Capítulo 19 POV Jessica

1146 Palabras
Gimo al sentir su m*****o hincharse y latir dentro de mí, como si su esencia misma reclamara el derecho de un Alfa sobre su hembra. Cada embestida suya me somete con una fuerza que me hace arder por dentro, dejando su marca en cada rincón de mi cuerpo. —Dime que eres mía —me exige con la voz rota de pasión, su boca devorando la mía con un hambre que me consume. —No… —jadeo, mi voz apenas un susurro de rebeldía, pero su cuerpo es un muro ardiente de deseo que me aplasta y me devora. Su risa, oscura y gutural, vibra en mi oído mientras acelera el ritmo. Sus movimientos son cada vez más profundos, más salvajes, haciendo que mi vientre tiemble de placer y sumisión. —Lo eres —gruñe con un tono ancestral que me hiela y me enciende a la vez—. Eres mía para siempre, mi Luna. Nadie más tendrá lo que es mío. —Ares… —susurro, la respiración entrecortada, mientras mi cuerpo se retuerce bajo su dominio, encendiendo un fuego que me quema hasta el alma. Sus embestidas se vuelven frenéticas, cada movimiento suyo me hace gemir y desearlo con un ardor que me asusta. Una oleada de placer me sacude de adentro hacia afuera, haciéndome perder la noción de todo salvo del éxtasis que me consume. Mi espalda se arquea, mis uñas se clavan en sus hombros, y un grito ahogado nace en mis labios mientras un orgasmo feroz me arrebata el aliento. —Dios… Ares… —jadeo, perdida en el éxtasis que él me regala, sintiéndolo invadir cada parte de mí. Lo noto, lo siente en la forma en que su sonrisa oscura y triunfante se dibuja en sus labios. Su mirada, encendida de deseo y posesión, me atraviesa como un relámpago. —Así me gusta —dice con voz ronca—. Tu cuerpo me responde como debe… como la hembra de un Alfa. Con un último y profundo empuje, su calor se derrama en mi interior, sellando un lazo irrompible entre nosotros. Su respiración agitada choca contra la mía, y su frente descansa sobre la mía como si buscara consuelo en un lugar donde ya no queda nada. Permanece dentro de mí unos instantes más, sosteniéndome con fuerza, marcándome como suya, sin querer soltarme. Pero en mis ojos ya no quedan lágrimas. Con una frialdad que ni yo misma conocía, le digo, la voz apenas un susurro helado: —Si ya terminaste, quítate. El silencio que se forma entre nosotros es un abismo. Sus ojos me buscan con una mezcla de confusión, sus manos tiemblan como si no supieran cómo apartarse de mí. —Jessica… —susurra con una ternura rota en la voz—. No entiendo qué pasa, pero puedo sentir cómo tu corazón… se rompe. El dolor de Nía me golpea hasta lo más profundo y siento como algo muere dentro de mí, lo sé con certeza. Porque justo cuando recobro el aliento, siento la verdad con una crudeza insoportable: Nía, mi loba, fue forzada por Zek. Un grito silencioso me desgarra el alma. ¿Cómo pude ser tan débil como para abandonarla y perderme en el placer que me ofrecía Ares mientras ella sufría? —Porque Zek tenía que forzarla — digo con el corazón destruido— Le dijo que no. —Jessica, mírame —dice Ares, su voz suave mientras analiza lo que acabo de decir. Probablemente está hablando con su lobo por que de pronto dice—. Nía no fue forzada, Zek la ama tanto como yo te amo a ti. —¡No! —le grito, apartando su mano con furia sin dejarlo terminar—. ¡Él la forzó! ¡La tomó contra su voluntad! ¡Ella dijo no! Ares niega con un gesto frustrado y desconcertado, sus ojos ardiendo de un fuego que no sé si es rabia o miedo. —Estás confundida —gruñe, con fiereza contenida—. Zek jamás podría forzar a Nía. Te digo que él la ama. —¡Ella dijo que no! —le grito con toda la rabia contenida—. ¡Ella no quería! El silencio se vuelve tan denso que me ahoga. Y en ese instante, no es Ares quien responde, sino Nía, mi loba, su voz rota y débil a través del vínculo: —Pero tu si… Mis fuerzas me abandonan, como si me hubieran arrancado el alma. Me desplomo en un vacío oscuro donde solo queda el eco de sus palabras y mi corazón, roto, sangrando por la verdad. Ares me observa con desesperación, su respiración agitada, y aunque es un Alfa cruel e implacable con sus enemigos, al verme así, tan rota y vencida se desarma. —Jessica… —susurra, intentando acariciarme otra vez, pero su mano se detiene en el aire, temblorosa—. Yo… lo siento. Mira no es como tú crees. En ese instante, lo sé: la Diosa se equivocó conmigo… con nosotros. Somos un error, nuestra relación es una aberración conjunta que nunca debió existir. —No necesito tu compasión —digo, con la voz rasgada, mientras el dolor me atraviesa como un cuchillo—. Solo quiero estar lejos de ti. Me aparto de Ares con pasos temblorosos, mi cuerpo todavía estremecido por el éxtasis que ahora me resulta amargo. Él solo me observa, su pecho subiendo y bajando con la respiración entrecortada, su mirada cargada de una tristeza que no puedo soportar. —No es su culpa —dice Nía en mi mente, su voz apenas un susurro cargado de una tristeza infinita. —¿Cómo que no es su culpa? —le respondo mentalmente, mi corazón latiendo con un furor desquiciado—. ¡Tú no querías! ¿Y qué diablos es eso de que yo sí quería? ¡Yo jamás quise que alguien te lastimara! —Lo sé… —me responde Nía con una ternura dolida—. Pero… ¿qué podía hacer? Tú cediste al deseo… y yo… yo no tuve otra opción que entregarme a Zek. Jessica tu y yo somos una sola. ¿Lo recuerdas? La tristeza que fluye desde Nía es tan abrumadora que siento que me ahoga, como si me arrastrara a un abismo sin fondo. Intento llorar, pero no puedo. Por más que lo intento, mis ojos permanecen secos, incapaces de liberar el dolor que me consume. Después de lo que dijo Nía lo entiendo: Zek no forzó a Nía como pensé. Pero ella sí se vio obligada a ceder cuando yo me rendí a Ares. Mi debilidad nos ha condenado a ambas. Y ahora lo entiendo con una lucidez que me desgarra: soy responsable de lo que pasó. No hay marcha atrás. No hay redención. Solo queda el peso insoportable de la culpa y la certeza de que, en esta historia, no hay inocentes.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR