Me desperté antes que Mary, el sol apenas se filtraba por las cortinas, lo suficiente para iluminar su cuerpo desnudo a mi lado. Era un espectáculo, uno que no merecía, y lo sabía. Pero ahí estaba, su pelo enredado sobre la almohada, su respiración tranquila, y esos labios que tanto amaba besar. Sentía el corazón latir con fuerza en mi pecho, como si por primera vez en años, supiera exactamente lo que quería. Estaba enamorado. ¿Qué digo? Estaba completamente perdido por ella.
Por primera vez en mi vida, todo lo demás parecía irrelevante. Las reglas, los votos, los sacrificios. No eran más que una sombra comparada con lo que sentía por Mary. Y aunque una pequeña voz en mi cabeza seguía repitiendo que esto iba a terminar mal, que abandonar el sacerdocio sería un fracaso, hice lo que mejor me sale últimamente: lo ignoré.
Me levanté en silencio, sintiendo su mirada aún en mi mente, y me dirigí a la cocina. El simple acto de preparar café y tostar un par de panes me hizo sonreír. Me hacía feliz hacer estas cosas por ella, aunque fuera algo tan trivial como el desayuno. Cada vez que estábamos juntos, cada vez que la miraba, me daba cuenta de lo mucho que había estado negándome a mí mismo.
El problema, claro, es que no podíamos vivir en este pequeño refugio para siempre. Y sabía que esa pequeña burbuja estaba a punto de estallar. Esta noche teníamos un evento caritativo, una gala de la iglesia a la que no podía faltar. A veces me pregunto si hago todo esto porque me importa o si es simplemente para aferrarme a lo único que me queda del viejo Jensen. Como si esa parte de mí todavía estuviera luchando por salir a flote.
El sonido de pasos suaves me sacó de mis pensamientos, y ahí estaba ella, envuelta en una sábana, con el pelo despeinado y esa sonrisa perezosa que me derrite cada vez que la veo. Se acercó y rodeó mi cintura con sus brazos, apoyando su cabeza en mi espalda. Sentí cómo su calidez me envolvía, y por un momento, todo estuvo bien.
— ¿Hueles eso? Es el desayuno que mereces,— le dije, girando para mirarla con una sonrisa.
Mary soltó una risa suave y se sentó en la mesa. Pero yo sabía que debajo de esa apariencia relajada, algo la inquietaba. Lo supe cuando, entre bocados, comenzó a mirar su teléfono de reojo. Al principio intenté no prestarle demasiada atención. No quería romper la tranquilidad del momento. Pero al final, no pude resistirme.
— ¿Quién es? — le pregunté, como si no supiera ya la respuesta.
Ella me miró, mordiéndose el labio inferior, como si dudara en decirme la verdad. Después de un largo suspiro, lo soltó.
— Es Eric... Aunque bloqueé su número, sigue encontrando maneras de contactarme.
Ese nombre me provocó una punzada en el estómago. Eric. El hombre que alguna vez creí que era ejemplar, un feligrés que respetaba, ahora se había convertido en el único que sabía la verdad sobre nosotros. Él conocía mi secreto, el hecho de que había roto mis votos por ella. Y si decidía hablar, toda nuestra pequeña burbuja podría desmoronarse.
—Eric otra vez —murmuré, tratando de mantener la calma, pero sintiendo cómo la tensión me invadía.
Mary asintió, su mirada fija en la taza de café que sostenía entre las manos. El silencio entre nosotros se alargó, y por un momento me arrepentí de haber preguntado. Sabía que Eric la molestaba, y cada vez que lo hacía, me recordaba lo cerca que estábamos del borde. Sabía que no podía controlarlo todo, pero el miedo de que todo esto estallara era abrumador.
—¿Quieres que hable con él? —pregunté, aunque sabía que no era la mejor opción. Pero la idea de que él siguiera acosándola me ponía de los nervios.
Ella levantó la vista, sus grandes ojos marrones reflejando una mezcla de cansancio y gratitud. —No. Ya he tratado. Creo que solo quiere fastidiarme... o fastidiarte a ti. Sabe exactamente qué está haciendo.
Lo sabía. Eric siempre había sido un tipo calculador, y desde que descubrió lo nuestro, parecía disfrutar torturándonos con pequeños mensajes y llamadas esporádicas, como si le gustara vernos al borde.
—Tendremos que enfrentarlo tarde o temprano —dije, aunque la idea de hacerlo me daba escalofríos. Eric tenía el poder de destruir todo lo que habíamos construido, y aunque confiaba en Mary, no confiaba en mí mismo para manejarlo con calma.
—No quiero que pienses en él —respondió Mary suavemente, tomando mi mano desde el otro lado de la mesa—. No hoy. No ahora.
Suspiré, cediendo a su toque. El simple contacto con ella calmaba los demonios que me rondaban la cabeza. Sabía que tenía razón, pero también sabía que no podíamos seguir ignorando la situación. Especialmente con el evento de esta noche. Me dolía en el alma pensar en llevarla conmigo y tener que fingir que éramos solo conocidos, que no había pasado nada entre nosotros.
La miré mientras se levantaba, y sonreí al verla buscar una excusa para evitar el tema. Como siempre, era increíblemente hábil para desviar la conversación. Me encantaba eso de ella, cómo podía hacer que todo lo complicado se sintiera más simple.
—Voy a ducharme —dijo, sonriendo—. Te dejo manejando la cocina por un rato.
—Es un privilegio, créeme —le respondí, con una sonrisa irónica.
Cuando se fue, me quedé solo en la cocina, revolviendo el café en la taza sin propósito alguno. Todo parecía tan tranquilo en ese momento, pero sabía que la calma era solo temporal. Mis pensamientos volvieron al evento de esta noche, a la inevitable tensión que sentiría al estar rodeado de personas que no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo. Tendría que fingir, sonreír y comportarme como si no estuviera locamente enamorado de la mujer que estaría a mi lado.
Y lo peor de todo es que le tendría que pedir a Mary que hiciera lo mismo.
Me quedé de pie en la cocina de Mary, solo con mis pensamientos mientras el sonido del agua de la ducha resonaba desde el baño. La casa olía a café, pero también tenía ese toque de desorden que era tan característico de ella. Una contradicción, igual que su vida. Como si todo estuviera en su sitio, pero al mismo tiempo, al borde del caos.
Caminé sin rumbo por la cocina, tratando de evitar los pensamientos oscuros que me rondaban. Mi mirada se detuvo en una pequeña fotografía en el mueble, una imagen que nunca había visto antes. Era Mary, más joven, tal vez una adolescente. Sonreía, pero esa sonrisa no era la que yo conocía. A su lado, su madre. Era increíblemente parecida a ella, pero había algo más en esa imagen, algo que me hizo sentir un nudo en el estómago.
A veces olvidaba cuánto dolor cargaba Mary. Sabía lo de su madre, lo que le había pasado y cómo eso había afectado su vida. Pero verlas juntas me recordó que esa herida seguía abierta. No importaba cuántas veces intentara ser fuerte o actuar como si las pastillas no fueran un problema real.
Mary decía que no consumía con frecuencia. Me aseguraba que solo las tomaba en los peores momentos, cuando todo se volvía insoportable. Pero, ¿cómo podía estar seguro de eso? ¿Cómo podía creer que todo estaba bajo control? No era la primera vez que alguien me decía eso. David también lo había hecho.
Sentí un escalofrío recorrerme al recordar a mi hermano. David siempre decía que estaba bien, que las cosas mejorarían. Pero no lo hicieron. Su salud mental se fue deteriorando hasta que un día simplemente no aguantó más. Esa sensación de impotencia me invadió otra vez. No pude salvar a David, no pude detener su caída. ¿Y ahora? ¿Qué pasaba si Mary terminaba igual? ¿Qué pasaba si no estaba allí cuando ella realmente me necesitara?
Apreté la mandíbula, sintiendo el miedo abrirse paso en mi pecho. El miedo a perderla, a que todo terminara mal. Porque aunque ella no estaba tan hundida como David, sabía lo fácil que era caer en ese pozo. Y si Mary volvía a tomar pastillas... si no podía parar, si los días malos se hacían más frecuentes...
Cerré los ojos, intentando apartar esos pensamientos. Pero la verdad era que no podía ignorar esa posibilidad. Amaba a Mary, y ese amor traía consigo una preocupación constante. La necesitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero con cada paso que daba hacia ella, sentía que me acercaba al borde de un precipicio.
Solté un suspiro, mirando la foto una vez más.
—No voy a perderte —murmuré, casi como una promesa silenciosa, aunque no estaba seguro de poder cumplirla.
Justo en ese momento, el agua de la ducha se detuvo, y volví a la realidad.
Habíamos quedado en encontrarnos en el evento. Mary, como siempre, no estaba demasiado emocionada por ir. Nunca había sido fan de este tipo de reuniones, los eventos caritativos, las formalidades. Era más del tipo que prefería la comodidad de un lugar tranquilo, tal vez un café viejo y una buena conversación. Pero, por alguna razón, había aceptado esta vez. Quizás para apoyarme, para compartir algo distinto conmigo.
Yo ya estaba dentro, intentando parecer lo más sereno posible mientras miraba de reojo el reloj. Me había puesto un traje sencillo, aunque ese maldito alzacuello empezaba a incomodarme más de lo habitual. No era solo el evento, ni las personas que venían a estrecharme la mano como si yo tuviera las respuestas a todos sus problemas. Era ella, era saber que en cuanto entrara, todo cambiaría. Me iba a costar demasiado no sonreír como un idiota, no mirarla como si fuera lo único que importaba en ese salón.
Entonces la vi. Entró con esa mezcla de elegancia y sencillez que era tan propia de ella. Un vestido n***o, sencillo pero perfecto. Su cabello suelto, ondulado, cayendo sobre sus hombros, dándole un aire de libertad en un lugar donde todo se sentía rígido y encorsetado. Sus ojos tímidos, casi nerviosos, recorrieron la sala hasta encontrarme.
Mary sonrió, una sonrisa apenas perceptible, pero que yo capté al instante. Sabía que no era el lugar donde ella quería estar, pero estaba allí por mí. Por nosotros.
Respiré hondo y me acerqué a ella, intentando controlar los latidos acelerados de mi corazón.
—Viniste —dije, con una sonrisa que no pude ocultar del todo.
—Sabes que odio estas cosas —respondió con un tono irónico, aunque sus ojos brillaban de un modo que me decía que estaba feliz de verme.
—Lo sé. Pero te ves hermosa.
Ella desvió la mirada, tímida, y soltó una pequeña risa.
—Bueno, tú tampoco te ves tan mal, aunque ese collar blanco... —dijo, señalando el alzacuello.
Sonreí, inclinándome un poco hacia ella.
—Te prometo que me lo quitaría si pudiera.
— Quizás deberías — respondió Mary con una media sonrisa, siempre usando ese tono irónico que me volvía loco.
Estaba tan cerca de ella que podía sentir su perfume, una mezcla de flores suaves que me relajaba tanto como me ponía nervioso. Quería besarla. Solo eso. Pero allí, rodeados de gente, me di cuenta de lo difícil que sería pasar el resto de la noche sin hacerlo.
— ¿Quieres algo de beber? — intenté desviar el tema, buscando en mi cabeza algo para distraerme.
Mary miró alrededor, con ese aire relajado que intentaba transmitir, aunque yo sabía que no estaba del todo cómoda.
— ¿Tienes algo fuerte?
Reí en voz baja.
— Lo más fuerte que puedo ofrecerte aquí es una copa de vino.
La noche avanzaba y, como era de esperarse, las sonrisas y saludos no dejaban de llegar. No había un solo minuto en el que no estuviera rodeado de personas, todas fingiendo que me conocían mejor de lo que realmente lo hacían. Me sonreían, me aplaudían, y yo hacía lo posible por mantener la compostura, por no dejar que mi mente divagara hacia lo que realmente quería: salir corriendo de ahí, con ella.
—Padre Jensen, qué gran labor la suya con los jóvenes —me decía una mujer con un vestido azul brillante, mientras yo asentía automáticamente.
—Hacemos lo que podemos —respondí con una sonrisa cansada.
Mis ojos vagaron, incapaces de quedarse quietos, y entonces la vi. Al otro lado del salón, estaba Mary, riendo con dos hombres que parecían mucho más interesados en ella que en cualquier otra cosa. Los celos se extendieron como una tormenta que crecía dentro de mí. Era irracional, lo sabía, pero no podía evitarlo. Era como si cada vez que la veía con alguien más, la idea de perderla me golpeara con más fuerza.
Traté de concentrarme en la conversación a mi alrededor, pero no podía apartar la mirada de ella. Uno de los hombres le tocó el brazo de manera casual, demasiado casual. Sentí que mis manos se apretaban, pero no podía hacer nada, no aquí, no ahora.
Todo mi ser estaba enfocado en Mary, en cómo su cabello caía sobre sus hombros, en cómo sus ojos brillaban bajo la tenue luz del salón. La forma en que su risa resonaba, esa risa que normalmente era mía, ahora era compartida con otros.
El hombre a su lado, un tipo alto con el cabello oscuro y un traje ajustado, le sonreía con una confianza irritante. Mi estómago se retorcía al ver cómo se inclinaba un poco más cerca de ella, hablándole con una sonrisa pícara en los labios. El otro, de cabello canoso, reía, aparentemente encantado por su presencia. Mary se veía incómoda, pero aún así sonreía, siempre cortés, siempre buscando encajar, aunque sabía que odiaba ese tipo de eventos. Había venido por mí, lo sabía. Pero ahora, verla así, hablando con esos hombres como si yo no estuviera ahí, encendía algo en mí que luchaba por mantener bajo control.
—Padre Jensen, ¿está todo bien? —una voz femenina me sacó de mis pensamientos, una de las feligresas que llevaba años asistiendo a la iglesia, mirándome con cierta preocupación.
Forcé una sonrisa, como lo hacía siempre, mientras mis pensamientos seguían atrapados en la imagen de Mary.
—Sí, claro, todo bien —respondí automáticamente, aunque mi mente ya no estaba aquí.
Mis manos temblaban ligeramente, y metí una en el bolsillo de mi pantalón, intentando mantener la compostura. Me dolía el cuello con la presión de la cinta blanca, esa pequeña franja de tela que parecía asfixiarme cada vez que recordaba lo que significaba. Ser el anfitrión en la gala de la iglesia significaba ser el ejemplo, el rostro de la bondad y la rectitud, pero en ese momento no me sentía ni una cosa ni la otra.
Volví a buscar a Mary con la mirada. Uno de los hombres había apoyado su mano sobre la parte baja de su espalda, demasiado cerca, demasiado íntimo. Mi mandíbula se tensó, y me costó mantenerme en mi lugar, luchando contra el deseo de ir allí y apartarlo de un golpe. Pero, ¿qué podía hacer? No podía correr hacia ella y reclamarla como mía frente a todos. No tenía ese derecho, ni aquí ni en ningún otro lugar, aunque lo quisiera con todo mi ser.
Mary lanzó una mirada rápida en mi dirección, y nuestras miradas se encontraron por un breve instante. Su sonrisa se desvaneció, como si hubiera sentido el peso de mis pensamientos. Desvió la mirada, incomoda, y algo en su rostro me dijo que tampoco estaba disfrutando esa conversación. Pero, ¿qué podía hacer yo? No podía ir corriendo a su lado, no podía pedirle que dejara todo para estar conmigo. No aquí, no con esa maldita cinta blanca alrededor de mi cuello que me recordaba lo que estaba perdiendo con cada día que pasaba.
Intenté volver a la conversación a mi alrededor, pero ya no podía concentrarme. Las voces eran sólo un murmullo distante. Todo lo que veía era a ella, a Mary, y a esos hombres que no la conocían realmente, que no sabían lo que le gustaba, lo que la hacía reír, o lo que le quitaba el sueño. No sabían cómo su risa podía llenar una habitación de vida, cómo su vulnerabilidad la hacía aún más hermosa.
Y entonces, en ese breve lapso en el que nuestras miradas se cruzaron una vez más, me di cuenta de que ella también me estaba buscando.
Mary se despidió de los hombres con una sonrisa educada, y aunque no dijo nada, sus pasos hacia mí lo dijeron todo. Me acerqué un poco al grupo que me rodeaba, intentando no parecer demasiado obvio mientras la seguía con la mirada. El salón estaba lleno de gente, y cada paso que daba parecía detener el tiempo. Sabía lo que iba a hacer, lo conocía en cada uno de sus gestos, esa manera que tenía de salirse con la suya, incluso en un lugar como este.
Cuando llegó a mi lado, no me dio tiempo para prepararme. Se inclinó con la naturalidad de quien está acostumbrada a jugar con los límites y me saludó con un beso suave, apenas un roce, en la comisura de mis labios. Mi cuerpo se tensó de inmediato, el aire se me escapó por un segundo, y me quedé quieto, como si todo en mí temiera que alguien hubiera visto ese gesto. Mis manos temblaban, y sentí el calor subir por mi cuello, esa mezcla de deseo y culpa que siempre me invadía cuando Mary rompía esas reglas invisibles que yo intentaba tanto mantener.
—Padre, ¿podemos hablar un momento? —dijo en un tono suave, fingiendo ser una más del grupo.
Mis ojos la buscaron, y todo en mí quería atraparla ahí mismo, llevarla a un lugar donde nadie pudiera interrumpirnos. Quería besarla hasta borrar cualquier trazo de sensatez en mi mente. Pero, en cambio, forzando una sonrisa ante los demás, me disculpé.
—Un momento, por favor —dije, inclinando la cabeza hacia el pequeño grupo de feligreses, sin darles más explicación.
Ella caminó delante de mí, guiándome con esa calma que sólo ella podía mantener, sabiendo que yo estaba ardiendo por dentro. La seguí, con el corazón latiendo en mis oídos, hasta la parte trasera de la iglesia. El bullicio del evento se fue apagando a medida que nos alejábamos, hasta que finalmente llegamos al pequeño patio trasero, un lugar tranquilo, reservado. Un sitio que conocía demasiado bien.
El aire fresco de la noche me golpeó la cara cuando cruzamos la puerta. La luna colgaba sobre nuestras cabezas, brillando débilmente entre las ramas de los árboles. El silencio en el patio era casi sagrado, un contraste brutal con la tensión que había acumulado en mí desde el momento en que la vi entrar en el salón.
Mary se apoyó en la pared, cruzando los brazos, pero su mirada no se apartó de la mía. Durante un segundo, no dijimos nada. El silencio se volvió pesado entre nosotros, cargado de palabras que no habíamos dicho, de emociones que nos envolvían y que no podíamos compartir allí, en medio de una iglesia.
—No deberías hacer eso —le dije finalmente, mi voz ronca, intentando mantener el control.
—¿Hacer qué? —preguntó, su sonrisa pícara se asomaba por el borde de sus labios.
—Sabes muy bien de qué hablo, Mary —miro hacia la puerta, asegurándome de que nadie nos había seguido—. Esto... No es el lugar.
Ella se rió suavemente, pero no se movió. El brillo en sus ojos me decía que estaba disfrutando de cada segundo.
—Pero lo es, Jensen. Es el único lugar donde puedo verte sin todo ese... teatro. Donde eres tú.
Su voz era suave, pero lo que decía me golpeaba con fuerza. Ella tenía razón. Este lugar, en teoría, debería haber sido el más seguro, el más sagrado. Pero no lo era. No para nosotros. No cuando todo lo que quería era llevarla conmigo, lejos de todos, lejos de este mundo que nos juzgaba.
Me acerqué a ella, demasiado rápido. Mis manos, antes temblorosas, encontraron su rostro, sosteniéndolo entre mis palmas, acariciando la piel suave de sus mejillas. Quería besarla, Dios, cómo quería besarla. Pero me detuve a un suspiro de sus labios, el agua aún caía en la distancia, como un eco. Y entonces lo supe: si daba un paso más, no podría volver atrás.
—Mary... —le susurré, con un tono que era mitad súplica, mitad advertencia—. Si seguimos así...
Ella se inclinó hacia mí, ignorando las palabras, y en ese momento todo lo demás desapareció. No había iglesia, ni evento, ni promesas rotas. Sólo estábamos nosotros, en un rincón oscuro, al borde de lo prohibido.
—Estoy aquí contigo —dijo, sus dedos acariciando suavemente mi cuello—. Sólo contigo.
Mis labios encontraron los suyos antes de que pudiera detenerme. Fue un beso desesperado, lleno de todo lo que habíamos evitado decir, todo lo que había quedado en suspenso en esa sala llena de gente.
Mis labios sobre los suyos desataron algo dentro de mí que llevaba demasiado tiempo retenido. Todo lo que había intentado ocultar, las miradas furtivas, las sonrisas tímidas, el deseo contenido bajo la sotana y las palabras medidas, explotaron en ese instante. La suavidad de sus labios, el calor de su cuerpo pegado al mío... todo eso me atravesó como un golpe. Mi cuerpo se movía por instinto, respondiendo a esa conexión intensa que solo ella podía generar.
Mis manos bajaron de su rostro hasta sus caderas, atrayéndola más hacia mí, eliminando cualquier espacio entre nosotros. La sentía completamente, su respiración acelerada, el latido de su corazón sincronizado con el mío. Mi mente trataba de aferrarse a un último rastro de cordura, a esa pequeña voz que me recordaba que estábamos en la parte trasera de una iglesia, en pleno evento, que cualquiera podía aparecer. Pero esa voz se desvanecía rápidamente, aplastada por el peso de la emoción y el deseo.
—Jensen... —murmuró ella contra mis labios, apenas separándose lo suficiente para respirar.
El sonido de mi nombre en su boca fue suficiente para que todo lo demás se borrara. La atraje aún más, con una intensidad que ni siquiera sabía que podía tener. Quería todo de ella, cada suspiro, cada movimiento, cada mirada. La necesidad era abrumadora, como si toda la lucha interna que había reprimido durante semanas estuviera finalmente liberándose.
—Mary... —susurré, mi voz rota entre el deseo y el remordimiento—. No puedo... no aquí.
Pero incluso mientras decía esas palabras, mis manos seguían recorriendo su cuerpo, subiendo por su espalda, sintiendo cada curva bajo mis dedos. Ella soltó un pequeño suspiro, como si esas palabras no importaran, como si supiera que, en el fondo, no podría detenerme.
—No importa el lugar —dijo, con una sonrisa que era al mismo tiempo dulce y peligrosa—. Somos solo tú y yo.
Sus palabras, esa certeza que había en su tono, me hicieron tambalear. Ella siempre tenía esa forma de convertir todo en algo inevitable, como si estuviera destinado a pasar, como si no tuviéramos elección. Y quizás no la teníamos. Quizás esto era lo que había estado esperando todo este tiempo, lo que ambos sabíamos que llegaría.
Mis labios volvieron a los suyos con más fuerza esta vez. Ya no había delicadeza, ni espacio para dudas. Era un beso profundo, hambriento, como si estuviéramos robando cada segundo del tiempo que no nos correspondía.
Mis manos empezaron a deslizarse bajo su vestido, sintiendo la suavidad de su piel, mientras ella arqueaba el cuerpo hacia mí, buscando más contacto, más de todo. Sus suspiros entrecortados eran un eco de los míos, y cada vez que me acercaba más, el deseo de seguir superaba cualquier vestigio de culpa.
—No puedo parar —le confesé, mi frente apoyada contra la suya, mi respiración entrecortada—. No quiero parar.
Ella sonrió, esa sonrisa traviesa que siempre me hacía perder el control, y sus dedos acariciaron mi rostro con ternura.
—Entonces no lo hagas —dijo simplemente.
Y en ese momento, supe que todo lo que había creído sobre el control, sobre las reglas, ya no existía.
El vestido n***o de Mary se alzaba suavemente mientras mis manos recorrían la tela, subiéndola hasta sentir su piel cálida contra mis dedos. El contraste entre la frialdad de la pared y el calor de su cuerpo parecía intensificar todo. Su respiración se hacía cada vez más pesada, igual que la mía. Cada centímetro que recorría con mis manos, cada botón desabrochado y cada beso furtivo a su cuello aumentaba esa sensación de que nada más importaba.
Ella se aferraba a mi camisa, tirando de mí con la misma urgencia. La suavidad de su piel bajo mis dedos era una invitación imposible de rechazar. Nos movimos sincronizados, como si nuestros cuerpos hubieran estado esperando este momento desde siempre. El vestido ya no era más que una barrera insignificante, algo que se deslizaba por su cuerpo y que eliminé rápidamente, dejando expuesta su figura.
Su espalda arqueada contra la pared, sus labios entreabiertos y el susurro de mi nombre entre respiraciones aceleradas. Estaba completamente atrapado en ella, en cómo se movía, en cómo reaccionaba a cada toque. No había vuelta atrás.
El vestido, ahora a la altura de su cadera, se convertía en una segunda piel que no estorbaba, pero tampoco ocultaba lo que ambos queríamos.
El deseo era incontrolable, intenso. Sentía sus manos enredadas en mi cabello, su respiración entrecortada en mi oído, mientras el sonido de nuestras pieles encontrándose resonaba en ese pequeño patio. Cada movimiento era como un latido compartido, una confirmación de todo lo que habíamos estado conteniendo durante tanto tiempo.
Nuestros cuerpos se movían al unísono, sin frenos, sin reglas. Todo lo que había sido contención se había transformado en algo voraz. Sentía su piel, su calor, el ritmo de su cuerpo respondiendo al mío, mientras mis manos la aferraban con fuerza, buscando más de ella, más de este momento que parecía detener el tiempo.
—Jensen... —gimió ella, apenas un susurro, su voz cargada de todo lo que no se había dicho, de toda la tensión acumulada.
Mi nombre en sus labios fue la chispa que encendió todo. La intensidad crecía a cada segundo, y por primera vez en mucho tiempo, dejé de pensar.