—Bien sabes que son nuestras almas, nuestra esencia, lo que nos atrae el uno por el otro, de forma irremediable —dice Ares con voz profunda, sus ojos fijos en mí con una intensidad que me desnuda el alma.
—Entonces, ¿cuál es el problema de que te llame mi rey? —pregunto suavemente—. ¿Acaso está bien que tú me llames Eleanor cuando tenemos sexo, pero está mal que yo te llame mi rey haciendo referencia a tu primera vida?
Ares no responde con palabras, sino que me besa, un beso que reclama y consume, que me funde con él de una forma que sólo nosotros entendemos. Siento el calor de su lengua, la posesión de sus labios, y me estremezco. Cuando se separa, su mirada arde, intensa, un fuego líquido que me corta el aliento.
—Lo sabía, recuerdas todo lo de Jessica… —susurra, rozando mis labios con los suyos, su respiración temblorosa—. Eso quiere decir que también debes recordar tu vida como Eleanor. ¿Por qué me ocultaste eso? ¿Por qué mentiste… por qué tortúrame?
Una risa dulce, cargada de un desafío velado, escapa de mis labios. Siento la chispa en sus ojos, un fuego que me consume. Me deleito en el efecto que tengo sobre él, en esa chispa oscura que lo enciende más.
—Porque fuiste muy cruel… y porque realmente no recuerdo todo —le digo, divertida, aunque en el fondo sé que le provoco.
Esta vez es Ares quien ríe, una carcajada profunda y sin vergüenza, verdaderamente cautivado. Su risa vibra en el aire como un conjuro que me hace estremecer.
—Siempre fuiste así… —dice con voz ronca, entremezclando ternura y deseo—. Tan atrevida conmigo.
—Mío —respondo con un susurro apenas audible, mientras sus ojos centellean con una devoción peligrosa. Él vuelve a reír, esta vez más suave, mientras sus manos se aferran a mi cintura, como si no quisiera dejarme ir.
Sin apartar su mirada de mí, Ares me toma por la cintura y, con un movimiento seguro y decidido, me penetra lentamente en la calidez del agua. Su respiración se entrecorta, un sonido gutural que me estremece hasta los huesos, mientras sus manos exploran mi cuerpo como si tatuaran su nombre en mi piel. No me besa, pero hunde su rostro entre mis pechos, su aliento caliente y su voz grave.
—Te extrañé… —murmura, antes de comenzar a succionar uno de mis pezones, quedando prendido de él. Su mano me sujeta con firmeza de las caderas, mientras entra y sale de mí con un ritmo seguro, posesivo. Su otra mano reclama el otro pecho, acariciándolo, reclamándome como suya.
—Estoy agotada… —le digo con la voz apenas audible, intentando sostenerme mientras lo siento moverse dentro de mí, su fuerza y su ritmo haciéndome temblar—. No tengo fuerzas…
Ares me observa desde abajo con un brillo protector en la mirada, su voz grave pero calmada. Su mano me acaricia la cadera con suavidad, como una caricia de fuego que me atraviesa.
—No te preocupes, mi amor —dice, su voz cargada de promesas—. He dispuesto todo para antes del combate con la manada del Fuego Azul. Esta noche descansarás y mañana podrás levantarte hasta tarde.
Lo miro, curiosa, un poco incrédula. —¿Por lo de mi madre…? —pregunto, aunque en mi interior sé que la respuesta es un sí que arde como un sello.
Su mirada se intensifica, y con una sonrisa cargada de devoción y un atisbo de amenaza, responde con firmeza:
—Sí.
El silencio se apodera del lugar. Un silencio denso, cargado de electricidad, como si el aire mismo contuviera la respiración. Mi pecho se oprime al pensar en la inminente guerra. Sabía que Ares debía enfrentar a la manada de mi madre, que después de matarla la tensión entre ellos sería insoportable. Ella había sido la pareja destinada por la Diosa de la Luna del Alfa de la manada del Fuego Azul. Si Ares no acababa con él, ese Alfa jamás descansaría hasta destruirnos.
—No tienes que preocuparte por eso ahora —dice Ares, su voz grave y firme, pero con un tinte oscuro que me estremece.
Antes de que pueda reaccionar, me embiste de nuevo esta vez con más fuerza, su ritmo volviéndose posesivo, rudo, como si quisiera marcarme desde dentro. Cada embestida arranca gemidos de mi garganta que se mezclan con sus jadeos, llenando el aire de deseo. Sus manos recorren mi cuerpo con una urgencia feroz, reclamándome como suya. Sus labios me buscan con un beso que mezcla ternura y fiereza, y sus manos se enredan en mi cabello, sujetándome con fuerza, mientras su cuerpo me envuelve y me consume.
—Sabes… —dice con la respiración entrecortada, su voz ronca y cargada de un peligro delicioso—, debería castigarte por omitir que sí recuperaste recuerdos de nuestra vida juntos.
Me somete con un movimiento firme, haciéndome gritar de placer. Sus palabras son como brasas encendidas que me queman la piel.
—¿Qué crees que debería hacerte para que puedas compensarme? —pregunta con un brillo oscuro en la mirada, sus ojos como brasas que me devoran.
Lo miro, con una mezcla de placer y diversión, sintiendo cómo cada palabra suya me enciende aún más. Estoy completamente entregada, vulnerable ante la intensidad de su poder y el vínculo que nos une. En su mirada veo la promesa de un castigo, pero también de una entrega que me estremece. Y lo deseo con cada fibra de mi ser.
Sin embargo, aunque el placer me embarga, una oleada de agotamiento me inunda. Ares lo percibe de inmediato, como si el vínculo entre nosotros lo alertara de mi estado. Sus ojos me recorren con una mezcla de deseo y compasión. Con un movimiento elegante y casi reverente, extiende su mano, y de la punta de sus dedos surge una garra que brilla como un diamante bajo la luna. Sin apartar su mirada de la mía, la lleva lentamente a su propia garganta y la rasga apenas, dejando escapar un hilillo de sangre que brilla como un rubí líquido.
El olor de su sangre me embriaga de inmediato, y mi cuerpo responde antes de que mi mente pueda resistirse. Me abalanzo hacia él como si el fuera un imán, atraída por ese aroma profundo que me pertenece y que me llama. No sé en qué momento mis colmillos crecen, pero los siento alargarse y al segundo ya estoy prendida de su cuello, tomando su sangre, sintiéndola recorrer mi garganta como fuego divino.
Ares suelta un gemido ronco, su voz cargada de un placer oscuro. Me sujeta con fuerza, envolviéndome en sus brazos como un amante y como un verdugo al mismo tiempo. Su respiración es densa, su mirada arde con un brillo que me consume.
—Ahora eres como yo —susurra, su voz grave y poderosa—. Una híbrida. Ya no existirán más vidas ni más oportunidades. Esta es la última… y durará para siempre.