Capítulo 25 POV Ares

1103 Palabras
Solo me tomó dos días organizar los detalles que faltaban para el ritual. Dos días que se convirtieron en una eternidad de susurros y fuego. Todo habría sido más sencillo de no haber tenido que invocar a las brujas y recurrir a la necromancia para salvar a Jessica después de que se cortara la garganta. Pero al final, todo estaba listo. El altar de piedra nos aguardaba con su frío implacable, mientras el fuego crepitaba en las antorchas, proyectando sombras que danzaban como entes sedientos de carne y poder. El pentagrama, dibujado con sangre y sal, encerraba el altar como un sello prohibido que latía al compás de un conjuro antiguo. Cada trazo brillaba bajo la luz temblorosa, palpitando con una energía oscura que rozaba mi piel como una caricia y una amenaza a la vez. Las brujas, cubiertas con túnicas negras, tomaron sus posiciones, formando un círculo cuyos cánticos subían como un murmullo ancestral. Con cada respiración, el aire se tornaba más pesado, mezclando mi deseo con el veneno de la culpa y la urgencia. Me desprendí de mi ropa lentamente, como si dejara atrás los últimos vestigios de mi humanidad. Sentí el fuego rozar mi piel desnuda, y el cosquilleo de la magia oscura recorriendo mi espina dorsal. Con un gesto reverente, despojé a Jessica de sus prendas, revelando su piel pálida y frágil bajo el resplandor de las llamas. Su respiración entrecortada era casi imperceptible, un susurro que se confundía con el cántico de las brujas. La coloqué con cuidado sobre el altar de piedra, aunque la firmeza de mis manos dejó claro que no había escapatoria. El frío del mármol contrastaba con el calor que irradiaba su cuerpo, y en ese contraste ardía mi propia condena, mi deseo y mi redención. Me recosté a su lado, sintiendo el temblor del altar bajo mi espalda y la electricidad que nos envolvía como un hechizo eterno. La había mantenido inconsciente, atrapada en un sueño profundo del que solo yo podía despertarla. Su respiración era un hilo de vida que me unía a ella, como si su alma dependiera de la mía para mantenerse en este mundo. —Mi amor… —susurré, mi voz temblando con un poder que me consumía por dentro—. Escúchame… Dejé que sintiera la presencia de mi lobo interior, esa esencia oscura y salvaje que ardía dentro de mí y la reclamaba como mía. Le permití percibir mi aura, el latido ancestral que nos unía en un lazo imposible de romper. En ese instante, sus párpados temblaron y se abrieron lentamente. Sus ojos, cargados de confusión y miedo, me atravesaron como una daga, marcándome para siempre. Supe entonces que, pese a sus dudas, mi esencia y la suya estaban inexorablemente unidas. Era el momento de sellar lo que habíamos comenzado, de fusionar nuestras almas en un lazo que ningún dios ni demonio podría quebrar. Mi voz se alzó en un susurro cargado de un poder ancestral, reclamando su ser para mí, mientras mi lobo rugía en mi interior, exigiendo lo que nos pertenecía por derecho. —Si no supiera usar magia negra… —mi voz emergió como un lamento cargado de culpa y deseo, tan intenso que me temblaron las manos—, te habría perdido. Pero no… —mi mirada se endureció y, en mi interior, un fuego oscuro y hambriento me devoró—. No otra vez. No volveré a perderte… nunca. La sujeté por la cintura con fuerza, sintiendo su aliento mezclarse con el mío, y cada estremecimiento de su cuerpo me golpeó con la violencia de un trueno. Podía oler su miedo, pero debajo de él latía un deseo que me incendiaba. Con la otra mano, recorrí su piel desnuda con una lentitud casi cruel, deleitándome en la forma en que su cuerpo respondía a cada caricia, en cómo su respiración se convertía en un conjuro que me llamaba. —Eres mía —gruñí, mi voz cargada de un tono oscuro y primitivo que estremecía cada rincón de mi ser—. Mía, incluso si tenemos que arder juntos en el infierno. Dejé de recorrer su piel y me incliné para tomar su cuello con firmeza, sin lastimarla. Mis dedos se enredaron en su cabello como cadenas de sombras, y mi mirada se clavó en la suya, reclamando lo que siempre había sido mío. —¿Qué hacen ellas aquí? —preguntó, con la voz temblorosa, mientras sus ojos se deslizaban hacia las brujas que nos rodeaban. Su desnudez sobre el altar era un sacrificio que compartíamos, un rito que nos ataba. —Mírame a mí, solo a mí, mi amor —le exigí, mi voz tan firme como el hierro, porque sabía que debía ser así. —No quiero esto, Ares, deténlo, por favor —suplicó, con una voz cargada de una pureza que me partía el corazón. En mi pecho, la compasión se debatía con el deseo, pero mi lobo interior rugió. No podía detenerme. —Solo mírame —susurré, mi voz dulce y posesiva, como un conjuro irresistible—. Verás que terminará pronto. Te lo prometo. Sus ojos, llenos de temor y deseo, volaron de un espejo a otro, buscando respuestas entre el fuego y los cánticos. El miedo la devoraba, pero debajo latía algo más: una chispa de rendición. Lo sabía. Porque la conocía. Porque era mía. Con una mezcla de desesperación y devoción, la besé profundamente, reclamándola con mi lengua, lamiendo cada rincón de su boca como si en ese momento la devorara entera. Mi mano en su cuello descendió lentamente hacia su cadera, rozando su piel con una caricia que la hizo estremecer, antes de aferrarla con fiereza. En un solo movimiento brutal, la penetré, sintiendo su calidez envolverme como un fuego líquido que me marcaba desde dentro. Su cuerpo ardió debajo de mí, tembloroso, y sus gemidos —mezcla de placer y entrega— se entrelazaron con el canto de las brujas que danzaban a nuestro alrededor. Sus uñas arañaron mi espalda, clavándose como marcas indelebles de pertenencia. Cada embestida nos acercaba más al abismo, un abismo del que ninguno de los dos saldría siendo el mismo. —Eres mía —gruñí de nuevo, mi voz cargada de lujuria y amor oscuro que podría consumirnos a ambos—. No temas, mi amor. Ni siquiera nos observan realmente. Están en trance —le susurré al oído, embistiéndola con más fuerza. Sus gemidos llenaron el aire, mezclando su inocencia y su pasión en una melodía que me enloquecía. Cada sonido, cada suspiro, se fundía en un cántico que despertaba la parte más salvaje de mí.
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