor de todo... una parte pequeña, traicionera y estúpida de mí, recordaba fragmentos de la noche anterior y esa parte no quería correr, quería quedarse y arder.
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