—Necesitas tranquilizarte —me dice Ares, su voz grave y llena de una paciencia forjada en el fuego de sus propias luchas internas. Sus ojos, normalmente duros como el acero, ahora brillan con un destello de compasión que apenas logra sostener su poder contenido. Puedo sentir su inquietud vibrando en el aire, como una tormenta a punto de desatarse.
Niego con la cabeza, temblando. Un escalofrío gélido me recorre desde la nuca hasta las yemas de los dedos, clavándose en cada hueso como un puñal. El dolor de saberme la responsable de que Nía sufriera es demasiado. Siento como si cada vértebra se rompiera bajo el peso de esta verdad, como si el aire mismo me aplastara desde dentro.
Ares da un paso hacia mí, lento, medido, como un lobo que teme asustar a su presa. Podría atraerme a él, podría forzarme si quisiera; su poder es innegable, lo percibo en cada partícula de su ser. Pero no lo hace. No después de verme tan destrozada. Sus ojos me recorren, atrapados en una lucha silenciosa: un huracán contenido que amenaza con arrasarlo todo si me acerco demasiado.
El dolor de Nía se mezcla con la culpa que me devora desde que comprendí que, para Ares, solo soy un medio para traer de vuelta a Eleanor. Esa verdad me quema por dentro. Mi respiración se entrecorta y mis ojos arden con un llanto que no puedo liberar. Un sabor metálico y amargo se aferra a mi lengua como un veneno.
—Jessica… —susurra Nía desde lo más profundo de mi mente, su voz temblando entre súplica y miedo—. Por favor… necesitas tranquilizarte…
—No… tú tienes razón —susurro, mi voz temblorosa, apenas un eco de lo que fui—. Ellos no tienen la culpa. La culpa es mía. Yo… te forcé a ceder… cuando me dejé arrastrar por mi propio deseo…
—Tampoco significa que tú tienes la culpa, detente —dice Nía, pero siento el dolor latiendo en su voz como un eco del mío. Una punzada me atraviesa al pensar que ella estaría mejor sin mí, que sería libre. Libre de mis errores. Libre de mi debilidad.
La culpa me ahoga. Me asfixia. Mi pecho se sacude como un tambor desbocado, y mi garganta arde como si tuviera fuego. Siento que ni siquiera puedo proteger a la loba que habita en mí.
—No es así, Jessica… —la voz de Nía se quiebra como un cristal roto—. Por favor… no lo hagas.
Pero yo ya estoy a medio paso del abismo. La culpa me envuelve como un manto n***o. Pienso en aquella noche, en sus ojos suplicantes, en el momento exacto en que renuncié a luchar. Y ahora lo entiendo con una lucidez que me desgarra: he condenado a ambas. Y no hay redención.
—¡No funciona así, Jessica! —suplica Nía con un grito de desesperación—. Si mueres por tu propia mano, ninguna de las dos será libre. ¡No nos hagas esto!
El sabor de la sangre me sube a la boca antes de tiempo, como un anuncio cruel de lo inevitable. Nía llora en mi mente, su voz rota, temblorosa. —¡Zek! —grita, buscando ayuda donde ya no queda esperanza.
El nombre de Zek resuena como un eco en el lugar más profundo de mi ser, arrastrando recuerdos de cuando todavía creía que todo podía salvarse. Un instante después, su presencia irrumpe como un relámpago en la oscuridad. Lo siento recorrer mis venas como fuego líquido, su energía vibrante fundiéndose con la de Ares, tejiendo un lazo invisible que estremece el suelo bajo mis pies.
Pero es demasiado tarde.
Alzo una de mis garras. La mano me tiembla tanto que por un segundo me paraliza una chispa de humanidad, un destello de cobardía. La veo, tan frágil y temblorosa, como si una parte de mí aún quisiera aferrarse a la vida. Ares extiende la mano hacia mí, sus ojos suplicantes, pero no lo alcanza a tiempo.
Mi garganta arde con la determinación de un último acto que lo termina todo. Cada latido retumba en mis oídos como un tambor de guerra.
—Busca mejor a otra compañera… —susurro, mi voz temblando, rota, con cada sílaba quemando mi lengua—. Yo no aguanto más… ni siquiera es a mí a quien quieres y ni siquiera pude cuidar de mi propia loba.
Y entonces, con un tajo certero, me corto la garganta.
El frío del acero —o de la garra— me atraviesa como un rayo helado. La sangre brota en un arco carmesí que salpica el suelo y me cubre los labios. El mundo se vacía de ruido. Solo queda el silencio y el sabor metálico de la culpa.
Siento la mano de Ares rozando mi brazo, su voz llamándome desde lejos, un susurro cargado de dolor.
—Jessica… —pero ya no puedo responderle. Todo se deshace a mi alrededor. El suelo se inclina, y el aire se torna denso, como si el tiempo mismo me negara el perdón.
En ese instante final, veo la mirada de Nía en mi mente: rota, llorando por mí. Quisiera gritarle que lo siento, que la amo, que esto es por ella. Pero mi voz se apaga antes de poder pronunciarlo.
El mundo se parte en dos, y mientras me desplomo, apenas consciente de la sombra de Ares lanzándose hacia mí, siento que mi alma se disuelve en el aire como un susurro que nadie va a escuchar. Y, por un segundo, antes de la oscuridad total, me pregunto si acaso ella me perdonará.
Y pienso —al menos— que él me llamó por mi nombre al final.