Verdades peligrosas

1608 Palabras
La casa estaba en silencio. Después del escándalo de la noche anterior, el ambiente parecía haber quedado suspendido en una calma incómoda, como si todos supieran que la tranquilidad no duraría mucho tiempo. Michell no había dormido bien. Se levantó temprano, antes de que los niños despertaran. Necesitaba unos minutos para ordenar sus pensamientos. Se dirigió a la cocina y preparó café. Mientras el agua comenzaba a hervir, recordó las palabras de Octavio, las fotografías, y la expresión de Katy cuando vio las pruebas. Aquella reacción no había sido la de una mujer tranquila. Había sido miedo. Y eso confirmaba que estaban cerca de descubrir algo importante. —Buenos días. La voz de Hortensia la sacó de sus pensamientos. Michell se giró. —Buenos días. Hortensia se sentó frente a ella. —No dormiste bien. —Creo que nadie en esta casa lo hizo. Hortensia suspiró. —Jhon tampoco durmió. Michell no respondió. —Lo escuché caminar por la casa casi toda la noche —continuó Hortensia. —Eso no cambia nada. —Tal vez no —dijo la mujer—, pero algo está pasando con él. Michell bebió un poco de café. —Siempre pasa algo con Jhon. Hortensia la observó con atención. —¿Confías en ese hombre? Michell supo inmediatamente a quién se refería. —¿Octavio? —Sí. —Más que en muchas otras personas. Hortensia asintió lentamente. —Eso pensé. El sonido de pasos en la escalera interrumpió la conversación. Jhon apareció. Tenía la mirada cansada. Cuando vio a Michell y a su madre hablando juntas, pareció incómodo. —Buenos días. —Buenos días —respondió Hortensia. Michell no dijo nada. Jhon se acercó a la mesa. —Tenemos que hablar. Michell levantó la mirada. —No ahora. —Es importante. —No ahora —repitió ella con calma. Jhon apretó los dientes. Pero antes de que pudiera insistir, Anthony apareció con Mateo. —Mamá, Mateo tiene hambre. Michell se levantó inmediatamente. —Vamos a preparar el desayuno. Mientras ayudaba a los niños, Michell podía sentir la mirada de Jhon sobre ella. Pero decidió ignorarla. Había aprendido que discutir frente a los niños solo empeoraba las cosas. Horas después, Michell llegó a la empresa. El ambiente estaba tenso. Algunos empleados hablaban en voz baja. Otros simplemente evitaban mirarla. Era evidente que el escándalo del día anterior ya se había extendido por toda la oficina. Rebeca apareció rápidamente. —Michell, tenemos que hablar. —Imagino que sobre Katy. —Sí. —¿Qué hizo ahora? Rebeca dudó un momento. —No vino hoy. Michell frunció el ceño. —¿Qué? —Nadie la ha visto desde ayer. Eso no le gustó. —¿Jhon está aquí? —Sí. —En su oficina. Michell respiró profundamente. —Bien. Caminó por el pasillo hasta la oficina de Jhon. No tocó la puerta. La abrió directamente. Jhon estaba sentado revisando algunos documentos. Cuando la vio entrar, levantó la mirada. —Sabía que vendrías. —¿Dónde está Katy? Jhon se recostó en su silla. —No lo sé. —No te creo. —No tengo idea dónde está. Michell lo miró fijamente. —¿Hablaste con ella después de lo de anoche? Jhon dudó apenas un segundo. —Sí. —¿Y? —Dijo que todo era una trampa. Michell soltó una risa breve. —Claro que diría eso. —Michell… —¿Sabes lo que está intentando hacer? —Octavio dijo muchas cosas —respondió Jhon— pero no mostró pruebas reales. Michell lo observó con incredulidad. —¿Todavía la defiendes? Jhon no respondió. Y ese silencio fue suficiente. —Increíble —dijo Michell. —Solo quiero entender qué está pasando. —Te lo dije desde el principio. Jhon se levantó. —No todo es tan simple. —Sí lo es. El teléfono de Michell vibró en ese momento. Miró la pantalla. Octavio. Contestó de inmediato. —Octavio. —Necesito verte. —¿Pasó algo? —Sí. El tono de su voz era serio. —¿Dónde estás? —En mi oficina. —Voy para allá. Colgó. Jhon la miraba con evidente molestia. —¿Otra vez él? —Sí. —¿Puedes dejar de verlo? Michell lo miró con calma. —No. Sin decir nada más, salió de la oficina. Octavio la estaba esperando. Tenía varias fotografías nuevas sobre la mesa. Cuando Michell entró, supo inmediatamente que algo importante había ocurrido. —¿Qué encontraste? Octavio cerró la puerta. —Algo que cambia todo. Michell se acercó. —Habla. Octavio le entregó una fotografía. Era Katy. Pero no estaba sola. Estaba abrazando al mismo hombre que aparecía en las fotos anteriores. —¿Quién es? —Su esposo. Michell parpadeó. —¿Qué? —Katy está casada. El silencio llenó la habitación. —Jhon no lo sabe. —Por supuesto que no. Octavio sacó otro documento. —Y eso no es todo. Michell sintió que su corazón latía más rápido. —¿Qué más? —Ese hombre dirige una empresa que ha intentado comprar varias compañías pequeñas. —¿Como la nuestra? Octavio asintió. —Exactamente. Michell respiró profundamente. —Entonces todo esto fue planeado. —Sí. Octavio se acercó un poco más a ella. —Pero todavía hay algo más que debes saber. Michell lo miró. —¿Qué? Octavio dudó un momento. Luego habló. —Jhon te siguió ayer. El corazón de Michell se tensó. —¿Qué? —Estaba afuera del edificio cuando saliste. Michell se quedó en silencio. —Eso explica algo. —¿Qué? —Hoy estaba raro. Octavio la observó con atención. —Michell… —¿Sí? —Esto se está volviendo peligroso. Ella lo miró. —Lo sé. Durante unos segundos ninguno habló. La tensión entre ellos era palpable. Octavio levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello del rostro de Michell. —No quiero que te pase nada. Michell sintió un escalofrío recorrerle la piel. —No soy tan fácil de destruir. Octavio sonrió levemente. —Eso ya lo sé. La distancia entre ellos era mínima. Por un momento ninguno se movió. Hasta que Michell fue la primera en romper la barrera. Lo besó. Esta vez no fue un beso tímido. Fue profundo. Cargado de todo el deseo que habían estado conteniendo. Octavio respondió de inmediato. La tomó suavemente por la cintura y la acercó más a él. El beso se volvió más intenso. Más urgente. Michell podía sentir su corazón latiendo con fuerza. Por un momento olvidó todo. La empresa. Katy. Jhon. Todo desapareció. Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. Octavio apoyó su frente contra la de ella. —Esto va a complicar todo. Michell sonrió ligeramente. —Mi vida ya está complicada. Octavio soltó una pequeña risa. —Eso es cierto. Pero ninguno de los dos sabía… que alguien los estaba observando. Desde el otro lado de la calle. Dentro de un auto oscuro. Jhon. Y la expresión en su rostro dejaba claro que aquella historia… estaba a punto de explotar. Dentro del auto, Jhon no apartaba la mirada de la ventana. Sus manos estaban firmemente apretadas sobre el volante. Había visto todo. El beso. La cercanía. La forma en que Michell miraba a ese hombre. Una mezcla de rabia y algo mucho más profundo comenzaba a crecer dentro de él. Celos. Pero también miedo. —Así que esto era… —murmuró para sí mismo. Encendió el motor, pero no se movió. Su mente retrocedía a muchos momentos del pasado. Recordó a Michell cuando apenas comenzaban su vida juntos. Recordó los sacrificios, las noches sin dinero, las veces que ella lo apoyó cuando todo parecía derrumbarse. Y ahora… Ella estaba en brazos de otro hombre. Jhon golpeó el volante con la palma de la mano. —¡Maldita sea! Pero en el fondo sabía que no podía culparla completamente. Él había abierto la puerta a todo aquello. Katy. La traición. La distancia que había crecido entre ellos. Sin darse cuenta, había dejado que alguien más ocupara el lugar que le pertenecía. Mientras tanto, dentro de la oficina de Octavio, Michell caminaba de un lado a otro. —Esto se está saliendo de control —dijo. Octavio la observaba apoyado contra el escritorio. —Tal vez… pero también significa que estamos cerca de descubrir todo. Michell se detuvo. —Si Jhon realmente nos siguió… —Entonces ya sospecha. —Eso complicará las cosas. Octavio se acercó lentamente. —Tal vez. —¿Tal vez? —O tal vez haga que todo salga a la luz más rápido. Michell suspiró. —No quiero una guerra. Octavio la miró con seriedad. —Pero alguien ya la empezó. Michell guardó silencio. Sabía que tenía razón. Después de unos segundos habló. —¿Qué pasará cuando Jhon descubra toda la verdad sobre Katy? Octavio cruzó los brazos. —Dependerá de cuánto esté dispuesto a aceptar. —¿Y si no lo acepta? —Entonces tendremos que prepararnos. —¿Para qué? Octavio la miró directamente a los ojos. —Para algo mucho más peligroso. El teléfono de Michell vibró en ese momento. Era Leo. Contestó rápidamente. —¿Leo? La voz de la mujer sonaba nerviosa. —Señora Michell… acaba de llegar alguien a la casa. Michell frunció el ceño. —¿Quién? Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. —Katy… y no está sola. El corazón de Michell se aceleró. —¿Quién está con ella? Leo respondió con un hilo de voz. —Un hombre… dice que es su esposo. Michell miró a Octavio. Ambos entendieron inmediatamente lo que significaba. La verdad… acababa de llegar a su puerta.
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