Capítulo 24 POV Ares

1087 Palabras
Avancé con pasos firmes hacia la residencia, con Jessica en mis brazos. El camino, aunque corto, se estiró como una eternidad suspendida, donde cada paso me permitía saborear el momento. Su calor se fundía con mi piel, impregnándola con un aroma único a tierra mojada y a algo más dulce, algo que solo ella poseía. Su respiración débil rozaba mi pecho como un susurro de vida, y cada latido de su corazón contra el mío me recordaba que todo el dolor, toda la sangre y las guerras que libré, habían valido la pena. Sentí sus huesos frágiles temblar entre mis manos, y mi instinto me rugía que la protegiera, que la apretara con la fuerza de quien desafía a la misma muerte para reclamar lo que le pertenece. Mientras avanzaba, una promesa ardía en mi mente como un hierro candente: jamás la dejaría sola otra vez. Ni las sombras, ni el pasado, ni las memorias rotas podrían separarnos. —No van a perdonarnos… ninguna de las dos —gruñó Zek, su voz emergiendo como un rugido grave en mi mente. Un sonido que me atravesó el pecho, cargado de amargura y resentimiento, recordándome las cicatrices que acechaban en lo más profundo de nuestra alma compartida. Sentí su frustración como un zarpazo en mi pecho, lacerando mis costillas y encendiendo mi furia. —Lo harán tan pronto como Jessica recuperé sus recuerdos de cuando fue Eleanor —le aseguré, tensando la mandíbula mientras la sujetaba con más fuerza, mis dedos marcando su piel—. Lo harán las dos. Eleanor sabrá cómo hacer entrar en razón a Nía. Un estremecimiento sacudió el cuerpo de Jessica, como un susurro apenas perceptible. Sentí a Nía, su loba interior, refugiarse en lo más profundo de su alma, temerosa, cargada de resentimiento y miedo. Me dolía que incluso dentro de ella se alzara un muro de resistencia, como si su temor se filtrara a través de su piel para envenenar mi voluntad. —Eso espero —respondió Zek, su voz cargada de un cansancio que era tan mío como suyo. Respiré hondo, permitiendo que su aroma me anclara al presente: tierra mojada, especias y un toque de humedad salvaje. Sentí cómo mis piernas ardían con el peso de mi decisión, y cada paso sellaba mi determinación de protegerla, de no permitir que el pasado nos robara el futuro. El aire se impregnó del olor familiar a incienso y madera quemada: vestigios de rituales antiguos y juramentos rotos que aún palpitaban en las paredes de aquella residencia. Cada bocanada traía un sabor agrio que me raspaba la garganta, recordándome las traiciones selladas con sangre y las promesas que nunca se cumplieron. Pero mi instinto me obligaba a continuar. Riven aguardaba en la entrada, flanqueada por otros criados vestidos con túnicas oscuras que parecían sombras vivientes, expectantes. Sus figuras se alzaron como centinelas silenciosos, sus ojos clavados en mí con una mezcla de temor reverente y una devoción que nacía del miedo. Al verme, inclinaron la cabeza y, al unísono, sus voces resonaron como un conjuro: —Bienvenido, Alfa. El sonido me envolvió como un manto de poder y un escalofrío me recorrió la columna. Riven dio un paso al frente, sus ojos reflejaban preocupación y una ternura que pocas veces se atrevía a mostrar. Sus labios temblaron como si intentara pronunciar algo, pero en su lugar sus manos se alzaron, temblorosas, extendiéndose hacia Jessica. —Alfa… —susurró, con la voz temblorosa, impregnada de sumisión y miedo—. ¿Está… está bien? —preguntó, y sus ojos se posaron en la cicatriz que surcaba la garganta de Jessica. El temblor en su barbilla delató su terror—. ¿Debo llamar a las brujas? Sentí cómo mi mirada se endurecía mientras la observaba, con un filo que habría hecho temblar a cualquiera. La cicatriz ardía como un recordatorio de la batalla que aún no terminaba. —Depende ¿Cuánto tiempo estuve ausente? —pregunté, mi voz grave, apenas conteniendo el cansancio que me carcomía los huesos. —Casi un mes, Alfa —respondió Riven, bajando la mirada, como si mi furia pudiera devorarla si me enfrentaba. Asentí, mis ojos ardiendo con una resolución inquebrantable. —Sí, llámalas —ordené, con una dureza que impregnó el aire—. Necesitare ayuda con el ritual después de lo que pasó. Riven tragó saliva, incómoda. Sus ojos temblaron como un venado atrapado entre sombras. —¿Jessica… se hizo ella misma esa herida? —se atrevió a preguntar, con un hilo de voz que apenas vencía el silencio. Mi mandíbula se tensó y mi voz salió como un filo de hielo: —No es de tu incumbencia —le escupí con autoridad implacable, mis ojos fijos en los suyos—. Y refiérete a ella como tu Luna. Después de todo, eso es lo que es. Riven asintió, con un susurro de humillación que impregnó cada uno de sus gestos. Bajó la cabeza, su respiración temblorosa, la dignidad rota en mil pedazos. Se apartó con torpeza, lista para obedecer. Pero antes de que pudiera huir de mi mirada, mi voz la detuvo como un muro. —Y también llama a Atticus —ordené con un tono cargado de guerra y desolación—. Necesito que como mi Beta me ayude a preparar a las tropas. Tenemos que estar listos. Riven palideció, su espalda encorvada como si el peso de mi voz la aplastara. Apreté a Jessica contra mi pecho con la determinación de quien no cede ante el destino. Nadie nos arrebataría lo que era nuestro. Ni siquiera la propia muerte. Mis labios rozaron su frente, el calor de su piel un recordatorio de lo que había perdido y recuperado. —Hubo dos situaciones que provocaron mi ausencia —dije, mi voz baja, cargada de la furia que solo un Alfa herido puede portar—. Tuve que matar a la Luna de la manada Fuego Azul. La madre de Jessica. Y el hijo de perra de Derek Ashwood, Alfa de la manada Colmillo de Plata, traicionó la tregua. Un susurro de viento se coló entre los pilares, cargado de ceniza y presagio. —Ambas manadas deberán ser destruidas —continué, con la voz convertida en un juramento. Riven asintió, sabiendo que la guerra comenzaría tan pronto se celebrara el ritual y recuperara a Eleanor. El viento nocturno me acarició la piel como una advertencia, pero no me importó. Jessica se estremeció en mis brazos, y su aroma me envolvió como una droga.
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