HARPER
Una hora después, estaba sentada en el sofá de cuero italiano más incómodo del mundo, completamente vestida con un conjunto de ropa deportiva que Jax había hecho aparecer mágicamente (probablemente robado de alguna pobre chica en el hotel).
Frente a mí, Cole Sterling sacaba documentos de un maletín de cuero n***o con la precisión de un forense a punto de realizar una autopsia a mi vida. Liam estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el Strip de Las Vegas, ya se había vestido con pantalones oscuros y una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros anchos de una manera ofensiva, no me miraba, pero sentía su atención en mí, pesada y constante.
- Bien, Sra. Vance —empezó Cole, deslizando un documento grueso sobre la mesa de café—. Aquí está el resumen de su situación marital.
- No me llames así —espeté, ignorando el papel—. Quiero la anulación, Cole, sé que se puede hacer estábamos intoxicados, hubo vicio del consentimiento, cualquier juez en Nueva York se reiría de este matrimonio.
Cole sonrió, era esa sonrisa de tiburón que probablemente usaba para destruir a la competencia en los tribunales.
- En Nueva York, tal vez pero estamos en Nevada y el juez que los casó anoche es un viejo amigo de la familia Vance, o más bien, un viejo deudor de los casinos de Mason, él testificará que ambos estaban en pleno uso de sus facultades mentales y, cito textualmente, "profundamente enamorados".
- ¿Enamorados? —solté una risa histérica—. ¡Apenas nos toleramos!
- El amor y el odio son dos caras de la misma moneda pasional, querida —dijo Cole con suavidad—. Además, firmaste un acuerdo prenupcial bastante... específico.
- ¿Firmé un prenupcial? —miré a Liam, él seguía de espaldas, impasible.
- Sí —continuó Cole—. Básicamente, estipula que, si solicitas el divorcio o la anulación antes de un año, la cláusula de confidencialidad se rompe.
- ¿Qué cláusula?
- La que protege los secretos comerciales de Vance Industries que Liam posee. Si te vas, Liam tiene derecho legal a vender sus acciones a la competencia rusa mañana mismo y créeme, Harper, eso destruiría la empresa de Arthur antes de la hora del almuerzo.
Me quedé helada, Arthur, la empresa, todo por lo que había trabajado durante cinco años se iría al desagüe si yo salía por esa puerta, Liam no me había atrapado con amor; me había atrapado con lealtad porque sabía que yo nunca dejaría caer el imperio de su padre.
- Eres un monstruo —susurré, mirando la espalda de Liam.
Él se giró lentamente, sus ojos grises eran fríos como el acero.
- Soy un hombre de negocios, Harper, aprendí del mejor. ¿No es eso lo que querías? ¿Qué me involucrara en la empresa?
Antes de que pudiera lanzarle el cenicero de cristal a la cabeza, la puerta de una de las habitaciones de invitados se abrió de golpe.
- ¡Harper! Por el amor de Dios, dime que tienes ibuprofeno, siento que una banda de mariachis está tocando dentro de mi cabeza.
Chloe salió al salón, caminaba descalza, con el maquillaje corrido y el cabello rubio hecho un nido de pájaros, pero lo más impactante no era su estado, sino su vestimenta. Llevaba una camisa de vestir blanca, de hombre, le quedaba enorme, cayendo hasta la mitad de sus muslos, estaba arrugada y le faltaban dos botones.
Cole Sterling dejó caer su bolígrafo, el sonido clack resonó en el silencio.
- Esa... —Cole se aclaró la garganta, su compostura perfecta resquebrajándose por primera vez—. Esa es mi camisa.
Chloe se detuvo, mirándose a sí misma y luego a Cole, una sonrisa pícara y lenta apareció en sus labios.
- Ah, ¿sí? Pues ahora es mi pijama, Abogado, considéralo un pago por daños y perjuicios, tus ronquidos casi me matan.
- ¡Yo no ronco! —exclamó Cole, poniéndose rojo hasta las orejas.
- Roncas como un oso pardo con asma —replicó Chloe, caminando hacia el minibar y sacando una botella de agua—. Y por cierto, eres pésimo compartiendo la cobija.
Me quedé boquiabierta, Liam soltó una carcajada corta.
- Vaya, Cole, parece que el "Ciclón" te pasó por encima.
- Cállate, Liam —gruñó Cole, fulminando a Chloe con la mirada, pero había algo más ahí, hambre y la miraba como si quisiera estrangularla o besarla, o ambas cosas.
- Harper —dijo Chloe, ignorando la tensión s****l que acababa de crear en la sala—, ¿nos vamos ya? Este lugar huele a testosterona barata y malas decisiones.
- Nadie se va —interrumpió Liam, su voz cortando el aire como un látigo—. Al menos, Harper no.
Caminó hacia mí, invadiendo mi espacio personal hasta que mis rodillas chocaron con las suyas, Chloe intentó protestar, pero Cole se levantó y la interceptó, probablemente para recuperar su camisa o para seguir discutiendo, no me importó porque mi mundo se redujo a los ojos grises de Liam.
- Toma tus cosas —ordenó Liam—. El avión sale en treinta minutos.
- Tengo que llamar a tu padre —dije, buscando mi bolso—. Tengo que explicarle esto antes de que lo vea en las noticias.
- No.
La negativa fue absoluta.
- Liam, es tu padre. Se está... —me mordí la lengua, casi digo muriendo, casi revelo el secreto—. Está enfermo de preocupación.
Liam metió la mano en mi bolso, que estaba sobre el sofá y sacó mi teléfono.
- ¡Oye! —intenté quitárselo, pero él lo levantó fuera de mi alcance sin esfuerzo.
- A partir de ahora, tú no hablas con Arthur Vance sin mi permiso, no le envías informes, no le lloras por teléfono y no conspiras a mis espaldas.
- Es mi jefe —protesté, la impotencia quemándome los ojos.
- Ya no —Liam se inclinó, su rostro a centímetros del mío. Podía oler su colonia, una mezcla de sándalo y peligro—. Ahora trabajas para mí, Harper, eres mi esposa, eres mi propiedad ante la ley y ante el mundo y tu primera tarea es simple: olvidar que le debes lealtad a él.
Guardó mi teléfono en su bolsillo trasero.
- Bienvenida a la familia, Sra. Vance, espero que estés lista para la guerra porque acabas de cambiar de bando.
Me agarró de la muñeca, su agarre era firme, posesivo, el anillo de tungsteno frío contra mi piel, me dejé arrastrar hacia el ascensor, no porque quisiera, sino porque sabía que, por ahora, él tenía todas las cartas, pero mientras las puertas del ascensor se cerraban, atrapándonos en esa caja de metal, me hice una promesa. Liam Vance podía tener mi teléfono, mi firma y mi dedo anular, pero nunca tendría mi obediencia, si quería una esposa trofeo, se había casado con la mujer equivocada, yo no era una cachorra.
Yo era una loba con piel de cordero y tarde o temprano, iba a morder.