Toda la fuerza que creí tener se esfumó en un instante, dejando solo la impotencia. Su sangre brotaba a borbotones, manchando mis manos mientras las presionaba contra la herida en su garganta. Zek, mi lobo interior, rugió dentro de mí con un aullido desgarrador que sacudió mi pecho y me dejó sin aliento.
—¡No! —le grité a Jessica, aferrado a una esperanza que ardía como una llama temblorosa—. ¡No puedes morir! ¡No puedes!
Zek se debatía en mi interior, negándose a aceptar lo que estaba presenciando. Su furia chocaba con la mía en una tormenta que amenazaba con devorarnos a ambos, pero el tiempo se agotaba, y cada segundo que pasaba me arrancaba un pedazo del alma. Sabía que si no actuaba de inmediato, perdería a nuestras compañeras para siempre.
—Sujétala, Zek —le ordené con voz ronca, cargada de una desesperación que me quemaba la garganta—. No tienes otra opción... debes morder a Nía. ¡Ahora!
Zek y Nía eran más que nuestros lobos interiores: eran extensiones de nuestro espíritu, partes de un vínculo que nos definía como alfa y luna. Unidos en esencia, su destino reflejaba el nuestro. Si Zek lograba someter a Nía, obligaría su espíritu a permanecer atado a Jessica, a la vida… aunque fuera por la fuerza y el dolor.
Zek emergió desde lo más profundo de mí, convertido en una sombra voraz de colmillos y ojos brillantes. Su pelaje oscuro se erizaba como una marea de furia, y en sus ojos ardía la batalla entre el amor y el instinto asesino. Se debatía en un aullido salvaje, consciente de que lo que estaba a punto de hacer era monstruoso. Aun así, sabía que primero se arrastraría al infierno antes de permitir que perdiéramos a nuestras compañeras.
Mientras mi mano temblaba sobre la herida de Jessica, el canto de la magia negra escapó de mis labios, un susurro gutural que invocaba fuerzas prohibidas. Cada palabra retorcía el aire, arrancando su perfume a la noche y llenándola de un hedor a sangre y azufre. La luna misma parecía temblar mientras Zek, con sus colmillos al descubierto, se abalanzaba sobre Nía en el plano espiritual. Sus chillidos desgarraron el aire, tan penetrantes que atravesaron el velo entre mundos, un alarido de alma y carne que me heló la sangre y me encadenó a su sufrimiento.
—Por la luna y la sangre, por la unión de un alfa maldito con su luna… —susurré, apretando los dientes con una determinación que me rompía por dentro—. ¡Por el vínculo que ni la muerte puede romper!
Las sombras se arremolinaron a mi alrededor, como si la noche misma nos cubriera con su manto oscuro. El cuerpo de Jessica se iluminó con un brillo enfermizo, sus heridas brillaron como brasas vivas. Cada gota de sangre ardía, fusionándose con mi esencia y la de Zek. Lo sentí en mis venas, en mi aliento: la frontera entre nuestras almas se desdibujaba, y por un momento, ya no supe dónde terminaba ella y comenzaba yo.
Zek mordió con una furia salvaje, hundiendo sus colmillos en Nía, obligándola a ceder, a permanecer atada a Jessica, viva y condenada. Su chillido se convirtió en un eco interminable que me taladraba el cráneo mientras él la dominaba, forzando su espíritu a quedarse, a anclarse a la carne que compartía con Jessica.
La magia negra se arrastraba por el aire como un veneno espeso y denso, retorciéndose alrededor de nosotros, enredando mi alma y fusionándola con la de Jessica. Cada palabra que pronunciaba abría un canal de poder, y cada gota de sudor que rodaba por mi frente me quemaba como fuego líquido. El aire vibraba con un zumbido eléctrico, un himno de muerte y renacimiento.
—Por el lazo que ni la muerte puede romper… —murmuré, mi voz transformada en un eco de sombras y fuego—. Que su espíritu permanezca en carne y sangre, que su corazón siga latiendo bajo la luna.
Sentí cómo su herida comenzaba a cerrarse lentamente, como si un hilo invisible la cosiera desde dentro. La sangre se detuvo, y el aire se llenó de un aroma agrio y eléctrico que me quemaba los pulmones y me hacía temblar de rabia y alivio. Zek, aún con sus colmillos hincados en Nía, la mantenía atada a la vida, aunque ella se debatía bajo su dominio.
Cuando la magia finalmente se asentó, Zek abrió sus fauces y la soltó. Ella retrocedió con el pelaje erizado y los ojos ardientes, un gemido bajo y dolido cargado de resentimiento y furia. Desde su último encuentro íntimo, Zek había dejado una marca en su alma, y el rencor ardía como un fuego entre ellos. Ahora, después de someterla para salvar a Jessica, ese fuego ardía aún más fuerte.
Zek bajó la cabeza, con la mirada cargada de culpa, mientras comenzaba a lamer con cuidado la herida que le había dejado a Nía. Cada lamida era una súplica, un intento de reparar el daño irreparable.
—Nía… —murmuró, su voz temblando con un amor que dolía más que cualquier mordida—. Lo siento… Solo lo hice para salvarte… para salvarlas a las dos. Te amo… más de lo que imaginas.
Nía desvió la mirada, su pelaje aún erizado, y se apartó de Zek con una mezcla de cansancio y traición que me traspasó como un puñal. La vi girar la cabeza hacia mí, sus ojos brillando con un dolor salvaje.
—No quiero saber nada de ti —gruñó, aunque su voz temblaba con el peso de la traición y el cansancio.
Un suspiro se me escapó de entre los labios, cargado de una súplica silenciosa.
—Mírala —susurré, mi voz quebrada por la angustia—. Solo mírala… Valió la pena. Sigue viva.
Sus ojos, oscuros y salvajes, se encontraron con los míos, y aunque ardían de dolor, supe que, al final, ella comprendía. Jessica estaba viva. Zek y yo éramos uno, así como ella y Jessica lo eran. No las dejaríamos ir jamás.