Ares parpadea, como si despertara de un hechizo. Sus ojos se oscurecen un instante antes de volverse hacia las mujeres, su voz cargada de una autoridad indiscutible.
—Vístan rapido a su Luna.
Las mujeres obedecen sin dudar, inclinándose ante mí con sumisión, incluso Riven, su antigua amante, cuyas manos tiemblan apenas al rozar mi piel. Sus ojos no sostienen los míos, como si supieran que algo ha cambiado, algo que no se atreverían a desafiar.
Por fuera, permanezco serena, mi respiración medida y mi espalda erguida. Pero por dentro, la sensación de ser atendida por las mismas manos que lo acariciaron antes me resulta desconcertante, un cosquilleo que me recorre la piel como un susurro de lo que fuimos y de lo que podríamos ser.
Ares da unos pasos hacia mí. Ya viste ropas oscuras y elegantes, como si hubieran surgido de la misma sombra. Su porte es imponente, su mirada intensa, y mientras sus ojos se clavan en los míos, comprendo que su orden de vestirme no solo es para cubrirme: es un gesto de autoridad y protección. Es un mensaje silencioso para todas ellas: que soy su compañera. Que tengo un lugar más alto, incluso sobre la antigua amante que lo sirvió antes.
Mientras su mirada continúa fija en mí, rompo el contacto con un suspiro y, con un tono sereno pero cargado de matices, le pregunto:
—¿Te sientes más tranquilo?
Él no responde de inmediato. Sus manos se alzan, toman mi rostro con una delicadeza desconcertante, como si temiera romperme. Sus pulgares acarician mis mejillas con un roce que me eriza la piel, y sus ojos, tan intensos como una noche sin luna, me devoran con una mezcla de deseo y desesperación.
—Amo tu esencia —susurra, su voz ronca, casi reverente—. Amo tu alma.
Sus palabras me calan hasta el hueso, removiendo un temblor profundo que no logro disimular. Un suspiro se me escapa, apenas un hilo de aire cargado de una tensión que quema. Su aliento roza mis labios antes de tomarme en un beso lento, reverente. Siento el calor de su boca y el fuego de su deseo colarse entre mis labios, reclamándome de un modo que ninguna de sus palabras podría.
El beso se torna más urgente, y sus manos descienden por mis hombros, rozando mi piel como un amante que teme perderme. Sus labios aprietan, y de pronto su mordida en mi labio inferior arranca un gemido ahogado, y un hilo de sangre resbala de mi boca. Lo veo bajar su mirada con un destello oscuro de deseo y lamer la sangre con una lentitud que me hace temblar de placer y de un miedo exquisito.
—Quiero a mi compañera de vuelta —murmura, su voz cargada de una determinación que me hiela y me incendia al mismo tiempo—. Si no funciono, simplemente buscaré otra forma de traer a Eleanor.
Lo miro a los ojos, desafiándolo con una calma peligrosa que solo el amor y la resignación pueden dar.
—No seas estúpido, mi rey —respondo, mi voz firme y cargada de una sensualidad tranquila—. Ya tienes enfrente de ti a tu compañera. Esto es lo mejor que vas a obtener.
Su risa resuena como un trueno contenido, profundo y oscuro. Es un sonido que hiela la sangre de las mujeres que lo rodean, que las obliga a bajar la mirada, temblorosas. Pero para mí, su risa es una caricia, un eco de nuestras otras vidas. No me asusto, porque sé que lo que dije lo encuentra divertido, y por un instante su mirada suaviza el filo de su intensidad, dándome la razón, como si mis palabras hubieran templado el acero de su alma.
—Amo tu esencia, tu alma —dice, esta vez visiblemente más sereno, su voz grave acariciando cada rincón de mi mente—. Solo quiero que la versión de ti que sé que no me rechazará cuando vea el tipo de monstruo en el que me convertí vuelva.
Con un atrevimiento que me nace desde las entrañas, lo atraigo hacia mí, mis manos recorriendo su pecho, marcando mi territorio, sin importarme la mirada dolida de Riven o el escándalo silencioso del resto de las mujeres. Sé que en este momento difícilmente podré convencerlo de lo contrario, y por eso dejo que me tome, que me reclame como suya, aunque el precio sea el silencio que arrastra mi alma.
Sus brazos me rodean con una fuerza que contrasta con la delicadeza de su toque. Me sostiene contra su pecho, como si temiera que el viento o los dioses pudieran arrebatármelo. Su aliento en mi cuello me eriza la piel y su voz, grave y cargada de una ternura feroz, acaricia mi oído:
—Descansa. Te protegeré.
—Lo sé… —respondo en un susurro, mientras cierro los ojos y dejo que su calor me envuelva—. Siempre lo haces…
Pero antes de que la paz me alcance por completo, en lo más profundo de mi mente, algo se agita. Es un temblor que se cuela por mi piel y se instala en mis entrañas. Una sombra poderosa que emerge desde lo más hondo de mi ser. Mi loba interior.
—¿Jessica? ¿Sigue ahí? —pregunta su voz, familiar y extraña a la vez, un susurro que retumba en la penumbra de mi conciencia.
Sonrío apenas, aunque la tristeza oprime mi pecho como una garra invisible.
—No te preocupes —le digo, en el rincón más íntimo de mi mente—. Sigo aquí, junto a todas las demás, estamos intentando armar los pedazos…
El silencio se instala entre nosotras como una bruma espesa, hasta que su voz vuelve a surgir, cargada de una desconfianza curiosa:
—¿Cuáles pedazos?
Respiro hondo, aceptando la verdad que nos une y nos separa, el eco de todas las vidas que nos han roto y recompuesto a su antojo.
—Los pedazos de todas mis vidas —respondo, con una serenidad que me estremece.