Capítulo 30 POV Jessica

1279 Palabras
—No lo sé, pero tengo una idea de quién pudo ser. Antes de que pueda compartir mis sospechas con Nía, la puerta se abre y Riven entra en la habitación. La antigua amante de Ares. Su sola presencia me estremece, como si el aire mismo se cargara de un frío inexplicable. No es miedo lo que me provoca, sino la certeza de que sus ojos conocen cada secreto y cada herida que Ares y yo compartimos. Me ve en una posición vulnerable, mi cuerpo débil aún, pero su mirada permanece neutra, calculada, como si la compasión le resultara ajena. Me ayuda a reincorporarme en la cama con un tacto firme, casi mecánico, como quien ha aprendido a servir sin implicarse. Su mano es cálida, pero su piel se siente tan distante como el hielo. Sus dedos tiemblan apenas, una fisura imperceptible en su fachada de obediencia. Cuando termino de acomodarme, llama a una de las criadas para que limpien la habitación. El olor a sangre y sudor aún flota en el aire, impregnando cada rincón con un aroma agrio que me recuerda el ritual que nos ató para siempre. Me arde la memoria de cada momento, cada palabra, cada sacrificio. Cuando la criada se retira, Riven avanza hacia mí con un paso medido, casi ritual. Su sombra se alarga en la pared como un espectro del pasado que se niega a desaparecer. Siento su tristeza, una que apenas logra disimular bajo la máscara de la dignidad. —Deberías intentar descansar un poco más —dice al fin, pero su voz suena hueca, lejana. Como si sus palabras fueran un disfraz para ocultar su derrota. La observo en silencio, notando el brillo apagado en sus ojos, la fragilidad de un recuerdo que duele. Como si en ese instante una parte de ella reviviera la noche en que Ares me eligió a mí. Quizá fue el final de su mundo. —No tienes que preocuparte por mí —susurro con suavidad, pero con una firmeza que no espera—. Las omegas me obedecen por costumbre, pero como la Luna de esta manada… muy pronto… Su tono se quiebra. Sus labios tiemblan, como si temiera decir lo que su corazón no acepta. Me duele verla así, rota por un pasado que no elegimos. —No me preocupa tu presencia —le digo, mi voz cargada de un dejo de compasión—. Ni siquiera tu historia con Ares. Solo pienso que debe ser doloroso… haber sido algo y ahora ser nada. Ella desvía la mirada, sus ojos se llenan de un brillo que no sé si es rabia o resignación. Sus labios, antes tan orgullosos, tiemblan como si estuvieran a punto de derrumbarse. —¿El haber sido su amante y ahora servir a la que la Diosa eligió para él? —pregunta, su voz cargada de incredulidad y amargura. Sus palabras son un latigazo, un reflejo de su dolor. —Él sabe que solo te usó. Y que nunca te amó —le respondo con calma, aunque mis palabras cortan el aire como un cuchillo. Ella parpadea, y en ese instante, su orgullo se desmorona, dejando al descubierto su herida más profunda. Justo entonces, la puerta se abre. Y la figura imponente de Ares llena el umbral. Su sombra lo envuelve como un presagio de lo que vendrá. Sus ojos, gélidos, recorren la habitación hasta posarse en Riven. El silencio se vuelve tan espeso que apenas puedo respirar. —Retírate —ordena, su voz más fría que la noche. Riven asiente, sumisa, y abandona la habitación sin atreverse a mirarme de nuevo. Su sombra se diluye en el pasillo como un susurro que se apaga. Ares camina hacia mí con paso lento, pero seguro. Cada movimiento suyo irradia un poder silencioso que me enciende y me hiela al mismo tiempo. Sus ojos oscuros me recorren, deteniéndose en cada centímetro de mi piel, como si confirmara que sigo aquí, que aún le pertenezco. Me pregunto cuántas batallas ha librado, cuántas almas ha condenado para poder protegerme. —El baño debe estar listo. ¿Me acompañas? —pregunta, su voz más suave que nunca, un susurro que me desarma. —Me encantaría —respondo, mi voz apenas un hilo de aire—, pero no puedo sostenerme en pie. Una sonrisa apenas perceptible se dibuja en sus labios, cargada de una ternura que muy pocos conocen. Me toma en brazos como si fuera una flor a punto de romperse. Su calor me envuelve, y siento su pulso latir contra mi pecho, recordándome que no estoy sola. Me lleva hasta el baño, un espacio que parece un santuario. El aroma de hierbas curativas y aceites esenciales me invade, mezclándose con la calidez del vapor. La tina es tan grande que parece un altar de agua, un lugar hecho para redimir nuestras heridas. Con una delicadeza reverente, Ares me desnuda, cada prenda cayendo al suelo como un susurro del pasado que nos ata. Sus manos recorren mi piel con una mezcla de devoción y deseo. Siento un escalofrío recorrer mi espalda, como si el fuego de su tacto encendiera cada parte de mí. Él también se desnuda, y sus músculos tensos, marcados por cicatrices y batallas, me recuerdan cuán mortal es, y cuán mío. Me sostiene firme contra su pecho, adentrándose conmigo en la tina. El agua, tibia y perfumada, nos envuelve como un bálsamo. Siento su respiración acompasada contra mi cuello, como un rezo que me ancla a la vida. —¿Qué más has recordado? —pregunta, su voz grave cargada de un dolor que me sacude. Sus ojos, oscuros y atormentados, me atraviesan con una intensidad que me desarma. Lo miro, notando el cansancio que pesa en sus párpados y las sombras de las batallas que aún nos esperan. Deseo contarle todo lo que arde en mi pecho, las imágenes confusas, los susurros que me acechan en sueños. Pero sé que no es el momento. Todavía no estamos preparados para enfrentar todo lo que vendrá con esas palabras. Así que me limito a susurrar: —No lo que deseas, mi rey. Un estremecimiento cruza su rostro, y con un gesto firme me incorpora, obligándome a sentarme a horcajadas sobre él. Mis muslos quedan abiertos, atrapando el calor de su cuerpo y el agua que nos rodea. Su mirada se clava en la mía, oscura, profunda, cargada de todo lo que no nos decimos. —No soy un rey, ya te lo he dicho —responde con un tono grave que esconde una herida que aún sangra. Sonrío, un gesto que me traiciona, y que él observa con un hambre apenas contenida. —Lo eres para mí —le digo, dejando que mi voz tiemble como una caricia. Su respiración se agita, y su mirada baja a mis labios antes de volver a encontrar la mía, más intensa que nunca. —No soy el compañero que recuerdas —susurra, su voz cargada de un dolor que me duele a mí también. —Tampoco soy la que tanto añoras —respondo con suavidad, acariciando su mejilla con la yema de mis dedos—. Pero henos aquí: yo, sentada sobre ti, con las piernas abiertas… y tú con una erección tan palpable que ni siquiera intentas ocultar, a pesar del cansancio. Mis palabras son un filo y una caricia al mismo tiempo. Él cierra los ojos un instante, un rugido contenido vibra en su pecho. Cuando vuelve a abrirlos, sus ojos me queman con un deseo que va más allá de lo físico: es el deseo de poseerme en cada sentido, de unir nuestros destinos sin importar las sombras que nos rodean.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR