Capítulo 22 POV Jessica

1088 Palabras
—¿Ares? —pregunto, apenas un susurro que se quiebra en el aire. El lobo n***o, de tamaño colosal, se alza ante mí como una sombra viva, un espectro que palpita entre el mundo espiritual y el mundo real. Sus ojos, dos pozos de oscuridad insondable, me observan con una intensidad que me quema el pecho y me roba el aliento. Sé que es Ares. No hay duda. Su transformación es un espectáculo brutal y perversamente fascinante: su piel se resquebraja como cenizas al viento, dejando paso a un pelaje n***o que devora la luz a su paso. El aire vibra con un calor sofocante, mientras su aliento —cargado de un aroma salvaje, primitivo, a tierra quemada y a deseo contenido— me envuelve como un fuego que me acaricia la piel. Siento mi cuerpo estremecerse, cada fibra encendiéndose con un anhelo que no entiendo, un deseo oscuro que me atrae y me repugna al mismo tiempo. Mi corazón late tan fuerte que temo que explote en mi pecho. Intento hablar, pero las palabras se enredan en mi garganta, sofocadas por un miedo dulce que me hace temblar. —¿Qué… qué está pasando? —logro articular al fin, mi voz trémula, rota, deseando encontrar alguna lógica en este caos. Pero es él quien rompe el silencio, y su voz, profunda, cargada de un dolor tan crudo y desgarrador que me traspasa como una lanza, me llena de una ternura imposible. No hay rencor en sus palabras, aunque cada sílaba es un peso que me aplasta el alma. —Sé que fue mi culpa —dice, y su voz se convierte en un eco que vibra en mi mente, llenándome de un escalofrío que me recorre la espalda— por no hacerte sentir amada, por actuar como si solo fueras Eleanor. Hace una pausa. Un suspiro que podría quebrar el mundo y me deja sin aliento. Sus ojos se oscurecen aún más, como si en ellos habitaran todos los demonios de su pasado. —No es solo Eleanor… —continúa, su voz quebrada por una emoción tan intensa que me estremece—. Es el alma que ambas comparten, los recuerdos que te harán comprender… que te harán amarme. A mí —su voz se corta, y siento su respiración agitada, cargada de un deseo feroz—… a este monstruo que soy, el que eligió la eternidad para no perderte. Un escalofrío me recorre la columna y siento cómo mi mente se parte en dos: una parte quiere huir, gritar, escapar de esta pesadilla; pero la otra… la otra se siente atraída por él como por un abismo sin fondo. Es un deseo irrefrenable, peligroso, que me quema por dentro. El miedo y la atracción se mezclan hasta confundirse. Mis recuerdos y emociones se deshacen como cenizas en el aire. —Ares… —susurro, mi voz temblando como una hoja al viento, deseando que me explique, que me salve, que me reclame. Sus ojos, negros como el pecado, me atraviesan como cuchillas y al mismo tiempo me envuelven con una calidez prohibida, como si la misma muerte me abrazara con ternura y pasión. —No temas —dice, y su voz es un bálsamo y una herida a la vez—. Finalmente estaremos juntos… hasta la eternidad. Su figura se disuelve en la niebla de lo desconocido y, por un instante, siento que mi alma se entrelaza con la suya. Como si después de tanto tiempo huyendo, por fin fuéramos uno solo. Pero entonces la realidad me golpea como un látigo: estamos en un altar de piedra, frío y antiguo, nos sostiene, expuestos, desnudos, vulnerables. Puedo sentir el frío rasgando mi espalda, mientras el calor de su piel arde contra la mía, cada roce cargado de un poder que me doblega. El aire huele a incienso y a fuego, a sangre y a tierra. Alrededor nuestro, cientos de espejos flotan en el aire, formando un círculo que nos encierra como un sello maldito. Cada uno refleja nuestra unión y algo más: los rostros cubiertos de brujas, sus labios entonando un cántico oscuro que me estremece hasta los huesos. Sus ojos brillan con una luz enfermiza, como si se alimentaran de nuestra unión. —Por Dios… —susurro, un temblor que me desgarra—. El ritual… el ritual para borrar mis recuerdos y traer los de Eleanor ha comenzado. Maldita sea… —mi pecho se oprime como si un puño invisible me apretara el corazón—. ¿Cómo… cómo pasó esto? ¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? La confusión se convierte en horror cuando mis ojos se posan en los espejos danzantes. Allí, entre las imágenes fragmentadas, veo mi reflejo: el cuello marcado por una cicatriz que me atraviesa como un rayo de fuego. Ares extiende su mano, y con la delicadeza de quien acaricia un cristal a punto de romperse, roza la cicatriz. Su toque es un susurro de ternura y de posesión, y me desarma. Siento mi piel arder bajo su contacto. Mi respiración se entrecorta. —Si no supiera usar magia negra… —dice, su voz tan cargada de culpa y deseo que su mirada tiembla—, te habría perdido. Pero no… —sus ojos se endurecen, y en ellos arde un fuego oscuro y hambriento—. No otra vez. No volveré a perderte… nunca. Su mano me aferra con fuerza, y su aliento caliente se mezcla con el mío. Un estremecimiento me recorre, y la parte de mí que le teme es aplastada por la parte que lo desea. Su otra mano recorre mi cuerpo desnudo con una lentitud feroz, y me estremezco al sentir cómo su piel raspa la mía, cómo su respiración es un conjuro que me reclama. —Eres mía —gruñe con un tono oscuro y primitivo que me hace arder—. Mía incluso si tenemos que arder juntos en el infierno. Mi respiración es cada vez más difícil. Me doy cuenta, con un escalofrío de placer y terror, de que aunque me aterroriza lo que somos, lo que él es ahora, hay una parte de mí —oscura, deseosa, hambrienta— que lo ama. Que lo ama incluso en su monstruosidad. Que lo necesita. Y en ese instante, mientras el cántico de las brujas se eleva y su mano me reclama posándose en mi cuello, entiendo que no hay escapatoria. Que el monstruo y el amante son uno. Que el abismo al que temo… es también el único lugar al que pertenezco.
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