Hablo con mi padre de trivialidades hasta que las mujeres vienen a anunciar que el desayuno está servido en el jardín. La conversación fluye ahora más ligera, transitando por temas cotidianos y seguros que nos alejan de esas aguas profundas. Hablamos de deportes, de política, de las últimas películas que hemos visto, intercambiando opiniones de acuerdo y desacuerdo respetuoso que caracteriza nuestras interacciones adultas. Mi padre tiene ese don para contar anécdotas, para extraer de situaciones agudas o reflexiones humorísticas que transforman la charla trivial en algo más sustancial y memorable. Lo observo gesticular con esa elegancia contenida que siempre lo ha caracterizado, ese equilibrio perfecto entre expresividad y reserva que he intentado emular desde que tengo memoria.

