Capítulo 27 POV Jessica

1080 Palabras
Aunque no recuerdo todas mis vidas con claridad, tengo destellos, pequeños flashbacks que me devuelven fragmentos de recuerdos de otros tiempos y lugares. A veces son tan vívidos que puedo oler la tierra mojada tras la tormenta, percibir el aroma a sangre fresca, sentir la caricia de su mano en mi cuello o el filo de una daga en mi piel. Son recuerdos tan difusos como sueños y tan filosos como cuchillas, y aunque me hieren, me hacen consciente de quiénes somos y de lo que hemos compartido a lo largo de tantas existencias. Sin embargo, él está demasiado furioso para escuchar razones. Su respiración agitada llena el aire como un animal herido, y el temblor en sus puños cerrados apenas logra contener la furia que arde en su pecho. Su voz, áspera y quebrada, se alza contra los Dioses, un lamento de rabia y desafío que retumba en los muros de piedra y hace temblar las sombras. Sus palabras son fuego: un incendio inextinguible que consume todo a su paso y deja un eco de desesperación y furia. Mientras su ira arde como un torbellino desatado, yo permanezco recostada y desnuda sobre el altar de piedra, vulnerable, atrapada entre su furia y mi propia resignación. El frío del altar se adhiere a mi piel como una lápida de mármol, recordándome que somos piezas de un juego divino, un tablero cruel donde el amor y el sacrificio son solo apuestas que los dioses se divierten en lanzar. Me siento agotada, derrotada por el peso de las memorias que me asaltan sin piedad. Cada suspiro es un lamento, una súplica muda para que esta vez, por fin, el destino nos conceda una tregua. Aunque sé bien que el destino rara vez concede segundas oportunidades. Es duro descubrir que, sin importar qué vida vivamos, estamos condenados a ser separados: por nosotros mismos, por el orgullo que nos consume; o por terceros, esos peones silenciosos que jamás comprenderán que nuestro amor, maldito o no, es lo único que nos mantiene cuerdos. Un atisbo de desafío prende una chispa en mi pecho. No puedo permitir que sus miedos y su rabia nos devoren otra vez. Con un suspiro, rompo el silencio, mi voz firme pero cargada de ternura: —Necesitas tranquilizarte, mi rey. Él no me mira. Su espalda es una muralla de tensión, sus hombros tensos como arcos de guerra, el puño cerrado como si sostuviera la furia misma. Su voz, áspera y profunda, corta el aire como un látigo: —No soy un rey. Sus palabras me atraviesan, pero no retrocedo. Con lentitud, me incorporo sobre el altar, dejando que la luna ilumine mi piel desnuda, marcada por las cicatrices de tantas vidas. Siento un escalofrío, un cosquilleo que me recorre desde la nuca hasta la base de la espalda, recordándome que ambos estamos igual de expuestos y vulnerables. Mis ojos, ardientes de determinación y cansancio, se clavan en su espalda mientras hablo con voz firme: —Fuiste creado para gobernar. Si no eres un rey, ¿qué eres? El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Puedo oír su respiración entrecortada, como si contuviera un huracán que amenaza con devorarnos a ambos. Entonces, una voz se alza desde las sombras: dulce y venenosa a la vez. —Es un Alfa. La mujer que pronuncia esas palabras avanza con una gracia felina, su vestido de seda negra ondeando suavemente, sus pasos tan silenciosos como el susurro de una promesa oscura. Su cabello, tan n***o como las alas de un cuervo, cae en ondas brillantes sobre sus hombros. Sus ojos centellean con una inteligencia antigua y fría. Hay un destello de satisfacción en su mirada, como si hubiera esperado este momento durante siglos. Tras ella, un séquito de mujeres la sigue: todas con cabellos largos y sueltos, miradas sumisas y atuendos que rozan lo ceremonial. Sus rostros, tan hermosos como inertes, parecen tallados en alabastro; sus respiraciones contenidas como si temieran hasta el latido de sus corazones. —Un Alfa —repite la mujer, con voz pausada y cargada de autoridad—. Ares es el líder indiscutible de nuestra manada. Su fuerza, su voluntad y su instinto lo convierten en el protector y el gobernante natural que todos necesitamos. Sus palabras se alzan como un presagio mientras sus acompañantes forman un círculo silencioso de lealtad y sumisión. Sus ojos vacíos permanecen fijos en mí, recordándome que, en este juego divino, hasta el amor más profundo puede ser reclamado por el destino. Con un atisbo de curiosidad y un matiz de ironía, dejo escapar la pregunta que me quema en la garganta: —¿Y desde cuándo son amantes? La tensión se adueña del aire como un puñal afilado. El silencio se convierte en un animal salvaje, arañando las paredes de piedra. La pregunta parece escandalizar a las mujeres; algunas bajan la mirada, otras entrelazan nerviosamente sus manos. Incluso la mujer, tan altiva un momento antes, parpadea antes de recomponer su máscara. Y entonces lo noto en él. La rigidez en sus hombros, el temblor casi imperceptible en su respiración. Evita mirarme, como si mis palabras lo hubieran desarmado. —Es bastante obvio —añado, con un tono neutro, casi divertido— considerando que se atrevió a contestar por ti que te acuestas con ella. No hay reproche en mi voz, y él lo percibe. Lo sé porque su desconcierto es palpable, una grieta en la coraza que ha erigido durante siglos. Finalmente, levanta la mirada y me observa con una mezcla de dolor y sinceridad que me golpea el pecho. —No he vuelto a acostarme con Riven desde que renaciste. Aparte no significo nada, fue solo sexo. Me encojo de hombros, desestimando cualquier atisbo de celos que pudiera asomar. —Supongo que con alguien tenías que entretenerte… He tenido mis propios amantes en otras vidas, sabes. Así que no hay problema. Él permanece en silencio, sus ojos brillando bajo la luz de la luna, cargados de un deseo que me quema y de una culpa que lo consume. Aprovecho el momento para observar nuestras circunstancias: ambos desnudos, marcados por un pasado que no termina de soltarnos. El aire huele a piedra húmeda y a incienso quemado, como un susurro de lo prohibido. —Ahora bien, ¿podrían darme algo de ropa? —continúo, con un deje de ironía—. Sería mucho más cómodo para mí… y posiblemente para ti también, considerando que también estás desnudo.
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