No sé en qué momento llegamos a la residencia de Ares ni cómo fue que me recostó en la cama. Todo lo que recuerdo es el frío de la piedra que me ataba a otro tiempo, y ahora, la suavidad de las sábanas acariciando mi piel me resulta tan dolorosa como si me rozaran con fuego. Es un contraste hiriente, como si mi cuerpo no pudiera entender que aquí, al menos por ahora, estoy a salvo.
El vértigo me invade. Mi cabeza da vueltas cruelmente, como si todos esos recuerdos —tantas vidas, tantos nombres, tantos besos arrancados y promesas rotas— se agitaran en mi interior, reclamando su espacio. Intento incorporarme, pero mis piernas son marionetas rotas. El temblor me sacude de adentro hacia afuera, dejando mi respiración a merced de un torbellino que me desnuda y me vuelve tan vulnerable como nunca me he sentido.
Todo mi mundo se tambalea mientras un sabor amargo sube por mi garganta. Me dobla el cuerpo en un espasmo implacable, como si la culpa y el pasado quisieran abandonarme en un vómito cruel.
Sin poder sostenerme de pie, caigo de rodillas junto a la cama, mis manos temblorosas aferrándose a las sábanas mientras mi estómago se vacía en el suelo. Mi cuerpo entero se sacude en una danza grotesca de náuseas y temblores. Cada oleada me desgarra, cada espasmo me recuerda que soy humana, frágil y quebrada.
El aire me quema los pulmones y mi respiración se vuelve errática, un jadeo entrecortado que apenas logra escapar. El temblor se apodera de mis manos, de mis piernas, de mi mente, y un gemido me estalla en la garganta.
—¡Maldita sea! —exclamo, la rabia y la humillación mezclándose en mi voz como un filo que me corta por dentro.
En ese momento, siento la presencia de Nia, mi loba interior, surgiendo como un susurro cálido en el rincón más profundo de mi mente. Su voz, suave y profunda, me envuelve como un manto de protección, tan sedosa y poderosa como la primera caricia de un amante en la oscuridad.
—Deberías descansar un poco más, Jessica.
Su hocico etéreo roza mi mejilla, y cierro los ojos, suspirando con un estremecimiento que me recorre de los hombros a la base de la espalda. Es un contacto tan íntimo, tan maternal y salvaje, que me hace desear perderme en ese abrazo eterno.
—No estás en condiciones para esforzarte —añade, su tono lleno de ternura, como si pudiera leer cada cicatriz de mi alma.
Sus palabras me estremecen por dentro, un recordatorio de que aunque me creo fuerte, también soy vulnerable, y de que no estoy sola en este viaje marcado por la sangre y las estrellas.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente esta vez? —pregunto, mi voz apenas un susurro, temblando como una vela al borde de apagarse.
Siento el aliento cálido de Nia acariciarme, su hocico etéreo rozando mi mejilla como si la distancia entre nosotras no existiera.
—Solo unas horas, Jessica —responde con calma—. Ares regresará en cualquier momento, ahora que finalmente has despertado.
Un temblor recorre mi cuerpo. Abro los ojos, pero todo se desdibuja. El peso de la confusión todavía me oprime el pecho como un hierro candente.
—¿Dónde está? —pregunto, mi voz apenas un hilo de voz entre jadeos.
—Zek dice que una guerra se avecina —contesta Nia, su tono cargado de un conocimiento ancestral que vibra en mi interior—. Y que lo mejor es que te prepares.
El nombre —Zek— retumba en mi mente como un trueno, tan brutal y tan oscuro que me arranca un gemido. Un eco profundo me sacude desde la médula, despertando sombras que me acechan.
Finalmente, reúno el valor para preguntar:
—¿Te ha vuelto a lastimar?
El silencio que sigue pesa como una lápida entre nosotras, tan pesado que apenas logro sostenerlo.
Nia suspira, su voz como un eco cálido que me recorre con un estremecimiento que me moja de sudor y deseo, mezclando el miedo con el anhelo:
—Solo para mantenernos vivas a ambas… después de lo que pasó en él claro.
Sus palabras me atraviesan como un filo ardiente. Mi piel se eriza, y el temblor de mi cuerpo se convierte en un mar de sensaciones. Abro la boca para preguntar, pero la voz se me quiebra, atrapada en la maraña de mis pensamientos.
Mi mano viaja con lentitud hacia mi cuello, hacia el lugar donde una cicatriz arde como un beso de fuego. La toco con dedos temblorosos, y un gemido sordo se escapa de mis labios. Siento la cicatriz palpitando, y cada pulso me recuerda lo cerca que estuve del final.
Mis dedos rozan la marca, y una lágrima caliente se desliza por mi mejilla, rodando hacia mi boca, mezclándose con el sabor salado del miedo y la culpa.
—Oh, Nia… por los Dioses, lo siento… —susurro, mi voz apenas un hilo de aire, temblando de dolor y deseo—. Lo siento tanto…
Nia se acerca espiritualmente a mí, su hocico etéreo rozando mi frente con una caricia maternal que me desarma. Su presencia me llena de un calor que me quema y me reconforta al mismo tiempo.
—Todo está bien —dice con una ternura que me envuelve como un beso secreto en la noche—. Todo estará bien.
Otra lágrima brota de mis ojos, mezclándose con el aire cargado de deseo y culpa.
—Fui muy cobarde… —murmuro, mi voz rota y frágil, como un susurro de lo que fui—. Aunque, posiblemente, se deba a la maldición. Incluso mi yo más frágil y débil emocionalmente jamás pensó antes en el suicidio…
—¿Cuál maldición? —pregunta Nía, su tono cargado de una curiosidad dolorosa que vibra entre mis pensamientos como un susurro en la oscuridad.
Cierro los ojos y dejo que las palabras fluyan como un río subterráneo, su cauce me arrastra hacia lo más profundo de mí misma.
—Míralo por ti misma —le digo, mi voz cargada de resignación y un anhelo que me quema.
Nía ve lo que fui capaz de recuperar después del ritual: mis múltiples existencias, cada una supurando en la siguiente, como un río de heridas abiertas. Y en el centro, la maldición: un lazo antiguo, cruel, tejido por dioses o monstruos, que me condena a repetir el mismo ciclo una y otra vez. Ares y yo, arrastrados, arrancados de los brazos del otro, como si nuestro amor fuera el pecado más grande.
Siento la respiración de Nía acelerarse, su energía temblando como un susurro salvaje que me estremece.
—No es justo… —dice finalmente, su voz furiosa—. ¿Quién los maldijo?