Capítulo 17 POV Jessica

1274 Palabras
No podía moverme. La opresión en mi pecho me robaba el aire, y cada inhalación se mezclaba con un sabor a tierra y desesperación. Un frío húmedo me calaba hasta los huesos, como si estuviera atrapada en un sepulcro. Sentía el pulso de la tierra vibrar bajo mi espalda, un sonido sordo de golpes insistentes que me sacudía como un eco lejano. ¿Quién…? ¿Qué…? Mi mente apenas comprendía lo que ocurría, un velo denso cubría mi consciencia. De pronto, una chispa de luz se filtró en mi prisión de oscuridad, y un destello cálido me recorrió el rostro. Unas manos me alzaron con urgencia, fuertes y temblorosas. Entonces lo escuché, como un trueno que partía la noche: —¡Eleanor! —rugió Ares, su voz cargada de desesperación y miedo, como si su vida dependiera de mi respuesta—. Quise contestar, pero mis labios estaban sellados por el peso de la nada. Su voz insistía, una y otra vez, desgarrando el velo de mi mente con cada sílaba de mi nombre. —¡Eleanor! —insistía, su aliento se mezclaba con el polvo, y sentí el calor de su piel ardiendo como fuego—. ¡Eleanor, no me hagas esto! Un temblor me estremeció desde el centro del pecho, un frío que me arrastraba hacia la nada. Cada sílaba de mi nombre se diluía como un susurro lejano, un eco que se alejaba más y más. Era como si me hablara desde otro mundo. —¡Eleanor! —su voz se quebró, como si con ese grito pudiera salvarme de caer al abismo. En medio de esa nada, una vibración distinta me atravesó, un aullido interior, primitivo, que me desgarró el alma. Era mi loba interior, Nía reclamándome. —¡Jessica! —su voz era firme, cargada de urgencia y fuerza. Su llamada me atravesó como un rayo. Ese nombre, mi verdadero nombre, fue como un hilo invisible que me ató de vuelta a la vida. Sentí el aire entrar en mis pulmones de golpe, el sabor a tierra se disolvió y mis ojos se abrieron, desbordados de lágrimas. Ares estaba allí, inclinado sobre mí, su rostro una máscara de alivio y desesperación, su pecho subiendo y bajando con violencia, como si acabara de correr una eternidad. Sus manos ardían de calor, cubiertas por un fuego invisible que parecía consumirlo y regenerarlo al mismo tiempo. Su piel se agitaba como brasas vivas, reparando heridas con un resplandor sobrenatural. Sus ojos brillaban húmedos, y un temblor lo recorría de pies a cabeza. Con el cuerpo débil, lo sentí abrazarme con fuerza, temeroso de que al soltarme me desvaneciera en el aire. Su respiración era un torbellino, un viento desesperado. —Oh, Eleanor… —susurró, su voz quebrada por el miedo—. Tenía tanto miedo de perderte de nuevo. Quise apartarme, pero un dolor profundo me atravesó el pecho, recordándome lo mucho que dolía estar en sus brazos cuando no era a mí sino a mi versión pasada a la que realmente amaba. Me debatí, cada movimiento más débil que el anterior, intentando liberarme de su abrazo. Él me sostuvo firme, pero lo bastante lejos como para que nuestras miradas se encontraran. Sus ojos estaban fijos en mí, brillando con un fuego que me hería y me ataba al mismo tiempo. Fue entonces que, en un susurro envenenado, dejé salir lo que me ahogaba: —No soy Eleanor, Ares —dije, mi voz temblando como una hoja en la tormenta—. Sé que solo Eleanor te interesa como pareja fuiste muy claro, pero… ¿podrías, por favor, llamarme Jessica? Al menos hasta que destruyas mis recuerdos y yo siga siendo yo. Su rostro se cubrió de un asombro tan profundo que me sentí, por un segundo, liberada. Pero cuando quise incorporarme, mis piernas cedieron, mis rodillas se doblaron como ramas quebradas. Caí, débil y rota. Ares extendió su mano, todavía ardiendo con esa magia de fuego, pero la rechacé, con la misma amargura que me quemaba por dentro. —Al menos por respeto a lo que soy ahora —añadí, con la voz ahogada y cargada de lágrimas—. Y a lo que vas a sacrificar… llámame, Jessica. Vi cómo su piel se retorcía bajo la regeneración, como si un fuego vivo lo tejiera de nuevo desde adentro. Ares me observó, su respiración cortada, su mirada cargada de una compasión que me rompía en pedazos. —Yo no soy tu enemigo —me dijo, con una calma tan dolorosa que me atravesó como un puñal. Ya sin contener el temblor de mi voz, le respondí: —No, no eres mi enemigo. Solo eres mi compañero, el que la Diosa de la Luna eligió para mí. El que debería protegerme y amarme por quien soy… pero que elige amar una versión que ya no existe. Me cubrí el rostro con las manos, tratando de ahogar la rabia y el dolor que me desgarraban. —Jessica… —dijo él, con una voz tan rota que me hizo temblar. No quise escucharlo. Para evitar que me atrapara con sus palabras, así que cambie el tema y le pregunté: —¿Dónde estamos? ¿Por qué pareces como si hubieras estado en un incendio y por qué mi cuerpo estaba… enterrado? Ares respiró hondo, su pecho se expandió y contrajo como si algo ardiera en su interior. Su mirada brillaba con un resplandor que me heló la sangre. —Estamos a las afueras del Templo de las Raíces Rotas —dijo con un susurro ronco—. Derek… creyó que quemarme y enterrarte era una buena forma de terminar con nosotros. Me incorporé con esfuerzo, el suelo temblando bajo mis pies, cada movimiento un suplicio. —¿Por qué no me incineró a mí también? —pregunté, la amargura clavándose en mi pecho. Ares bajó la mirada, su fuego interior brillando bajo su piel. —Tú no estás maldita —respondió con voz baja—. Como cortesía por enviarte al Círculo de Dolor Eterno siendo inocente supongo que… por eso te enterró. Un escalofrío me recorrió y apenas pude sostenerme. Sentí que mi mente colapsaba, y justo cuando iba a desplomarme, Ares me sostuvo con fuerza. Su cuerpo seguía ardiendo y regenerándose, y el calor me envolvía como un abrazo mortal. —Debemos regresar a mí territorio —dijo con voz grave, firme y protectora—. Una vez que estemos en la residencia, podrás descansar y recuperar tus fuerzas. Negué con la cabeza, mientras las lágrimas me humedecían las mejillas. —No puedo transformarme, Ares —susurré, la voz rota—. Estoy demasiado débil todavía. Él me acarició la mejilla con una dulzura inesperada, como si su tacto pudiera curar cada herida. —No te preocupes, amor. Puedes viajar encima de mí una vez que me transforme en lobo. Sabes que tengo el tamaño suficiente para llevarte en mi lomo sin problema. Me limité a asentir, sintiéndome derrotada, rota y sin fuerzas para discutir. No quería perderme a mí misma en ese maldito ritual, pero al mismo tiempo no era estúpida: sabía que no tenía la fuerza para enfrentar a Ares todavía. Necesitaba más tiempo para pensar, para encontrar una salida que me mantuviera entera. Fue entonces que, a través de nuestro vínculo mental, escuché la voz de Nía. Era un susurro firme y cálido, que me envolvió como una caricia en la oscuridad: —No te preocupes, Jessica. Yo estaré contigo. Buscaremos una forma. Un escalofrío de alivio me recorrió. Sentí el calor de esa promesa, una chispa de esperanza suficiente para sostenerme, aunque fuera por un segundo más.
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