Tom, observaba a través de la ventana con aire pensativo, tenía una corazonada y estas jamás fallaban. Conocía a Luciano Bettencourt, se atrevía a decir que lo conocía mejor que nadie en el mundo. Sabía sus secretos, sus anhelos y deseos pero sobre todo conocía sus debilidades. Luciano era un hombre impulsivo y a veces tomaba decisiones en lo caliente, dejando de lado su racionalidad. Tom consideraba que ese gran defecto de su viejo amigo le había llevado a fracasar en muchos negocios y ahora le llevaría a fracasar frente a la justicia. Un suspiro cansado escapó de sus labios y cerró sus ojos al momento que se recargaba contra el gran ventanal en unas de sus tantas casas de campo. Si era honesto consigo mismo él no tenía ningún tipo de apego por aquel hombre, tampoco le importaba qué pasa

