Mis manos la sostuvieron con fiereza, reclamando cada estremecimiento de su cuerpo como mío, mientras mis labios devoraban cada gemido, cada suspiro, hasta que no quedó nada más que su rendición.
Entre jadeos y caricias, le susurré palabras de deseo —un veneno dulce que la enredaba más en mis brazos—, promesas ardientes de un destino sellado en carne y sangre. Su piel se encendió bajo mis caricias, temblando de placer y expectación, mientras mi aliento, cargado de anhelo y poder, le recordaba que nunca podría escapar de mí.
—Te amo —ronqueé contra su piel—. Eres lo único que tengo y lo único que deseo. Mía, por siempre. Aunque tenga que destruir el mundo para retenerte.
El cántico de las brujas se elevó como un viento n***o, cargado de un poder que hizo temblar cada piedra. Sus voces entrelazadas tejieron un lazo que nos ataba, que me ataba a ella en un destino imposible de desatar.
Jessica alcanzó el clímax con un gemido que se fusionó con el eco de las brujas. Sus ojos, abiertos y temblorosos, buscaron los míos. Sabía que había llegado el momento. Con la respiración desbocada y el corazón convertido en un tambor de guerra, me incliné sobre ella.
—Sabes lo que tuve que hacer para volverme inmortal… —susurré, mi voz cargada de un poder oscuro que me sobrepasaba—. Tuve que renunciar a ser completamente hombre lobo y convertirme en híbrido… ahora tú lo serás también, y juntos reinaremos.
Su mirada se encendió con un brillo antiguo, como si recordara vidas pasadas. Sin dudarlo, hincé mis colmillos en su cuello. Su sabor me quemó hasta el alma, y su respiración se convirtió en un gemido entrecortado, mezcla de dolor y éxtasis. Le acerqué mi palma sangrante a los labios, y ella la bebió, temblorosa. Sus ojos me atravesaron con una devoción que me marcó para siempre.
Una chispa de poder corrió entre nosotros, tejiendo un lazo indestructible que ningún destino podría romper. El calor de su aliento, mezclado con la sangre que ahora nos unía, hizo que el tiempo mismo pareciera detenerse. Cada latido que dejaba de dar su corazón resonaba como un eco en mi pecho, y por un instante, supe que estabamos unidos más allá de la carne y el pecado.
—Bébeme… —susurré, mi voz tan posesiva y oscura como la noche—. Toma lo que soy y lo que fui.
Mientras las brujas tejían el conjuro final, recité las palabras prohibidas que arrancarían su alma de su presente y la devolverían a nuestras vidas pasadas. Ella tembló bajo mi cuerpo, sus ojos se iluminaron con un brillo ancestral.
Con un último susurro cargado de amor y rendición, tomé la daga ceremonial. Susurré mi promesa al oído y, con una embestida final, la clavé en su pecho mientras la poseía con una fuerza brutal. Sus ojos se abrieron, su aliento se detuvo.
—Viviré a tus pies como un esclavo si es necesario… —le dije, mi voz rota por la emoción y la devoción que ardía en mis entrañas—. Pero vuelve a mí, mi amor… vuelve a mí…
El cántico de las brujas se elevó al cielo y el fuego nos envolvió. En ese instante, supe que ya no habría vuelta atrás. El aire se tornó denso, cargado de un poder ancestral que me estremeció hasta los huesos. Sentí cómo la misma oscuridad que me reclamaba como su hijo danzaba a mi alrededor, alimentando las llamas que rugían como bestias hambrientas.
Con un suspiro cargado de un poder tan antiguo como la eternidad, retiré la daga ceremonial de su pecho. La herida se cerró de inmediato, obedeciendo un designio imposible de romper. La piel se unió, dejando una marca pálida que ardía con un resplandor sobrenatural. Su corazón latía al compás de la eternidad que había sellado en su interior.
Jessica ya no era completamente humana. Su sangre vibraba con mi poder, y sus ojos se abrieron a una nueva vida. La miré maravillado y, a la vez, sobrecogido, pero en su mirada brillaba algo que no pude descifrar. Un velo que ni la muerte ni la vida podrían borrar, una chispa que recordaba lo que alguna vez fue.
—Lo recuerdas… —le pregunté finalmente, con la voz cargada de esperanza y temor—. Oh, Eleanor, por favor, dime que lo recuerdas, que nos recuerdas.
Sus manos se posaron en mi rostro, atrayéndome hacia ella. Nuestros labios se fundieron en un beso que estalló con la fuerza de siglos de deseo y dolor. Pero entonces se apartó para mirarme a los ojos.
—Oh, cariño… —dijo, su voz helándome—. Claro que lo recuerdo, pero sé que estarás decepcionado.
Me aparté de ella, sintiendo la rigidez en mis huesos. Algo no estaba bien.
—¿Eleanor?… —pregunté, aunque ya conocía la respuesta. Cuando ella negó, un abismo se abrió bajo mis pies. No podía evitar insistir, mi voz cargada de un temor que no podía nombrar—. ¿Jessica?
Ella negó de nuevo, y un escalofrío me recorrió la espalda. Imposible. Eleanor y yo solo habíamos tenido una vida juntos como hombre lobo. No había forma… a menos que…
—¿Quién eres? —exigí saber, mi voz cargada de rabia y desesperación—. ¿Quién diablos eres?
Una sonrisa triste se dibujó en sus labios antes de susurrar:
—Amytis de Media, reina de Babilonia. Tu esposa.
El silencio y la oscuridad nos rodearon mientras el cántico de las brujas desaparecía en el aire y ellas ascendían como sombras hacia el cielo.
—No debiste traerme de vuelta —susurró ella—. Eleanor fue mi primera vida como licántropa pero no es la primera vida de mí existencia, y esta… esta me temo tampoco es tu primera vida, mi rey.