Mi reflejo me devolvía una sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo, esa sonrisa era real. El carmín en mis labios ya no estaba corrido, y aunque no me importaba demasiado cómo lucía, me gustaba pensar que él, Jensen, lo notaría. Me sentía completa, ligera, como si los fantasmas que solían acompañarme en cada rincón de mi mente se hubieran desvanecido. Él lo había logrado, había encontrado la manera de hacerme olvidar, de silenciar las voces que me empujaban al borde del abismo.
Salí del baño, buscando de inmediato a Jensen con la mirada, deseando ver su sonrisa al otro lado del salón. Pero lo que encontré hizo que el aire se atascara en mis pulmones. Allí estaba él, hablando con Eric.
Mis pies se congelaron, el frío recorriendo mi columna. No podía entender cómo, ni por qué, pero allí estaba Eric, como si nada hubiera pasado, como si todo lo que había hecho no hubiera dejado cicatrices en mí. Y lo peor, estaba junto a Jensen. Parecían... ¿amigos? Una conversación casual, de esas que se ven desde lejos y parecen inofensivas. Pero sabía que no lo era.
El aire en el salón se hizo espeso de repente, y aunque la música seguía, y la gente a nuestro alrededor continuaba en sus conversaciones triviales, yo solo podía concentrarme en ellos. Eric sonreía, un gesto que siempre había detestado, porque detrás de esa sonrisa siempre había una intención retorcida. Mis manos temblaron un poco, pero respiré hondo, tratando de mantenerme firme.
Cuando Eric finalmente se marchó, Jensen quedó solo, con la copa de vino en la mano. Sus dedos estaban tensos, apretando el cristal como si quisiera romperlo. Su rostro no tenía la calidez de antes. La alegría en sus ojos había desaparecido, y en su lugar había una sombra de preocupación, de algo que no entendía pero que me asustaba.
Me acerqué, con cuidado, como si acercarme demasiado rápido pudiera desencadenar algo que prefería no enfrentar. —¿Qué pasó? —le pregunté, pero no respondió de inmediato. En su mirada había algo roto, algo que Eric había dejado tras de sí.
Jensen levantó la vista cuando me acerqué, pero su expresión no cambió. Su sonrisa era pequeña, casi forzada. No era la sonrisa cálida y genuina que me había acostumbrado a ver en él. Me acerqué más, lo suficiente como para notar la tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos seguían apretando la copa de vino. Parecía que, en cualquier momento, podría hacerse añicos entre sus manos.
—¿Qué pasó? —repetí, buscando sus ojos, tratando de entender qué había dicho Eric para ponerlo así. Pero Jensen simplemente sacudió la cabeza, como si intentara sacarse de encima el peso de la conversación.
—Nada importante —respondió, con una voz más tranquila de lo que parecía sentir. Soltó la copa, dejándola sobre una mesa cercana, y luego volvió a sonreírme, pero esa sonrisa no me convenció. —Me molestó un poco, pero... está todo bien, de verdad.
Podía ver la grieta en su fachada. Esa sonrisa, esa mirada, no encajaban con el hombre que había estado tan feliz minutos antes. Algo en lo que Eric le había dicho lo estaba carcomiendo por dentro, y aunque intentaba esconderlo, yo lo sentía.
—¿Seguro? —insistí, sin quitarle los ojos de encima. Quería que fuera honesto conmigo, que me dijera la verdad, porque sabía que fuera lo que fuera, no estaba bien. Pero Jensen evitó mi mirada por un momento, tragando saliva antes de volver a mirarme.
—Sí, Mary, de verdad —repitió, esta vez más firme, como si quisiera convencerme de que no debía preocuparme. —No vale la pena que hablemos de él. No aquí. —Su mano buscó la mía, entrelazando nuestros dedos con suavidad. —Esta noche es nuestra. No voy a dejar que Eric lo arruine.
Asentí, pero la duda seguía ahí, instalada en mi pecho. No estaba segura de que me estuviera diciendo toda la verdad. Me aferré a su mano, buscando en sus ojos algo más, algo que me asegurara que, en efecto, todo estaba bien. Pero lo único que encontré fue un velo de preocupación.
Cuando la fiesta terminó, la tensión seguía en el aire. Jensen intentó disimularla con esa sonrisa que parecía haber rehecho, pero no era suficiente. Lo conocía demasiado bien como para creer que Eric no lo había afectado. Mientras la gente se iba, y algunos se quedaban ayudando a limpiar, Jensen se acercó a mí con las llaves en la mano.
—Te llevo a casa —me dijo con una calma medida, casi como si ya estuviera agotado mentalmente de todo el día. Su tono, aunque amable, tenía un filo de distancia que me dolió. —Pero no podré quedarme... tengo que volver para ayudar con algunas cosas.
Lo miré, sorprendida. No era algo que me esperaba después de la conexión que habíamos tenido antes del evento. Me sentía tan cerca de él, tan involucrada en su mundo. Ahora, de repente, me estaba apartando.
—Puedo quedarme y ayudarte —sugerí, tratando de no sonar desesperada. Quería estar con él, apoyarlo, ser parte de lo que fuera que estaba pasando en su vida. —No me molesta, puedo ayudar a limpiar o lo que sea que necesiten.
Pero Jensen negó con la cabeza antes de que terminara de hablar, cortándome suavemente.
—No es necesario, Mary. Es... solo cosas de la iglesia. Lo tenemos controlado. —Sus palabras eran firmes, pero su mirada no me dejaba entrar del todo. —Es mejor que te lleve a casa, estarás más cómoda.
Algo en su tono me hizo sentir pequeña, como si estuviera interfiriendo en algo que no me correspondía. Quise insistir, pero no quería forzar la situación. Asentí lentamente, sin decir más, y seguimos caminando hacia su coche.
El trayecto de regreso fue silencioso. Jensen mantuvo la mirada fija en la carretera, sus manos apretadas en el volante. Yo, por mi parte, no podía dejar de observarlo de reojo, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza. Intenté hablar varias veces, pero cada palabra parecía quedarse atascada en mi garganta. No quería forzarlo, no quería presionarlo... pero tampoco podía ignorar la distancia que se había creado entre nosotros de la nada.
El motor del coche zumbaba suavemente mientras avanzábamos por las calles desiertas, pero el silencio entre nosotros era ensordecedor.
Aquel silencio se hacía cada vez más insoportable. Cada tanto miraba por la ventana, las luces de la ciudad pasando como un recuerdo borroso. Quería decir algo, pero no sabía por dónde empezar. Finalmente, cuando ya no aguanté más, rompí el silencio.
—¿Estás seguro de que todo está bien? —pregunté, mi voz sonando más débil de lo que esperaba. Lo miré, esperando que me dijera la verdad, que rompiera esa barrera que había levantado desde que Eric apareció.
Jensen soltó un suspiro, uno largo, como si hubiera estado reteniéndolo todo este tiempo.
—Sí, Mary, estoy bien. —Hizo una pausa, pero luego apretó más el volante, sus nudillos blancos bajo la luz tenue del coche. —Es solo... —Su voz se apagó por un momento, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. —Eric es una complicación que no esperaba. Eso es todo.
Sabía que había algo más, algo que no estaba diciendo. Eric no era simplemente una "complicación". Lo había visto en los ojos de Jensen cuando lo miraba, la tensión en su mandíbula cuando intercambiaban palabras. Algo más profundo estaba sucediendo, algo que lo afectaba de una manera que él no quería admitir.
—Si es una complicación, puedo quedarme —insistí suavemente. No quería forzarme en su vida, pero sentía que si me alejaba ahora, estaría perdiéndolo, perdiendo algo importante. —Puedo estar ahí para ti.
Jensen sacudió la cabeza de nuevo, sin apartar la vista de la carretera.
—No, no quiero que te involucres en esto —respondió, su voz más firme esta vez. —Esto... esto es algo que tengo que manejar yo.
Mi corazón se hundió un poco al escuchar esas palabras. Sabía que estaba protegiéndome, o al menos eso pensaba él, pero dolía. Dolía que no pudiera dejarme ser parte de lo que estaba pasando, que no confiara en mí lo suficiente para compartirlo.
El resto del camino fue aún más silencioso. Ni siquiera intenté volver a hablar, no después de eso. Me quedé mirando por la ventana, escuchando el suave murmullo del motor mientras nos acercábamos a mi apartamento.
Cuando finalmente llegamos, el coche se detuvo frente a mi edificio, y él se quedó quieto por un momento antes de apagar el motor. Ambos sabíamos que este era un momento incómodo, pero ninguno de los dos quería admitirlo.
—Gracias por llevarme —dije suavemente, intentando sonreír, aunque no alcanzaba mis ojos.
Jensen me miró entonces, sus ojos suavizados por el cansancio y algo más que no podía identificar. Asintió, y luego, sin decir nada, se inclinó hacia mí y me dio un beso suave en la frente.
—Nos vemos luego —dijo, con una voz que sonaba demasiado formal para nosotros.
Salí del coche y me dirigí a mi puerta, sintiendo su mirada en mi espalda. Cuando entré al edificio y la puerta se cerró detrás de mí, me quedé ahí, en la oscuridad del pasillo, con el corazón pesado y una sensación de que algo entre nosotros había cambiado, y no sabía cómo solucionarlo.
(...)
Era el quinto día sin Jensen, y no podía soportarlo más. Sentía que me faltaba el aire, como si el peso de su ausencia me aplastara el pecho cada vez que intentaba respirar. Habíamos quedado en dejarle espacio para pensar, para procesar todo lo que había pasado. Yo lo entendía, al menos eso me repetía para convencerme a mí misma. Sabía que la situación era complicada, que lo que habíamos hecho no era cualquier cosa, pero me dolía. Me dolía que me alejara.
Todas las noches, después de que dejábamos de hablar por teléfono, me quedaba despierta, preguntándome si realmente lo vería otra vez o si, con el tiempo, simplemente dejaría de responder. Esa idea me daba vueltas y vueltas, hasta que me hacía temblar. Era como si, de repente, mi vida volviera a perder el rumbo, como si volviera a estar en la oscuridad sin su mano para guiarme.
Cada vez que escuchaba el teléfono vibrar, me ilusionaba, pensando que sería él. Pero no era. Siempre era algo sin importancia. Noticias, promociones, cualquier cosa menos su nombre en la pantalla.
Me dolía admitirlo, pero lo necesitaba. Quería verlo, quería que me dijera qué iba a pasar. No podía seguir esperando sin saber. Si me iba a abandonar, lo prefería de una vez. Casi sentía que el dolor sería más soportable si solo me lo dijera, si solo confirmara lo que ya temía en el fondo.
"Tal vez necesita más tiempo", pensaba. Pero cada día que pasaba, cada día sin él, me arrancaba un pedazo de mí misma.
El dolor de cabeza era constante. Una presión sorda que no se iba, y mientras más pensaba en Jensen, más fuerte se volvía. Era como si cada latido recordara que él no estaba aquí, que se estaba alejando. Mis ojos se deslizaban, casi sin querer, hacia el frasco de calmantes sobre la mesita de noche. Había dejado de tomarlos hace un tiempo, por él. Jensen era mi paz, mi refugio, la razón por la que no sentía la necesidad de ahogar mis pensamientos en pastillas. Pero ahora... ahora todo era un caos.
Me odiaba por pensar siquiera en eso. Lo habíamos hablado tantas veces. Sabía que recurrir a las pastillas no era la solución, que solo empeoraría las cosas. Pero el dolor no se iba, y mi cabeza seguía dándole vueltas a las mismas preguntas, una y otra vez.
¿Y si nunca lo vuelvo a ver?
Esa era la que más me torturaba. No saber. No saber si él me había dejado ya, si estaba pensando en cómo decirme que todo había sido un error. Cada vez que intentaba llamarlo, mi mano temblaba, y al final siempre me detenía. Sabía que si lo presionaba, si le exigía respuestas, lo perdería más rápido.
¿Y si esto es el final?
La idea de perderlo me hacía sentir enferma. Era como si alguien me arrancara las entrañas con cada pensamiento. Sabía que no debía, que debía ser fuerte, pero ya no me quedaban fuerzas. A veces me sorprendía a mí misma mirándome en el espejo, buscando signos de debilidad en mi propio rostro. Las ojeras marcadas, la piel opaca, el brillo en mis ojos que se apagaba lentamente.
El frasco de pastillas seguía ahí.
Era tan fácil. Solo una, tal vez dos. Aliviaría el dolor de cabeza, solo eso. Me hacía esta promesa, aunque sabía que era una mentira. No se trataba solo del dolor físico. Era el vacío, el miedo, la incertidumbre. Todo mezclado en un solo nudo de ansiedad que me ahogaba.
¿Jensen sigue pensando en mí? ¿O ya se ha rendido?
Lo peor era que ni siquiera podía enojarme con él. Sabía que estaba luchando, igual que yo. Que lo que sentía por mí lo estaba rompiendo por dentro, igual que me estaba rompiendo a mí. Pero no podía soportarlo más. No podía seguir esperando en esta incertidumbre, con la sombra de los calmantes acechando en cada esquina de mi mente, como una solución tentadora y peligrosa.
Mi mano se estiró, casi de manera automática, hacia el frasco. Lo sostuve en mi mano, sintiendo el frío del plástico. Solo una. Solo para pasar este momento.
El calor del alcohol mezclado con las pastillas me quemaba la garganta, pero no importaba. No importaba nada en ese momento, excepto el vacío que sentía. El dolor de cabeza seguía ahí, pero ahora era más difuso, como si se escondiera detrás de un velo, esperando volver cuando las pastillas dejaran de hacer efecto. Sabía que era una mala idea, pero no me importaba. Había dejado de importarme todo.
El teléfono temblaba en mi mano mientras marcaba su número. No estaba pensando, solo reaccionaba. Cuando su voz contestó al otro lado, fue como si algo dentro de mí se rompiera de nuevo.
—Jensen... —Mi voz salió más débil de lo que esperaba, y de inmediato sentí las lágrimas quemándome los ojos. No podía detenerlas—. No puedo... no puedo más.
Hubo un silencio breve, y luego su voz, siempre tan calmada, tan preocupada, me atravesó.
—Mary, ¿qué pasa? ¿Dónde estás?
Me mordí el labio, odiando lo que estaba a punto de decirle. Odiando lo que me había convertido. Porque en ese momento, me di cuenta de la verdad que siempre había estado evitando: no era solo las pastillas. Me había vuelto adicta a él. A la calma que traía a mi vida, a la manera en que llenaba el vacío que las pastillas no podían. Y ahora que él no estaba, no podía soportarlo. Había reemplazado una adicción por otra, y me odiaba por ello.
—Lo arruiné, Jensen. Lo arruiné todo. —Mi voz se quebró, y un sollozo desgarrador escapó de mis labios—. Tomé las pastillas... las mezclé con... alcohol. No puedo... no puedo hacer esto sin ti. No puedo vivir sin ti.
Escuché su respiración acelerarse al otro lado. Estaba asustado. Lo sabía. Pero no podía detenerme. Las palabras salían, incontrolables, como si hubieran estado esperando demasiado tiempo para ser dichas.
—Te necesito. No me doy cuenta de cuánto hasta que no estás aquí. —Me reí, pero el sonido salió roto, casi amargo—. No sé si te amo... o si solo amo cómo me haces sentir segura. No lo sé, Jensen. No sé qué es real.
—Voy para allá, Mary —respondió él rápidamente, su voz urgente—. No hagas nada más, ¿me escuchas? Solo... quédate donde estás. Ya voy.
Colgué el teléfono y lo dejé caer sobre la cama. Sentía un hormigueo en mi cuerpo, la combinación de las pastillas y el alcohol jugando con mis sentidos, nublando mi juicio. Me odiaba por lo que acababa de hacer, por haberle llamado, por haberle hecho responsable de mi desastre una vez más.
Me recosté, con la mente enredada en una maraña de dudas, emociones y desesperación, preguntándome si alguna vez sería suficiente. Si alguna vez podría dejar de depender de alguien más para llenar el vacío.
Cuando Jensen llegó, no tuve tiempo de reaccionar. Me sentía adormecida, los efectos de las pastillas comenzaban a hacer lo suyo, y aunque mi cuerpo estaba cada vez más pesado, intenté parecer tranquila. Sabía que lo había preocupado con la llamada, pero no había medido lo mal que me encontraba hasta que lo vi parado frente a mí.
Lo observé mientras cerraba la puerta tras de sí, su rostro tenso pero sus ojos llenos de preocupación. En ese momento, lo único que sentí fue alivio de que estuviera allí. Lo necesitaba, más de lo que me gustaría admitir.
—Mary... —dijo suavemente, caminando hacia mí, con esa mezcla de cariño y angustia que siempre me hacía sentir culpable. Sus dedos acariciaron mi rostro, limpiando una lágrima que ni siquiera había notado que caía—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?
Intenté sonreír, como si todo fuera un malentendido, como si no estuviera a punto de perder el control de mi vida otra vez.
—Estoy bien, Jensen —mentí, apartando la mirada—. Sólo... no me sentía bien y te llamé. No es nada.
Su mirada se oscureció un poco, no se tragaba la mentira, pero no dijo nada al principio. Me observó en silencio, como si intentara descifrar cada uno de mis gestos.
—Sabes que no tienes que pasar por esto sola, ¿verdad? —me dijo con voz suave, y sentí una punzada de culpa atravesar mi pecho. Claro que lo sabía, pero no podía evitar hacerlo. No podía evitar sentir que estaba sola la mayor parte del tiempo.
Lo miré a los ojos y asentí, pero en el fondo, sabía que no era cierto. Sabía que había tomado más pastillas de las que debería, sabía que no estaba bien. Pero lo único que podía hacer era intentar convencerme de que no había pasado nada grave.
—Ven aquí —me dijo, abrazándome con fuerza, como si quisiera protegerme del mundo. Por un momento, me dejé llevar, apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo su calor, su presencia. Y por un instante, todo estuvo bien.
Pero el momento no duró.
—¿Cuántas tomaste esta vez, Mary? —me preguntó en voz baja, y de repente, mi corazón empezó a acelerarse.
No respondí. No podía responder. Sabía que no sería la respuesta que él esperaba.
Se apartó un poco, lo suficiente para mirarme a los ojos. —Mary, ¿cuántas? —insistió, y sentí cómo la tensión comenzaba a colarse entre nosotros.
—No muchas —murmuré, sabiendo que no era suficiente para calmar su preocupación.
Él suspiró profundamente y se pasó una mano por el cabello, claramente frustrado. —Esto tiene que parar —dijo finalmente—. No puedes seguir tomando pastillas cada vez que te sientas mal.
—No lo hago siempre —contesté, aunque incluso a mí me sonó a excusa.
—Sí lo haces —replicó, su tono más cortante de lo que esperaba—. Y no puedo seguir ignorándolo.
Lo miré, sin saber qué decir. Él me miraba con esa mezcla de decepción y preocupación que tanto odiaba. Era como si cada vez que lo necesitaba, lo estaba fallando. Y lo peor es que probablemente tenía razón.
—Necesitas ayuda, Mary —dijo finalmente, sus palabras como un golpe en el estómago—. Tienes un problema. Esto no es normal.
Mi cuerpo se tensó de inmediato, la ira comenzando a arder en mi pecho.
—¿Qué estás diciendo? —le pregunté, mi voz temblando con incredulidad.
—Estoy diciendo que eres adicta —soltó, sin pensarlo, y fue como si el suelo se abriera bajo mis pies.
—¡No soy una adicta! —grité, alejándome de él de un golpe. La rabia me consumía—. ¿Cómo te atreves a decir eso?
—Mary, por favor, mírate. No es normal tomar pastillas cada vez que algo va mal. Estás dependiendo de ellas para sentirte mejor.
—¡No tienes idea de lo que estoy pasando! —le solté, mi voz llena de resentimiento—. Tú no tienes que vivir con esto. No tienes que lidiar con este vacío.
Él me miró, su expresión dolida. —Sé que estás pasando por un momento difícil, pero no puedes usar esto como una excusa cada vez que las cosas no salen como quieres. No puedes manipularme de esta manera.
La palabra "manipular" me golpeó como una bofetada. Me quedé sin aire por un segundo, incapaz de creer lo que acababa de decir.
—¿Manipularte? —repetí, incrédula—. ¿Eso es lo que piensas? ¿Que te estoy manipulando?
Él no respondió, pero su silencio lo decía todo. Y en ese momento, algo dentro de mí se rompió.
—¿Sabes qué? Si vas a dejarme, hazlo de una vez —dije, mi voz rota—. No puedo soportar esto más. Si te vas, entonces vete.
Jensen me miró, el dolor en su rostro palpable. —No quiero dejarte, Mary. Pero esto no puede seguir así.
—¡Entonces quédate! —le grité, las lágrimas corriendo libremente por mis mejillas—. ¡Quédate y ayúdame! No puedo hacerlo sola, Jensen.
Pero él simplemente negó con la cabeza. —No puedo salvarte, Mary. No soy lo que necesitas. Necesitas ayuda de verdad.
Esas palabras, "necesitas ayuda", fueron lo último que pude soportar. Me giré hacia él, la ira y el dolor llenando cada rincón de mi ser.
—No necesito a nadie que me diga qué hacer. No necesito que me salves —dije, mi voz temblando con una mezcla de rabia y desesperación—. Pensé que estarías aquí para mí, pero me equivoqué.
Y con eso, el abismo entre nosotros se hizo aún más profundo.
Jensen me miraba con los ojos llenos de una mezcla de preocupación y desesperación. Lo conocía bien. Sabía que me amaba, pero también sabía que había una parte de él que no podía soltar, una parte que siempre lo arrastraba de vuelta a su fe, a ese lugar en el que yo no tenía cabida. Y esa parte, aunque me doliera, me mantenía a distancia. Lo odiaba, pero también lo entendía. Era su forma de protegerse.
—Mary... —su voz sonaba rota, como si las palabras le dolieran tanto como a mí escucharlas—. No quiero verte así. No puedo soportar la idea de perderte.
Lo miré, sin saber qué responder. Había tomado demasiadas pastillas. Mi cabeza estaba nublada y las palabras se deslizaban como agua por mis dedos. No podía pensar con claridad. Solo sentía ese peso en mi pecho, ese vacío que ni siquiera Jensen podía llenar, aunque lo intentara.
—Te amo —dijo de nuevo, dando un paso hacia mí—. Pero también tengo miedo. Miedo de no poder ayudarte, de fallarte como fallé a David... y fallé a Dios.
Mis ojos se abrieron ante esa última confesión. Jensen rara vez hablaba de lo que sentía respecto a su fe, pero sabía que era algo que lo carcomía por dentro. Su relación con Dios, con sus votos, era tan profunda como su amor por mí, y ambos sabíamos que yo representaba una amenaza para esa conexión. Era como si estuviera tirando de él hacia un abismo que él no sabía si podría manejar.
—No puedo dejar el sacerdocio sin saber qué voy a hacer después —continuó, su voz llena de angustia—. No puedo lanzarme al vacío contigo sin tener nada a lo que aferrarme. Me duele decir esto, pero siento vergüenza. Vergüenza de haber fallado mis votos, de haberle fallado a Dios.
Esas palabras me golpearon en el pecho como un puñetazo. Era como si me estuviera diciendo, sin decirlo, que yo era su pecado. Que cada vez que me tocaba, cada vez que se permitía sentir algo por mí, se sentía sucio, fuera de lugar.
—Entonces ve —le dije con frialdad, mi voz seca, apenas un susurro—. Si soy tu mayor error, si te hago sentir como si fueras un fracaso, entonces vete.
No lo miré. No podía mirarlo. Sentí sus pasos retroceder, como si cada palabra que acababa de decir lo hubiera empujado un poco más lejos de mí. El silencio entre nosotros era denso, casi insoportable.
—No eres un error —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. Pero no sé cómo manejar esto. No sé cómo seguir con mi vida sin sentir que todo lo que construí, todo en lo que creía, se está desmoronando. Tú cambiaste mi vida, Mary... y no sé si eso es algo bueno o malo.
Mi corazón se hundió. ¿Cómo podía no saberlo? ¿Cómo podía dudar de lo que sentía por mí? Había dejado tanto en el camino por él, había dejado que él se convirtiera en mi todo, solo para que ahora me dijera que no sabía si yo era lo mejor o lo peor que le había pasado.
—¿Y qué hay de mí? —le pregunté, tratando de controlar el temblor en mi voz—. ¿Qué se supone que haga yo con esto? Me alejaste de las pastillas, me hiciste creer que podía ser feliz... y ahora simplemente me dices que necesitas tiempo, que no sabes si esto es lo correcto.
Mis palabras parecieron perforarlo. Lo vi tensarse, su mandíbula apretándose mientras intentaba procesar todo lo que le estaba diciendo.
—Necesito tiempo, Mary —repitió, su voz apenas un susurro—. Necesito saber qué hacer con todo esto, con lo que siento, con lo que me está pasando.
Lo miré fijamente. Sus palabras eran una daga clavada en lo más profundo de mi ser, porque sabía que el tiempo que pedía era una forma de alejarse. Una forma de protegerse de mí, de todo lo que representaba.
—¿Y mientras tanto? ¿Qué hago yo, Jensen? —pregunté, mi voz quebrándose—. ¿Qué hago yo mientras tú decides si quieres o no estar conmigo?
Él me miró, su rostro lleno de dolor, pero no dijo nada. No podía decir nada. Sabía que no había una respuesta fácil, pero eso no hacía que doliera menos.
El silencio entre nosotros creció hasta volverse insoportable. Sentí las lágrimas acumulándose en mis ojos, pero me negué a dejarlas caer. No quería que me viera tan débil, tan rota.
Entonces, sin previo aviso, el mareo golpeó con fuerza. Las pastillas. Había tomado demasiadas. No podía ni recordar cuántas eran, pero sentía cómo mi cuerpo comenzaba a ceder bajo su efecto. Mi visión se tornaba borrosa, y el suelo parecía moverse bajo mis pies.
Jensen me miró, y vi cómo su preocupación se transformaba en algo mucho más serio.
—¿Cuántas tomaste? —me preguntó, su voz cargada de alarma.
Intenté responder, pero mi garganta estaba seca. Mis piernas flaquearon, y si no hubiera sido por él, habría caído al suelo. Me sostuvo con fuerza, su preocupación palpable.
—¡Mary! —gritó, sacudiéndome con suavidad—. ¡Dios, dime que no tomaste más!
Pero yo no podía responder. Mi mente estaba nublada, y el mundo a mi alrededor comenzaba a desvanecerse. Apenas sentí cómo me levantaba y me llevaba hacia el sofá, su voz llena de pánico mientras me preguntaba cuántas pastillas había tomado.
Me odié a mí misma en ese momento. Odié mi debilidad, mi dependencia, odié que lo necesitara tanto. Y odié que, a pesar de todo, él estuviera allí, tratando de salvarme una vez más, aunque yo no mereciera su ayuda.
Porque, en el fondo, sabía que había perdido el control.