La noche anterior había dejado en mi cuerpo una sensación difícil de explicar. El beso de Octavio aún permanecía en mis labios como un recuerdo cálido que no lograba borrar, por más que intentara convencerme de que aquello no debía haber sucedido. Me levanté temprano, aunque en realidad apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir la cercanía de su cuerpo junto al mío, el calor de su mano en mi cintura y la forma en que sus labios habían encontrado los míos bajo la luz tenue de los faroles del malecón. Suspiré mientras me arreglaba frente al espejo. —Esto no puede complicarse más —murmuré para mí misma. Pero en el fondo sabía que ya estaba complicado. Muy complicado. Bajé las escaleras intentando ordenar mis pensamientos. En la cocina Leo estaba preparando el

