Se agarró de nuevo a mi cuello y me atornilló un beso de los que te dejan sin aliento. Instintivamente la rodeé con mis brazos y me agarré a su culo desnudo. La camiseta se le había subido y el tanga que llevaba tan solo se cernía entre su raja dejándole las nalgas completamente al aire. Tocar esa carne era delicioso y el beso se hizo más largo mientras lo apretaba y lo abría. — Ufff hermanito, tu si que me pones zorra… zorra! Nos fuimos a la terraza y nos servimos las copas. Sin cortarse, se quitó la camiseta quedándose tan solo con el tanga rojo. La muy cabrona también había descubierto que estaba buenísima y se contoneaba con la copa en la mano sabiendo que me pondría verraco en poco tiempo. Después tuve que hacerle hueco en mi tumbona para que se recostara a mi lado. —

