Capítulo 21 POV Jessica

984 Palabras
El vértigo se apodera de mí y el aire vibra a mi alrededor como un presagio. Hace un instante estaba en el claro, rodeada de árboles, con un dolor punzante en el pecho, y ahora todo ha cambiado. El aire vibra como si cada gota de rocío se fundiera en un calor sofocante que quema mi piel desde dentro. El susurro de las hojas se transforma en un rumor profundo, como el eco lejano de un río oculto bajo la tierra. El aroma húmedo y terroso se mezcla con un perfume especiado, exótico, que invade mis pulmones con un sabor desconocido a flores y mirra. Me obligo a parpadear, pero ya no hay árboles ni ramas. Ante mí se alzan columnas esculpidas que tocan un cielo dorado, mientras enredaderas trepan por muros de piedra labrada con manos maestras. El canto de aves extrañas me acaricia el oído, y el agua corre en fuentes ocultas, mezclándose con un murmullo que parece un rezo. El suelo bajo mis pies descalzos está cubierto de un polvo dorado que huele a historia antigua. Entonces la veo. A lo lejos, como una visión, se alza una mujer de porte majestuoso, su figura iluminada por una luz dorada que realza cada curva de su silueta. Lleva un vestido blanco con bordados de hilos de oro y una capa que la envuelve como un halo. Su rostro permanece parcialmente cubierto por un velo translúcido, pero sus ojos brillan como estrellas encendidas en la noche. A su lado, una sirvienta de aspecto humilde se inclina ante ella, sosteniendo un cuenco de agua fresca entre las manos temblorosas. —¿No es maravilloso, Nysira? —pregunta la reina, su voz un canto que se funde con el viento mismo—. Él me prometió un jardín que rozara el cielo y lo ha cumplido. La sirvienta asiente, tímida, y su mirada se queda fija en el suelo, como si temiera profanar la belleza que la rodea. —Mi señora, es como si las montañas mismas se hubieran inclinado para honrarla —responde con un hilo de voz—. Cada flor y cada hoja susurran su nombre. La reina alza el rostro hacia las terrazas que desafían la lógica, sus labios tiemblan con una mezcla de asombro y gratitud. El aire vibra a su alrededor, como si el propio mundo contuviera la respiración. —Él lo construyó para mí —dice al fin, mientras toma el cuenco y vierte el agua sobre las raíces de una planta de flores azules—. Para que mi corazón nunca extrañe mi tierra. Para que siempre recuerde que soy su gran amor. Sus palabras me sacuden. Un estremecimiento recorre mi cuerpo, desde los pies hasta la coronilla. Siento el perfume del incienso y de las flores quemando mi garganta, haciéndome toser suavemente. Entonces lo entiendo: este no es mi mundo. He cruzado, no sé cómo, a una era perdida que late bajo la piel de mi espíritu. Quizá he sido llamada aquí. Quizá siempre pertenecí a este lugar. Miro a mi alrededor: las fuentes talladas con símbolos desconocidos, las columnas cubiertas de musgo y enredaderas, las escaleras que se elevan hacia lo imposible. Cada piedra parece contar una historia, un susurro de amor y lealtad que atraviesa el tiempo. Me deslizo entre las sombras y me doy cuenta de que nadie más puede verme. El peso de esa revelación me golpea el pecho, pero en lugar de miedo, me invade una sensación extraña de libertad. Puedo observar sin ser vista, puedo caminar sin ser juzgada. Y en esa soledad dorada, bajo la mirada distante de la reina y el perfume de las flores azules, susurro para mí misma: “Tal vez este siempre fue mi hogar. Tal vez, al final, he regresado al único lugar donde pertenezco”. Y con cada paso, mientras la música del agua y del viento me envuelven, siento que algo en mí —algo que estaba dormido— despierta al fin. Todo parece perfecto, casi demasiado, hasta que lo veo. Su figura emerge de entre las columnas, y aunque hay algo diferente en su porte y en la forma en que el aire vibra a su alrededor, sé que podría reconocerlo en cualquier lugar. Es Ares. Luce distinto, su cabello es más largo, recogido en una coleta que le da un aire marcial, y su armadura parece forjada en fuego y oro, reflejando la luz del sol como si ardiera con vida propia. Sus ojos, sin embargo, conservan el mismo brillo fiero que conocí, el mismo magnetismo que siempre me ha encadenado. Mi corazón late con una fuerza abrumadora. Me estremezco al verlo caminar, firme y seguro, sin siquiera mirarme, dirigiéndose directamente hacia la figura majestuosa de la reina. Lo sigo, no porque quiera, sino porque algo en mí —como un imán que no puedo controlar— me arrastra tras él. Cuando al fin llega a la reina, mi mundo se desmorona. Ella… soy yo. Su rostro bajo el velo translúcido es el mío. Sus labios tiemblan con las mismas palabras que alguna vez susurré. El amor entre ambos es tan palpable que me atraviesa como una daga, dejándome sin aliento. —¿Qué diablos está pasando? —murmuro con la voz rota. ¿Esto es un sueño? No, me digo a mí misma, esto es un recuerdo mío. Un recuerdo de una era aún más antigua de lo que Ares me mostró de su época con Eleanor. Un recuerdo que late con fuerza propia, reclamando su lugar en mi mente. Pero antes de que pueda seguir a los reyes y desentrañar la verdad, un lobo n***o —inmensamente grande— aparece frente a mí y me cierra el paso. Sus ojos brillan como brasas y su pelaje ondula con un fulgor que me estremece. —¿Ares? —pregunto, apenas un susurro que se quiebra en el aire.
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