La encontré tirada en el sofá, su cuerpo inerte como si no hubiera nada dentro de ella. Mi corazón se detuvo por un segundo, el pánico me envolvió y me quedé paralizado frente a ella, incapaz de moverme. Mi boca se secó y mi respiración se aceleró hasta el punto de dolerme el pecho.
—Mary... —susurré, casi sin voz.
No respondió. Ni siquiera se movió.
Me arrodillé a su lado, sacudiendo su brazo, pero su cuerpo no reaccionaba. Su piel estaba fría, demasiado fría. La llamé más fuerte, con la voz quebrada por el miedo. Nada. Sus labios, pálidos, no emitían un sonido.
—¡Mary! —grité esta vez, temblando, el eco de su nombre rebotando por el pequeño apartamento vacío.
La levanté entre mis brazos, su cuerpo blando, su peso más liviano de lo que recordaba. Me faltaba el aire, mis manos temblaban tanto que casi la dejé caer. El miedo me envolvía como una niebla espesa, y el latido de mi corazón era lo único que podía escuchar. Cada segundo que pasaba era una tortura. Cada segundo que no reaccionaba, me arrancaba un pedazo de alma.
No podía perderla.
La llevé al auto, su cabeza ladeándose, sus brazos colgando a su lado como si fuera una muñeca rota. El coche apenas arrancó, mis manos temblaban tanto que tuve que forzarme a agarrar el volante con más fuerza. Las luces de la ciudad eran borrosas, los semáforos pasaban en ráfagas de colores, pero no veía nada más allá de ella. Estaba rota, tan rota, y yo... Dios, yo no podía arreglarla. ¿Cómo la dejé llegar hasta aquí?
El sonido de los neumáticos en el asfalto se mezclaba con mi respiración agitada. Sentía como si el aire no llegara a mis pulmones, como si algo me apretara el pecho con fuerza. Todo lo que podía hacer era conducir, apretar el acelerador y rogarle a Dios que no fuera demasiado tarde.
La carretera se alargaba frente a mí, interminable. Cada semáforo en rojo parecía una eternidad. Pasé todos. No me importaba. No podía pensar en otra cosa más que en ella. No podía perderla.
—Mary, aguanta, por favor... —susurré, aunque sabía que no podía escucharme. Sabía que no podía oírme, pero seguía hablando como si mis palabras pudieran devolverla a la vida.
Su cabeza cayó hacia un lado, su boca entreabierta. Un nudo enorme se formó en mi garganta. ¿Y si no despertaba? ¿Y si...?
No. No podía permitirme pensar en eso.
Cuando finalmente llegué al hospital, el tiempo se detuvo de nuevo. Todo se movía en cámara lenta, la puerta de urgencias abriéndose mientras yo la cargaba en mis brazos. Apenas podía escuchar las voces de los doctores que corrían hacia nosotros, todo era un eco lejano. Sus rostros se difuminaban y sus manos tiraban de ella, apartándola de mí. Quise gritar, pero mi voz se ahogó en mi garganta. El vacío que sentía en ese momento era insoportable. Me quedé allí, temblando, mirando cómo se la llevaban.
—Por favor... —susurré, pero no sabía a quién se lo decía. A los doctores. A Dios. A quien fuera que estuviera escuchando.
Vi su cuerpo desaparecer tras las puertas blancas y supe que ese momento, esa fracción de segundo, cambiaría todo.
Me desplomé en la silla más cercana, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies. Mis manos temblaban tanto que tuve que apretarlas en mis rodillas.
Fallé. Le fallé a ella, a mí mismo. Le fallé a Dios.
Había intentado protegerla, salvarla, pero cada decisión que tomé solo la empujó más hacia el abismo. ¿Cómo podía haber dejado que llegara tan lejos? Ella dependía de mí. Y yo, en mi propio miedo y confusión, la había dejado caer.
Los minutos se volvieron horas, o eso parecía. Los ruidos del hospital, las voces, el constante ir y venir de las camillas, todo era ruido de fondo, un zumbido que me perforaba los oídos. Y en mi cabeza solo podía repetir las mismas palabras, una y otra vez: *No la pierdas. No la pierdas.*
Me levanté y comencé a caminar de un lado a otro, como si de alguna manera eso pudiera acelerar el tiempo. Pero no. Seguía esperando, sin poder hacer nada más que pensar en todas las veces que pude haber hecho algo distinto. En todas las veces que ella había necesitado más de mí, y yo había dudado. Había temido. Había huido.
Cuando una enfermera finalmente salió a darme información, todo mi cuerpo se tensó, como si el peso del mundo se hubiera concentrado en ese momento.
—¿Está...? —ni siquiera pude terminar la pregunta. Mi voz se quebró antes de poder articular palabra.
La enfermera me miró con ojos compasivos.
—Está estable, pero tendremos que vigilarla de cerca. Tomó una cantidad peligrosa de medicamentos, y aún no sabemos si habrá algún daño.
Casi caí de rodillas cuando escuché esas palabras. Estable. Estaba viva.
Pero también sabía que no podía seguir así. Yo no podía seguir así. Esto no era lo que ella necesitaba. Ni lo que yo necesitaba.
La doctora me observó con detenimiento, sus ojos escrutando cada detalle de mi rostro, deteniéndose en la cinta clerical que aún llevaba puesta. Sabía lo que pensaba, lo veía en su expresión: un sacerdote con una joven inconsciente en el hospital a estas horas de la noche. Había una verdad incómoda en el aire, algo que no podía explicar con palabras sencillas. Sentía el peso de su juicio antes de que siquiera abriera la boca.
—¿Qué relación tiene usted con la paciente? —preguntó con voz firme pero curiosa, esperando una respuesta que no sabía cómo darle.
Me congelé. Las palabras se atascaban en mi garganta, un nudo apretado que no me dejaba respirar. ¿Qué era Mary para mí? ¿Cómo podía poner en palabras algo tan complejo, algo que yo mismo no terminaba de entender? No podía decirle la verdad. Ni siquiera sabía si yo entendía del todo esa verdad.
—Es... es mi amiga, —logré decir al fin, mi voz sonando extraña, distante incluso para mí. Tragué saliva. —Ella no tiene a nadie más.
La doctora me miró durante lo que pareció una eternidad, y luego asintió lentamente, aunque sus ojos no ocultaban su duda.
—Amiga, ¿eh? —dijo, casi con un toque de escepticismo, como si supiera que esa palabra no encapsulaba lo que realmente estaba pasando entre nosotros. —¿Sabe si esto fue un intento de suicidio?
Su pregunta me golpeó como un mazazo en el pecho. Me quedé sin aire, las luces del hospital pareciendo demasiado brillantes, casi cegadoras. El recuerdo de mi hermano me atravesó de golpe, ese mismo hospital, esas mismas luces, el mismo olor a desinfectante que quemaba las fosas nasales. El mismo miedo, la misma impotencia.
No podía. No podía enfrentar esa posibilidad de nuevo.
—No... no lo sé. —Mi voz sonaba distante, como si viniera de otra persona. —Ella... ha estado luchando. Pero no sé si quiso... no sé si esto fue intencional.
La doctora suspiró, un gesto que denotaba preocupación, pero también una cierta resignación.
—¿Lo ha hecho antes? —preguntó, sus ojos buscando los míos, esperando una verdad que no estaba preparado para confrontar.
—No de esta manera, —respondí, apretando los puños tan fuerte que mis nudillos se volvieron blancos. —Pero ha estado mal, sí. Ha... tenido problemas con las pastillas antes.
Cada pregunta me llevaba más y más profundo en un túnel oscuro, uno del que no sabía si podría salir. Estaba reviviendo cada conversación que había tenido con Mary, cada señal que ignoré, cada momento en el que su dolor era evidente y yo no supe qué hacer más que apartarme. Y ahora estábamos aquí. Otra vez.
—Ella necesita ayuda, de verdad —dijo la doctora finalmente, cortando el silencio pesado entre nosotros. —No puede seguir así. Si no la ayudamos ahora, si no toma una decisión, esto solo se va a poner peor.
Mis manos temblaban. Sabía que tenía razón. La doctora estaba diciendo lo que yo no quería admitir. Pero el terror de perderla, de verla caer aún más bajo, me paralizaba. Quería creer que podía salvarla yo mismo, que mi amor, mi fe, podrían sacarla del abismo en el que estaba. Pero no era suficiente. Y lo sabía.
—Ella no quiere eso. —Mi voz era apenas un susurro, casi una súplica. —No va a hacerlo voluntariamente.
La doctora me miró con comprensión, pero su mirada era firme.
—Si ella no está dispuesta a recibir ayuda por su cuenta, nosotros podemos derivarla a un centro especializado, pero no podemos retenerla. Queda en ella decidir si quiere quedarse y luchar o no.
Esas palabras me cayeron como una sentencia. La decisión no estaba en mis manos. Todo dependía de Mary, de si estaba dispuesta a enfrentar sus demonios o no. Y yo sabía que ella no lo haría. No si seguía como estaba.
Me quedé en el pasillo del hospital, mirando a la doctora alejarse. Las luces brillantes, el eco de los pasos sobre el suelo pulido, el murmullo lejano de las conversaciones. Todo se sentía distante, como si estuviera atrapado en una pesadilla de la que no podía despertar.
Mary no va a hacerlo.
Esas palabras retumbaban en mi mente, perforándome con una certeza dolorosa. La conozco. Sé lo que es luchar contra algo que te consume, contra algo que te arrastra más y más al fondo, y la sensación de no querer ser salvado. La desesperación en sus ojos, la forma en que se aferraba a mí, no porque quisiera salir de ese abismo, sino porque yo era su única cuerda, su única tabla de salvación. Pero yo no era suficiente.
No lo había sido para David, y no lo era para Mary.
Mis manos aún temblaban. No podía quitármelos de la cabeza, esas mismas manos que habían sostenido el cuerpo sin vida de mi hermano, ahora buscando desesperadamente un modo de sostenerla a ella. Pero ¿cómo sostienes a alguien que no quiere ser sostenido? ¿Cómo evitas que alguien se desmorone cuando cada día te muestras más frágil que la persona que intentas salvar?
Apoyé la cabeza contra la fría pared del hospital, mis ojos ardiendo de rabia y tristeza. ¿Cómo llegamos aquí? Todo lo que había construido, todo lo que creía ser, todo lo que pensaba que Dios quería de mí... ¿Cómo lo tiré por la borda tan fácilmente? ¿Y por qué? Por amor. Por ella.
Quería creer que lo que sentía por Mary era más que una simple obsesión. Que no era solo la manera en que cuidaba de ella lo que me mantenía atado. Pero el miedo a que todo fuera una ilusión no me dejaba en paz. Había caído en una espiral con ella, una en la que cada vez que me alejaba, su dolor parecía aumentar. Y cuando regresaba, ella se aferraba más fuerte.
La culpa me carcomía.
Le fallé a Dios.
Le fallé a mis votos, a todo lo que creí defender. ¿Cómo podía mirar a los feligreses a los ojos, darles palabras de consuelo, cuando yo mismo estaba quebrado, cuando había dejado que mi deseo nublara mi juicio? Me sentía como un impostor cada vez que me ponía esa cinta blanca, cada vez que me paraba frente a ellos y fingía que aún tenía control sobre mi vida, cuando en realidad todo estaba desmoronándose.
La imagen de David me perseguía. Ese último día, cuando lo encontré en su habitación, ya sin vida. Lo había visto desmoronarse lentamente, cada día un poco más, y yo, incapaz de hacer nada. Decía que no necesitaba ayuda. Decía que podía con ello. Igual que Mary.
No quiero que termine como él.
Pero no sé si soy lo suficientemente fuerte.
Mary... La amo. Pero también tengo miedo. Miedo de lo que viene después. Miedo de lo que sacrifiqué por este amor, y de que nunca sea suficiente. Miedo de que, en el fondo, soy el mismo joven que falló con su hermano, que dejó que el dolor lo consumiera. ¿Y ahora? ¿Voy a fallarle a ella también?
El hospital seguía zumbando a mi alrededor, los sonidos volviéndose un eco vacío. Me sentía atrapado en el mismo ciclo de dolor, impotencia, y culpa. Quería salvarla, pero... ¿Cómo puedo salvar a alguien cuando ni siquiera estoy seguro de que puedo salvarme a mí mismo?
Me quedé allí, en esa silla incómoda al lado de su cama, viendo cómo el monitor que medía sus signos vitales parpadeaba rítmicamente. Cada pitido, cada pequeño sonido del aparato, era un recordatorio de lo frágil que era la vida. Mary estaba tan quieta, su rostro pálido, su respiración apenas perceptible bajo las sábanas blancas del hospital. Y yo, impotente, una vez más, observando cómo alguien que amaba se desmoronaba.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, intentando controlar la angustia que sentía. Pero no pude. Las lágrimas empezaron a correr antes de que pudiera detenerlas.
Nunca había llorado así. Ni siquiera cuando perdí a David, ni cuando vi su cuerpo inerte. Pero aquí, en esta habitación, con Mary acostada frente a mí, todo el dolor que había acumulado durante años se rompió como una presa.
"Perdóname", susurré, aunque no sabía exactamente a quién le hablaba. A Dios, a Mary, a mí mismo.
La culpa me ahogaba. Había cruzado todas las líneas, todas las reglas que me había impuesto, que la vida y la fe me habían dictado. Me había permitido amar a Mary más allá de cualquier límite razonable, había dejado que su fragilidad se volviera la mía. Y ahora, estaba aquí, en este hospital, observando cómo las consecuencias de nuestras decisiones caían sobre nosotros como una avalancha.
"Por favor, despierta." Lo repetí, apenas audible, con una desesperación que dolía en el pecho.
¿Y si no lo hacía? ¿Y si las pastillas, esta vez, la llevaban a un lugar del que no podría regresar?
Cada pensamiento me hería más profundamente. David. Ese miedo seguía acechando, cada vez más fuerte. ¿Cómo no verlo? Las similitudes eran abrumadoras. Había prometido que no volvería a fallar de la misma manera, que no dejaría que alguien que amaba se hundiera en esa oscuridad. Pero aquí estaba, exactamente en el mismo lugar.
La impotencia, el terror, el amor... todo se mezclaba en mi cabeza. Me ahogaba en preguntas sin respuesta, en la certeza de que no importaba lo que hiciera, siempre había algo más allá de mi control.
"No puedo perderte también..." dije, mi voz quebrándose en un susurro.
La oscuridad de la noche envolvía la habitación, y el silencio era opresivo. Sólo el sonido constante de la máquina nos acompañaba. Sentía que estaba en medio de una pesadilla, una de la que no podía escapar.
Me incliné un poco más hacia ella, acercándome, observando su rostro, buscando algún indicio de que me escuchara, de que estuviera regresando a mí. Pero su piel seguía tan pálida, su respiración tan débil.
Y ahí, con el corazón destrozado, seguí llorando.
Cuando desperté, fue como si el peso del mundo cayera sobre mí. Mi cuello estaba rígido, los músculos tensos por la postura en la que me había dormido en aquella silla incómoda. Me llevé una mano a la nuca, frotándola mientras me incorporaba. Miré hacia Mary, aún inmóvil en la cama. El miedo me golpeó de inmediato.
"¿Por qué sigue dormida? Una corriente de pánico recorrió mi cuerpo.
La máquina seguía pitando, pero su quietud me asustaba. Sentía como si estuviera atrapado en una eterna espera, sin saber qué sería de ella cuando finalmente despertara... si es que lo hacía.
La puerta se abrió, y la doctora entró en la habitación. Al ver mi expresión, no tardó en acercarse.
—Sigue estable, pero debería haberse despertado ya —dijo, leyendo la preocupación en mi rostro.
Yo solo asentí, incapaz de formular una respuesta coherente. El nudo en mi garganta era demasiado fuerte.
—Padre —continuó—, tenemos que hablar de nuevo. Si Mary despierta, necesitamos saber si usted quiere que la internemos. Ella necesita ayuda profesional, de eso no hay duda, pero la decisión es suya.
Las palabras me aplastaron. Me quedé en silencio, mirándola. La idea de decidir el destino de Mary me resultaba insoportable. Sabía que si tomaba esa decisión, ella me odiaría. Y me vino a la mente el recuerdo de Eric, que ya lo había intentado antes, y cómo todo terminó en caos. Pero ahora, ¿qué opción me quedaba?
No podía dejarla así, no podía dejar que volviera a ese ciclo autodestructivo. Había intentado ignorar lo mal que estaba, fingir que podría resolverlo por sí misma, pero ya no podía seguir negándolo. Si no hacía algo ahora, si no la ayudaba de verdad, no la sacaría de este pozo. La perdería para siempre.
—Sí, internémosla —respondí finalmente, con la voz quebrada.
La doctora asintió, como si esperara esa respuesta desde el principio.
—Sé que esto es difícil —dijo con suavidad—, pero es lo correcto. Lo mejor para ella.
Me quedé mirando a Mary, sabiendo que la decisión ya estaba tomada, que una vez que despertara y se diera cuenta de lo que había hecho, lo nuestro estaría terminado. Mary me odiaría, con la misma intensidad con la que yo la amaba.
"¿Y si no lo entiende? ¿Y si esto la empuja aún más lejos?" me pregunté, mientras las dudas se agolpaban en mi mente. ¿Qué pasaría si ella no aceptaba la ayuda? ¿Qué si en lugar de mejorar, empeoraba?
Pero sabía que no había marcha atrás. Había fallado antes, con David, y no podía permitirme el lujo de repetir esa historia. Tenía que hacer lo correcto, incluso si me costaba perderla.
El reloj marcaba las horas, y lo único que podía hacer era esperar.
(...)
Me sentía como si estuviera moviéndome en cámara lenta. La habitación estaba fría y vacía, un eco de la presencia de Mary que solía llenar el espacio con su calidez. Cuando Mary fue trasladada al centro de ayuda, me quedé allí, mirando cómo la ambulancia se alejaba, llevando a la persona que más amaba y a la que, de alguna manera, había fallado.
Regresé a la casa de Mary, mi mente aún tratando de asimilar todo lo que había sucedido. Abrí la puerta con una mezcla de ansiedad y resignación. La casa estaba tan tranquila, tan vacía sin ella. Me movía en silencio, casi con reverencia, mientras recogía algunas cosas. Tomé ropa que ella podría necesitar, mi celular, y un par de objetos personales que me parecían importantes. De alguna manera, necesitaba llevarme algo de ella, algo que me recordara que todavía había una esperanza, aunque yo mismo dudara de ella.
Mi estómago estaba revuelto mientras empaquetaba sus cosas. Me sentía atrapado en una especie de pesadilla, donde cada movimiento que hacía parecía ser un intento vano de revertir el daño. La mirada de Mary, sus ojos vacíos y la desesperación en su voz, se repetían en mi mente como un eco interminable.
Cuando terminé, me dirigí al centro de ayuda, donde dejé las cosas que había tomado. Los profesionales del hospital ya se habían encargado de la mayor parte. Ahora todo dependía de Mary, de si despertaría y aceptaría la ayuda que tanto necesitaba. Me quedé allí un momento, mirando el lugar donde estaba ingresada, sintiendo el peso de la decisión que había tomado.
Volví a la iglesia esa mañana, con la mente embotada y el corazón pesado. El aire frío de la mañana no hacía más que reflejar mi estado interior. El edificio de la iglesia estaba silencioso, como si entendiera el caos emocional que estaba experimentando. Me senté en el banco de la iglesia, solo, tratando de encontrar algo de consuelo en la familiaridad del lugar.
Miré alrededor, las velas encendidas y el altar, buscando alguna señal de esperanza. Me arrodillé y comencé a orar, aunque las palabras se sentían vacías, como si no hubiera nada que pudiera decir para arreglar la situación. Sentía que había fallado, no solo como sacerdote, sino como hombre y compañero. ¿Qué derecho tenía a buscar perdón cuando había causado tanto dolor?
Las horas pasaron lentamente mientras me quedaba en la iglesia, sumido en mis pensamientos y en mi propia culpa. Cada sonido, cada paso en el pasillo, era un recordatorio de la desolación que sentía. No sabía qué futuro nos esperaba a Mary y a mí, solo que, por ahora, todo lo que podía hacer era esperar y rezar por ella, por su recuperación y por la posibilidad de redención.
La mañana transcurrió lenta y pesada mientras yo permanecía en la iglesia, atormentado por mis pensamientos. A medida que el sol avanzaba en su curso, sentí la necesidad de hablar con alguien que pudiera entender la gravedad de lo que estaba viviendo. Por eso, busqué al Padre Martin, alguien cuya sabiduría y experiencia siempre me habían servido de guía.
Cuando entró en la sacristía, su mirada se posó en mí con una mezcla de curiosidad y preocupación. Lo conocía bien; era un hombre de grandes convicciones, pero también de profunda empatía. Su presencia me hizo sentir ligeramente menos solo en este mar de emociones turbulentas.
—Jensen —dijo con un tono que reflejaba una mezcla de calidez y gravedad—, ¿todo bien? Te noto diferente, más distante de lo habitual.
La pregunta me sorprendió. Mi primera reacción fue encogerme, como si las palabras que no estaba dispuesto a decir pudieran hacerse evidentes en mi comportamiento. Sin embargo, el Padre Martin siempre había sido alguien en quien podía confiar, y en ese momento, el peso de mi carga se sintió abrumador.
—Padre Martin —comencé—, necesito hablar contigo. No estoy seguro de cómo empezar, pero... me siento perdido.
Me miró con atención, asintiendo para indicarme que continuara. Me tomó un momento para encontrar las palabras adecuadas.
—Es sobre una joven que conocí, Mary. La situación... ha sido difícil. Me he encontrado a mí mismo en una encrucijada, atrapado entre el amor que siento por ella y mis votos como sacerdote. Me duele estar en este lugar, con esta confusión.
El Padre Martin escuchaba en silencio, su rostro imperturbable, pero con un brillo de comprensión en sus ojos.
—¿Es ella la razón de tu tormento? —preguntó finalmente.
Asentí, aunque no dije mucho más. Mi corazón estaba al borde del colapso, y las palabras parecían inadecuadas para describir la profundidad de mi crisis interna. Entonces, el Padre Martin, con una paciencia que solo los verdaderos guías espirituales poseen, comenzó a hablar.
—Déjame contarte una historia —dijo, su voz cargada de nostalgia—. Hace años, conocí a una joven, casi de tu edad. Fue el amor más puro que experimenté. No era el amor convencional, sino un amor que reflejaba lo que Dios quiere que experimentemos: una conexión profunda, casi sagrada. Decidí entonces que debía seguir a Dios, que ese amor era lo que debía seguir, y que abandonar mis votos sería abandonar todo lo que había construido.
Su confesión me golpeó como una ola fría. Me sentí paralizado por el reconocimiento de que no estaba solo en mi dilema, que otros también habían enfrentado decisiones similares. El Padre Martin continuó:
—Elegí a Dios, no porque fuera fácil, sino porque era todo lo que conocía, el miedo a lo desconocido me detuvo. Pero ahora veo que tú estás en una posición diferente. Tienes la posibilidad de elegir, y esa elección no está mal. Puedes seguir en la fe, o puedes permitirte explorar el amor que sientes, pero recuerda que, cualquiera que sea tu decisión, serás bienvenido aquí, en esta iglesia.
Las palabras del Padre Martin resonaron en mí con una claridad que antes me había eludido. La presión del deber y el deseo se enfrentaban en mi mente como tormentas implacables, y aquí estaba una oportunidad para considerar mi futuro con una perspectiva renovada.
—Gracias, Padre —dije, mi voz temblando—. Realmente no sé qué hacer, pero escuchar tu experiencia me da algo en qué pensar. Quizás... quizás hay una forma de reconciliar estos dos mundos.
El Padre Martin me sonrió, una sonrisa triste pero alentadora.
—Lo importante es que tomes una decisión que sea verdadera para ti, Jensen. No hay un camino único, solo el que tú decidas recorrer.
Con esas palabras, me sentí un poco más preparado para enfrentar el futuro. Aunque la duda seguía presente, por primera vez en días sentí un atisbo de esperanza. Sabía que mi camino no sería fácil, pero al menos ahora tenía una dirección más clara y un entendimiento más profundo de las opciones que tenía por delante.
Habían pasado varios días desde que Mary fue trasladada al centro de ayuda, y aunque intenté mantenerme concentrado en mis responsabilidades en la iglesia, su ausencia se sentía como una sombra que no podía sacudirme. Había recibido la llamada del hospital diciendo que ya había despertado, que estaba estable. La noticia debería haberme aliviado, pero el peso en mi pecho seguía allí, inamovible.
Cada día que pasaba sin oír su voz era una tortura silenciosa. Sabía que tenía que llamarla, enfrentar lo que había hecho, enfrentar mis errores. Pero el miedo me paralizaba. No era solo el miedo a su reacción, sino también a lo que significaba para mí: que todo lo que habíamos vivido había culminado en esto. En una despedida sin posibilidad de retorno.
Finalmente, esa tarde me armé de valor. Sabía que no podía esperar más. Me encerré en la oficina de la sacristía, alejándome de las miradas curiosas de los feligreses, y marqué su número.
El sonido del tono me hizo sentir como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración. Pasaron varios segundos antes de que Mary respondiera. Su voz al otro lado de la línea era fría, distante.
—¿Qué quieres? —preguntó, sin molestarse en disimular su enojo.
Tomé aire, sintiendo que mi garganta se cerraba. Estaba esperando este momento, pero no sabía que dolería tanto.
—Mary... quería saber si estabas bien. El hospital me dijo que habías despertado, y... solo necesitaba escucharlo de ti. Necesitaba saber que estabas bien.
—Estoy viva —respondió con dureza—. No te preocupes, Jensen, no tienes que seguir con esta farsa.
La frialdad de su tono me hizo estremecer. Sabía que estaba enojada, pero escucharlo así... era devastador. Aun así, continué.
—Mary, lo siento. De verdad... lo siento. Hice todo esto porque pensé que era lo mejor para ti. Sé que estás enojada, pero necesito saber si vas a seguir en el centro, si estás recibiendo la ayuda que necesitas. No quiero que pienses que te abandoné. Por favor, no me odies por esto.
Hubo un largo silencio del otro lado de la línea, un vacío que se sintió como una eternidad. Finalmente, su respuesta fue afilada y precisa, cortante como un cuchillo.
—¿Sabes qué, Jensen? No mientas. Hiciste todo esto para mantenerme lejos de ti. Sabes que no quieres esto, que no puedes manejarlo. Y está bien, lo entiendo. No soy tu responsabilidad. Pero no me vuelvas a llamar. No tienes que darme explicaciones de lo que haré o dejaré de hacer con mi vida, porque tú ya no formas parte de ella.
Sus palabras fueron como un golpe en el pecho. Sentí que todo el aire se escapaba de mis pulmones, y el peso de mi propia culpa me aplastó. Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos, pero traté de mantenerme firme.
—Mary, por favor... perdóname. No quise hacerte daño. Te amo, y... y me duele haberte fallado. Solo quería ayudarte, lo juro.
El silencio volvió, esta vez más frío, más pesado. Sabía que lo había perdido todo en ese instante, que no había nada que pudiera decir para cambiarlo.
—Adiós, Jensen.
La línea se cortó antes de que pudiera responder. Me quedé allí, sosteniendo el teléfono en la mano, mirando al vacío. Las lágrimas finalmente cayeron, silenciosas y amargas, mientras el peso de todo lo que había sucedido se hundía sobre mí.
La realidad era que Mary tenía razón. Había intentado mantenerla lejos, no solo para protegerla, sino para protegerme a mí mismo. Pero en el proceso, la había destruido, y en algún lugar profundo de mi alma, sabía que no había forma de arreglarlo.
Me senté en la oficina, solo, la respiración entrecortada por los sollozos, sabiendo que este era el final. Que todo había terminado, no solo para ella, sino también para mí. Porque aunque la había enviado a recibir la ayuda que tanto necesitaba, había dejado claro que yo no podía ser parte de su vida. Y ahora, la única pregunta que quedaba era si podría seguir adelante sabiendo que la había perdido para siempre.
Me levanté lentamente, mis manos sudorosas apretando los bordes de mi sotana. Aún podía sentir el peso de la cruz que llevaba, pero no estaba seguro si seguía siendo mi elección o si simplemente me aferraba a lo que me quedaba.
Caminé hacia el altar, miré las velas titilar, como si fueran las oraciones de aquellos que buscaban salvación. Cerré los ojos un momento, esperando sentir algo, cualquier cosa que me indicara qué hacer. Pero, una vez más, solo silencio.
Antes de salir, miré hacia la imagen del Cristo crucificado. La misma pregunta seguía rondando en mi cabeza, cada vez más persistente, cada vez más insoportable.
¿Había perdido a Mary para salvarme a mí mismo, o la había perdido porque simplemente no sabía cómo amar?
Con un susurro apenas audible, respondí para mis adentros.
—Tal vez, ambas cosas.