Sobre el gran lomo de Ares, el viento me acaricia el rostro mientras corremos bajo la espesura del bosque. Sus músculos poderosos se mueven debajo de mí con una fluidez casi hipnótica, como si cada salto y cada zancada fueran parte de una coreografía salvaje. Siento su fuerza, su calor, su instinto que me envuelve y me hace olvidar el miedo. Sin embargo, a pesar de la seguridad que me ofrece estar en su lomo, nada se compara con la sensación de correr junto a él en mi forma de loba, sentir mis patas rozando la tierra húmeda, el latido de mi corazón marcando el ritmo de la noche y compartir su paso, su aliento y su libertad como si fuéramos uno solo en la inmensidad del bosque.
El recuerdo de nuestra primera noche juntos viene a mí, y antes de darme cuenta, termino compartiendo el recuerdo a Ares a través de nuestro vínculo. Maldita sea, no sé por qué lo hice, no cuando a él no le importó, no cuando a él solo le interesa Eleanor. Me pregunto ¿Cómo puedo sentir tantos celos de un ser que fue mi otro yo?
—Ambas son la misma —me asegura Ares, y de pronto, con esa simple frase, me doy cuenta de que ahora es consciente de mi angustia porque se la he compartido sin darme cuenta. Sigue corriendo y, por un momento, siento como si cambiara de dirección. No es hasta después de media hora, que se detiene de pronto, transformándose en su verdadera forma. Que me doy cuenta y exclamo
—Maldita sea, estamos otra vez en el claro. ¿Por qué nos has traído hasta aquí? ¡Vámonos! —le exijo, con la voz temblorosa, deseando escapar de este lugar y de lo que él pueda leer en mi mente.
Ares niega con la cabeza, sin mostrar enojo, aunque siento que me desviste con la mirada, el está desnudo y, a mí, solo me cubre el vestido ligero que creó para mí antes de retornar a su territorio.
—Aquí es donde querías venir, ¿no es verdad? —pregunta con esa seguridad que siempre me desconcierta.
—No… —digo en voz baja, negando con la cabeza, aunque mi corazón late desbocado.
Él se acerca y me toma entre sus brazos. En ese instante, pareciera que solo existimos nosotros dos, el claro y el bosque que nos rodea. Pero lo sé: hay más, mucho más entre nosotros. Sin embargo, a Ares evidentemente no le importa. Me besa primero con suavidad, un roce apenas perceptible que me estremece, y después de forma tan apasionada que me roba el aliento. Sin piedad, me arranca el vestido mientras intento cubrirme con las manos, pero es inútil: él ya ha visto todo de mí.
—Sé lo que necesitas —susurra contra mi oído, con su aliento cálido envolviéndome.
—No… no lo sabes —contesto, pero mi voz apenas es un susurro.
—Claro que sí. Me necesitas a mí de la misma forma que yo te necesito a ti. Estamos destinados a ser uno.
Sus palabras me envuelven como un conjuro, mientras sus manos recorren mi piel con ansia y ternura. Su cuerpo me cubre por completo cuando me recuesta sobre la tierra húmeda, y el calor de su piel quema cada poro, cada rincón de mi ser. Me mira con una intensidad que me desarma, y sus labios vuelven a buscar los míos, marcando el inicio de un encuentro que late como un fuego secreto.
Su m*****o, duro y enorme, me roza con un leve empujón, y su respiración se entrecorta. Lo siento al borde de mi entrada, dispuesto a fundirse conmigo.
—Te amo —dice con voz ronca, sus labios contra mi cuello—. Solo quiero estar junto a ti para la eternidad. Vamos… abre más tus piernas… siénteme. Siente cuánto te amo, cuánto te deseo.
Con un gemido ahogado, cedo a su demanda, y lo siento entrar en mí con una fuerza abrumadora. Me estremezco, mi espalda arqueándose mientras un grito de placer escapa de mis labios.
En lo más profundo de mi mente, Nia, mi loba, murmura con un deje de desconfianza
—Quiere recrear nuestra primera vez… quiere poseerte de la misma forma para que bajes la guardia.
El lobo de Ares, Zek, acecha en la penumbra de nuestras almas. Siento su deseo de poseer también a Nia, pero ella lo rechaza, más consciente de lo que ocurre.
Y mientras Ares se mueve dentro de mí, siento cada pulgada de su m*****o, tan grande y grueso que me llena por completo, empujándome a un éxtasis tan intenso que me nubla la razón. Sus manos grandes y firmes recorren mi cintura y mis muslos con la seguridad de quien sabe que le pertenezco por derecho divino.
—Eres mía —gruñe contra mi cuello, su aliento cálido encendiendo mi piel—. Si lo que te perturba tanto es el nombre que uso para llamarte ahora solo te diré mi Luna por que es precisamente lo que eres.
Sus caderas se hunden en las mías con una fuerza que me hace temblar. Sus embestidas son profundas, intensas, como si quisiera grabar su esencia en mi interior. Cada movimiento suyo me eleva al borde del abismo y me arrastra a un deseo tan primitivo y feroz que apenas puedo respirar.
Me embiste con un ritmo salvaje, sus manos continúan sujetando mis caderas para mantenerme abierta a su voluntad. Cada vez que entra en mí, siento el ardor de su m*****o, duro y palpitante, llenándome hasta lo más profundo, reclamando cada espacio de mi cuerpo.
—¿Lo sientes? —ronronea, su voz cargada de posesión y deseo—. Siente cuánto te amo… cuánto te necesito.
Sus palabras se convierten en fuego que me consume desde adentro. Con cada embestida, su cuerpo choca contra el mío con un sonido húmedo y delicioso, arrancándome gemidos ahogados que llenan el claro.
—Te deseo… te deseo más de lo que jamás habrás imaginado —susurra mientras su lengua traza un camino ardiente por mi cuello—. Eres mi Luna… mi única razón de existir.